Conservación y desecación de patatas

Conservación. So colocan sobre un lecho de cal viva en polvo, en capas de unos 15 centímetros de altura, disponiendo una capa de cal entro cada dos sucesivas de patatos, con lo cual se evita o por lo me­nos se retarda la putrefacción de los tu­bérculos.

Desecación. Para la obtención de copos so lavan bien las patatas, se vaporizan, a lo más a 0,5 atmósferas, y se llevan al secador de rodillos. El secado se efectúa indirectamente por medio de la superficie de calefacción de los rodillos y los copos son rascados mediante cuchillas. Las copos de patata tienen forma de hojas- con un espe­sor de 0,1-0,2 mm. Los recortes do patata se preparan directamente de patatas lava­das, las cuales en máquinas especiales se cortan oñ tiritas de unos 10 milímetros de longitud y 2 mm de grueso, de sección redonda o alargada, y sin vaporización alguna se pasan, al tambor secador, donde Be desecan por los gases calientes. Lospata­tas secas o rodajas de patata se preparan do un modo parecido a los recortes, pero em­pleando aire caliente. Para obtener un ar­tículo blanco, es preciso lavar con agua caliente, antes de su entrada en el seca­dor, los patatas mondadas y cortadas en pedazos.

Razones que subyacen en los miedos apocalípticos a la superpoblación

41VcxQxHKSL._SX425_Lista de posibles razones que hacen que algunas personas teman el crecimiento de la población:

1) Un humanitarismo ingenuo que quiere salvar al mundo: mucha gente que dedica tiempo y dinero a frenar el crecimiento demográfi co lo hace impulsada por un espíritu humanitario y actúa de buena voluntad.

2) El miedo a los impuestos: los pudientes se preocupan del incremento del número de gente pobre porque eso podría tocar sus bolsillos. Cuando los pobres además son de otra raza, entonces resulta muy difícil separar este motivo del racismo.

3) El supuesto interés político y económico de las naciones: Garret Hardin pensaba que la Tierra era un pequeño bote salvavidas y que cada vida que se salva en un país pobre disminuye la calidad de vida de las generaciones futuras.

4) El miedo a las ideologías antioccidentales: la creencia de que el comunismo (y más recientemente varios movimientos políticos antioccidentales) se impondría en los países pobres hace que algunas personas en los países ricos quieran reducir su crecimiento.

5) La creencia en la superioridad de los procesos «naturales»: algunas personas piensan que el uso de los recursos naturales por parte de los seres humanos es una perturbación del orden ecológico natural que sólo traerá como consecuencia una destrucción inesperada del planeta.

6) Los antagonismos religiosos: algunos grupos religiosos temen que otros con mayores altas tasas de natalidad puedan hacerse más infl uyentes y poderosos.

7) El racismo: Simon piensa que hay multitud de evidencias que demuestran que el racismo ha sido un motivo clave en el desarrollo de las actividades de control demográfi co, tanto en Estados Unidos como en el ámbito internacional. Hay datos que muestran una especial concentración de clínicas de control de la natalidad en los países pobres de raza negra sostenidas con dinero de los países occidentales.

8) La población con mayor nivel educativo se cree que sabe qué es mejor para los que tienen un nivel educativo más bajo: la arrogancia y el orgullo de algunos les lleva incluso a pensar que es correcto obligar a otros a hacer lo que ellos creen que deben hacer.

9) La falta de perspectiva histórica: el tipo de comparaciones que uno hace es decisiva para juzgar si las cosas están mejorando o no. Los apocalípticos sólo se fi jan en el corto plazo, no quieren contrastar los datos históricos. Sólo están interesados en proyectar algunos datos negativos momentáneos e ignoran las tendencias a largo plazo. Lo que realmente mide nuestro progreso es la comparación de nuestro estado actual con el pasado; sin embargo, algunos se empeñan en comparar la situación actual de un grupo con la de otro sin hacer una análisis histórico lo sufi cientemente amplio en el tiempo del progreso conseguido por ambos grupos. Si se dibujaran gráfi cos sobre la evolución de los minerales, los alimentos y la energía que abarcaran un largo periodo, se vería que los momentos de crisis son tan sólo pequeñas oscilaciones y que la tendencia general es muy positiva. Es una constante en la naturaleza humana utilizar el pasado para pronosticar el futuro. Winston Churchill decía que cuanto más lejos sea uno capaz de mirar hacia atrás, más lejos podrá mirar hacia adelante. La ciencia tiene que estar basada en la experiencia. Todas las teorías derivan en última instancia de la experiencia y deben ser contrastadas con ella. La teoría apocalíptica malthusiana ha fracasado siempre que se la ha contrastado con datos.

10) El impulso profético: las voces proféticas de todos los tiempos anuncian el justo castigo a los humanos por sus actividades económicas: el Imperio de la Naturaleza pronto tiene que contraatacar. Desde este punto de vista, lo que construimos hoy día más tarde signifi cará destrucción porque la construcción signifi ca que estamos acabando con los recursos. Estas visiones proféticas son incapaces de entender los procesos de desarrollo del conocimiento como respuesta a la percepción de los problemas que lleva a la creación de nuevos recursos y riqueza que, a su vez, expanden la base de la civilización y la población.

11) El perfeccionamiento de la raza humana (eugenesia): la mejora de la raza humana ha sido en el pasado una de las motivaciones más importantes de los activistas de la población. Los defensores de la eugenesia han tenido mucho éxito durante décadas y han conseguido que se esterilice contra su voluntad a mucha gente pobre (sobre todo población negra). Las creencias eugenésicas sirvieron de base intelectual a las políticas de asesinatos selectivos.

El perfil del alquimista, semilla del científico

alquimistaDos son las condiciones consideradas indispensables para el trabajo de alquimista. Para empezar, que tenga una amplia disponibilidad económica; este arte –se ratifica– no es para pobres. Ingredientes, libros, instrumentos, el mismo laboratorio, son caros.

Ni el alquimista puede valorar con certeza el tiempo necesario para conseguir el éxito (de hecho, continúa recomendando paciencia), así que no puede programar con seguridad la propia inversión. Así suena una advertencia repetida a menudo: “Que nadie emprenda estas operaciones si no cuenta con fondos abundantes, al menos para dos años, para poder comprar todo aquello necesario para este arte. Si uno comienza igualmente y después le falta el dinero, perderá las sustancias y todo”.

En resumen: la alquimia (metalúrgica) sería un arte que multiplica riqueza de riqueza, y por ello suscita inquietudes éticas sobre el destino social de tales riquezas. Quizá sea por esta razón por la que el lugar privilegiado para las actividades de los alquimistas metalúrgicos son las Cortes, con sus príncipes ávidos e impacientes de resultados, pero buenos patrones y financieros. Y, por otra parte, también por la perplejidad moral que suscita esta forma de producir riqueza, algunos maestros escolásticos, aun juzgando a la alquimia científicamente posible, desaconsejan vivamente su práctica.

Realmente existe el peligro de que provincias enteras se conviertan en presas de una confusión económico- financiera por una superproducción del precioso metal. Sin hablar de que, por la esperanza de una riqueza tan fácil, se abandonen los oficios y su subvierta así el orden social.

La otra condición, siempre recomendada, es el silencio: los alquimistas deben ser cautos y prudentes al hablar, actitudes que nos retrotraen a preocupaciones “monopolísticas” propias también de otros profesionales. Pero sobre todo, a la convicción de que a este excelso conocimiento sólo pueda acceder aquel a quien el alquimista mismo seleccione, con un lenguaje a veces intencionadamente críptico. Por lo demás, advierten muchos autores, sólo especiales iluminaciones divinas,o mejor aún providenciales encuentros que el principiante mantiene con los maestros más expertos, pueden aclarar los textos oscuros. En varias descripciones de estos encuentros, la relación entre alquimistas se desarrolla siguiendo etapas definidas. El que más sabe, comprueba en el otro la presencia de las dotes necesarias, y se dedica a potenciarlas; los dos leen juntos los textos de la tradición y se esfuerzan por interpretarlos y por superar las contradicciones de los autores que, a la postre, se revelan sólo aparentes. Sobre todo maestro y alumno trabajan juntos: además del estudio diligente, de las pruebas repetidas con paciencia, el “aprender actuando” junto a alguien más experto, es la forma típica de adiestramiento.

Para conseguir pericia, adueñarse de conocimientos, encontrar expertos o providenciales maestros, el alquimista viaja y mucho. El viaje, es cierto, puede ser un topos que alude a un itinerario iniciático del adepto. Por otra parte, sin embargo, el alquimista Leonardo de Maurperg (siglo XIV) ha dejado una descripción muy minuciosa de su largo peregrinaje. Real o metafórico, quizá es el propio viaje lo que indica la esencia del programa alquímico: un recorrido –de la materia y del artífice– desde las carencias y los errores iniciales hasta la estabilidad y la perfección.

¿Necesitamos inmigrantes que paguen nuestras pensiones?

Se trata de un razonamiento que escucho últimamente muy a menudo y que parece cabal: la población envejece y sin sangre nueva y nuevos cotizantes, el sistema se va al demonio. Pero espera…

Un momento… Decimos que necesitamos personas jóvenes que coticen, pero no basta con una de las premisas, sino que las dos deben venir juntas. ¿Y cómo se entiende que esos jóvenes inmigrantes van a cotizar si los nuestros, escasos dentro de una generación escasa, tienen que coger la maleta e irse a cotizar a otro lado?

¿De veras necesitamos más personas cuando no somos capaces de dar empleo a una quinta parte de la población actual? ¿Qué pensiones nos van a pagar si lo que falta es empleo, y no mano de obra?

Lo que la idea oculta, creo yo, es que necesitamos personas que trabajen por menos de lo que cualquiera de los nacionales aceptaría, para que, malviviendo, vayan poco a poco cotizando y pagando nuestras pensiones. Lo que en realidad se dice es que preferimos que los nuestros se vayan y traer a otros más baratos, en un nuevo proceso de depauperación vía salarios.

La frase, que parece amistosa y solidaria, oculta en realidad un ataque frontal contra la dignidad de los trabajadores. Buscar inmigrantes que paguen nuestras pensiones mientras la población actual su8fre el desempleo es buscar el efecto sustitución, la bajada salarial, o al externalización sin necesidad de mover la fábrica de sitio: producir son salarios chinos sin salir de España.

Es lo que tienen las frases bienintencionadas: que no saben esconder su veneno del todo.

Siete fórmulas para la elaboración de pastas y engrudos para empapelar paredes (1901)

A continuación, detallaremos algunos productos para empapelar paredes, y las fórmulas para su elaboración:

a) En­grudo, Se toma una clase barata de harina de centeno o de trigo, que ae mezcla muy bien con aguo, irla hasta dar la consistencia de una pasta, o un poco menos, teniendo cuidado de quitar todos los grumos; se echa, en esta pasta, agitando, una cucha­rada grande de alumbre pulverizado por litro de harina, echando la mezcla en agua hirviendo sin dejar de agitar hasta que la harina quede completamente incorporada y cocida. Se deja enfriar la pasta antes de usarla, fluidificándola con agua fría.

b) Pasta de Venecia. Ingredientes I: 120 gr de cola blanca o de pescado, 240 cm1 de agua fría; II: 00 cm3 de trementina de Vencia; III: 1/a Kg de harina de centeno, 1/s litro de agua fría; IV: 2 litros de agua liirviendo.

Se echan los 120 gr de cola en el agua fría durante cuatro liorna; se disuelve la cola al baño maría (tarro de cola), y cuando aun está caliente se agrega, agitando, la trementina. Se forma la pasta III, libre de grumos, se echa en IV y finalmente se agita con rapidez y se agrega la solución de cola. Esta pasta resulta muy fuerte, y Be adhiere muy bien a cualquier pared pintada, a causa de la trementina que forma porte de la misma.

c)Pasta fuerte adhesiva. I: 2 Kg de harina de centeno, 2 litros de agua fría; II 10 litros de agua hirviendo; III: 60 gr de resina en polvo.

Se forma la pasta I sin grumos, y se echa en II. Si es preciso se hierve, y cuando aun está caliente se agrega, agitando, y poco a poco, la resina pulverizada. Esta pasta es extraordinariamente fuerte y ad­hesiva, pegando muy bien los papeles de los habitaciones por gruesos que sean, y el cuero delgado. SÍ la pasta resulta dema­siado espesa, se fluidifica con un poco de agua caliente, pero nunca con agua fría

d)Pasta de harina. I: 1 Kg de harina de trigo, 1 litro de agua fría; II: 30 gr do alumbre, 120 cm3 de agua caliente; III: 3 litros de agua hirviendo.

Se forma una masa, sin grumos, con la harina y el agua fría; se disuelve el alum­bre en agua caliente, en las proporciones dados en II. Se echa entonces, sin dejar do agitar, I en III y, si es preciso,’se sigue hirviendo hasta que la pasta se espese hasta la consistencia de un mucilago semi­transparente, después de lo cual ae le incorpora, por agitación, la solución II. De este modo resulta una pasto excelente para empapelar.

e) Pasta elástica o flexible, I: 120 gr de almidón corriente, 00 gr de dextrina blan­ca; II: 30 gr de bórax, 100 cm3 de glicerina. 10 litros de agua hirviendo.

Se baten bien loa ingredientes de I hasta formar una pasta; se disuelve el bórax en el agua caliente y so agrega a esta solución la glicerina, después de lo cual se echa. I en la solución 21, sin dejar de agitar hasta que la masa resulte translúcida. Esta pasta no se agrieta, y, por ser muy fle­xible, se emplea para papel, paño, cuero y otros materiales que requieran colas fle­xibles.

f) Paata, para, paredes húmedas. Una posta con la cua.1 puede pegarse papel de habitación sobre madera o fábrica, de un modo seguro a pesar de la humedad, so prepara con harina de centeno a la cual se agrega, por cada 500 partes, en peso, después de cocida, 8 1/3 partes, en peso, de buen barniz de aceite de linaza y 8 l/2 par­tes, en peso, de trementina.

g)Pasta para paredes encaladas.

Se echan 0 Kg de arménico en agua después de haberlo machacado en pequeñas trozos, y se tira el agua que queda sobrenadando. Se hierven 300 gr de cola en agua de cola, y Be mezclan bien con el arménico remo­jado, agregando 1 Kg de yeso y tamizán­dolo toda a través de uno cuba, valiéndose de uno brocha. Se fluidifica la masa con aguo hasta que quede de la consistencia de una posta poco espesa, que ya puede aplicarae directamente. Esta posta no sólo es mucho más barata que todas las otros composiciones similares, sino que tiene la ventaja sobre éstas de adherirse mejor a los paredes encaladas, y especialmente a las que han ido blanqueándose sin quitar las capas viejas de cal.

Para la colocación, de papeles de colores lisos y delicados, no resulta tan recomendable esta pasta, por­que a causa de su tinte es muy fácil man­char los papelea al aplicarlos si no so observa un cuidado riguroso en la opera­ción; en cambio, cuando ae trate de cubrir la pared con papel oacuro puede emplearse ventajosamente.

Remedios antiguos contra los mosquitos (1897)

Compuestos para ahuyentarlos o matar­los.

A) Esencia, de eucalipto 30 partes, talco 20 partes, almidón 420 partes. Se aplica a las manos y a la cara con una borla de polvos.

  1. Naftalina 30 gr, talco 00 gr, almidón 480 gí’) esencia dLe poleo 8 cm1. Se reduce todo a polvo fino, que se aplica a las partes descubiertas antes de acostarse.
  2. Quemando una pequeña cantidad do polvos insecticidas de Persia en una habi­tación no queda en ésta ningún mosquito.
  3. Se hace una pasta con mucilago de tragacanto y 500 partes de carbón de leña en polvo, 00 partes de salitre, 40 partes de ácido fénico y 250 partes de polvos in­secticidas. Se forman conos pequeños con esta masa, que se emplean como fumi­gantes.

B) Benjuí 100 partes, bálsamo de Tolú 100 partes, carbón de lena 500 partes, pol­vos insecticidas L50 partes, salitre 50 par­tes. Se hace una masa con agua, y se divide en pastillas, que se queman en la habi­tación.

C) Nitrato potásico 45 gr, mucilago de tragacanto G0 cm3, polvos insecticidas 00 gramos, altea en polvo S gr, tragacanto y gr. Se mezcla el nitro con e’ mucilago, y en sitio aparte los demás ingredientes; se incorporan después los polvos a la pasta, se divide la masa resultante en pastillas de 2 gr, y se secan a una temperatura de 20 a 25° O. Si se quiere pueden broncearse o dorarse estas pastillas.

  1. La mezcla, siguiente espanta a los mosquitos y tiene la ventaja de poseer olor muy agradable: esencia de canela 1 parte, esencia de pachulí 1 parte, esencia de sán­dalo 4 partes, alcohol 400 partes.

Remedios para las picaduras de los mos­quitos.

a) Entre los remedios para ali­viar la sensación tan desagradable produ­cida por la picadura de los mosquitos se encuentran la esencia de clavo, el amo­níaco, el bicarbonato sódico, el cloroformo, el timol y el jabón corriente. Pero quizá lo mejor sea una solución de cocaína al 4 por 100.

 

El Estado y la Cultura: supervivencia

Ningún Estado puede desarrollarse sin el apoyo de la ciencia, porque sería destruido por los Estados vecinos.

Sin el arte y la cultura general el Estado pierde el sentido de la autocrítica y comienza a estimular tendencias erróneas, engendra a cada paso hipócritas y deshechos sociales, fomenta en los ciudadanos el utilitarismo y la presunción y, en definitiva, acaba también siendo víctima de sus vecinos más cuerdos. Se puede perseguir cuanto se quiera a los intelectuales, prohibir la ciencia, destruir el arte, pero más tarde o más temprano hay que hacer marcha atrás y, aunque sea a regañadientes, abrir paso a todo aquello que tanto odian los zoquetes ignorantes que ansían el poder.

Y por mucho que desprecien el saber, esa gente gris que detenta el poder no podrá hacer nada frente a la objetividad histórica, mejor dicho, podrá frenarla pero no detenerla. Aunque desprecien y teman el saber, no tendrán más remedio que llegar a estimularlo para poder mantenerse en el poder.

Y entonces tendrán que permitir las universidades y las sociedades científicas, tendrán que crear centros de investigación, observatorios y laboratorios, tendrán que formar cuadros de hombres inteligentes y sabios, hombres que quedarán fuera de su control, hombres que tendrán una psicología completamente distinta y unas necesidades totalmente diferentes, y estos hombres no podrán existir y mucho menos obrar en el antiguo ambiente de baja codicia, chismes de cocina, presunción estúpida y necesidades puramente carnales, sino que necesitarán un ambiente nuevo, un ambiente con conocimientos generales y universales empapado de afán creador, necesitarán escritores, pintores, músicos, y la gente gris que esté en el poder tendrá que hacer estas concesiones.

Y si alguno se resiste será barrido por un oponente más astuto en la lucha por el poder. Pero el que haga estas concesiones cavará su propia sepultura, en contra de su voluntad, pero inevitable y paradójicamente, puesto que no hay nada tan mortal para los egoístas ignorantes y fanáticos como el desarrollo cultural del pueblo en todos los terrenos, desde la investigación en el campo de las ciencias naturales hasta las aptitudes para comprender y deleitarse con la buena música. Y después viene la época de las grandes conmociones sociales, acompañadas de un desarrollo inusitado de la ciencia y de un proceso amplísimo de intelectualización de la sociedad, una época en que la incultura presenta su última batalla, que por su crueldad hace retroceder a la humanidad hasta la edad media, pero en la que es derrotada y desaparece para siempre como fuerza real en el seno de la nueva sociedad, libre de la opresión de clase.

Boris Strugatski

La muerte de Karel Teige (cosas de checos)

Karel Teige

Karel Teige

Quiero contar la muerte de Karel Teige y, del modo menos apropiado, empiezo casi por el final.
Hace falta que lo cuente todo desde el principio mismo. El propio difunto así lo desearía.
Cuando Teige y yo decidimos ver por primera vez París, él me persuadió para que me encargase un buen traje nuevo para el viaje. Para que representásemos bien a esta tierra, aunque nadie nos lo había pedido; pero también, para que representásemos hasta cierto punto a nuestro arte moderno, y eso lo deseábamos nosotros mismos. Para andar por Praga, nos vestíamos de cualquier manera.
Teige conocía a un sastre de la Avenida Nacional, al señor Turek, que tenía su taller encima del antiguo café Unionka. No era un sastre cualquiera ni, mucho menos, barato. Yo tenía poco dinero y vacilé algo antes de que al final le dejara llevarme allí. El señor Turek nos escogió una tela inglesa gris que él llamaba «sal y pimienta» y en seguida tuvo los trajes hechos. Catorce días más tarde ya paseábamos con ellos puestos y con unos sombreros «cariñosamente ladeados» como decía Milena Jesenská, una comentarista de modas de entonces, por los bulevares.
La Torre Eiffel, que antes habíamos invocado con tanta devoción, nos contemplaba indiferente.
París es hermoso, incluso cuando llueve. Sin hablar ya de cuando hace buen tiempo. Era un perfumado día estival y teníamos una cita con el pintor Sima. Estábamos buscando el 14 rué Ségnier, cuando, delante de nosotros, bajó de un coche una bella joven. ¡Y, por supuesto, elegante!
Parecía haber salido de una novela de Colette. El velo no ocultaba sus ojos y en su muñeca tintineaba una reluciente pulsera de oro. Revoloteó junto a nosotros envuelta en nubes de perfume y nosotros, hechizados, nos detuvimos y nos miramos.
– Siento no tener tiempo -dijo de repente Teige-. ¡Ya me ocuparía de ella!
Me quedé bastante sorprendido, pero Teige lo había dicho con tanta firmeza que me callé. Por lo demás, no hablábamos nunca de esas cosas.
Ahora, cincuenta años más tarde, reconozco que mi extrañeza fue gratuita. ¡Teige tenía razón!
Un hombre es un hombre, y siempre ha de apuntar por encima de sus posibilidades. Además, sólo así es como surgen los amores desgraciados, maravillosos y apasionantes, esos que los lectores leen con tanto gusto. ¡Adiós, París! ¡Ya no volverás nunca a ser tan bello!
Cuando regresamos a Praga, teníamos veinticinco años y las ojos llenos de inspiración. ¡Y de deseos! Es una lástima que entonces casi no nos diéramos cuenta de la presencia de nuestra felicidad. Qué pena que uno se entere de ello sólo cuando ya ha pasado.
Devetsil había crecido y seguían llegando nuevos miembros. Por eso fue mayor nuestra extrañeza cuando Teige comenzó a faltar a las reuniones del Slávie. Sólo acudía de tarde en tarde y nunca sabíamos dónde encontrarlo. Ya no nos llamaba por la noche a los bares donde los saxofones nos invitaban al baile con tanta persuasión y las danzantes nos tendían sus brazos.
Toyen -a la que llamábamos todavía Manka- le dijo a Teige directamente:
– Te ha dado fuerte, ¿eh?
Y Teige, bastante atónito, asintió. Desde joven, Teige había predicado el derecho al amor libre.
El matrimonio era un prejuicio burgués.
Por aquellas fechas vimos cierto día en la calle a Nezval, que llevaba una tabla de planchar a su casa. Al parecer, no le habían dejado subir al tranvía. La sostenía como una guitarra y tenía un aspecto bastante cómico. Toyen se echó a reír y Teige se puso exageradamente irónico. Nezval, todo rojo, estaba desesperado.
Luego la vida se fue arrastrando y corriendo, tronando y enmudeciendo. Cada día nos moríamos un poco, como aconsejaba Tristan Tzara, pero nadie pensaba en el tiempo. Publicábamos un libro tras otro y ya teníamos los bolsillos llenos de versos. Queríamos «aterrar a los burgueses»; pero, por lo que parecía, los aterrábamos muy apaciblemente. No nos tenían miedo alguno.
En 1929 puse mi firma bajo un manifiesto de siete escritores. Yo era el más joven de los siete.
Mi amigo Teige, Nezval, Halas, Pisa y otros autores publicaron un antimanifiesto y yo, por iniciativa de Julius Fucík, fui excluido de Devetsil.
Pero no me dolió mucho. Devetsil iba terminando poco a poco su misión creativa en la vida cultural checa y el final de su historia, hermosa y rica, estaba ya próximo.
Sus miembros empezaban a prescindir de la joven agrupación que les había ayudado en su trabajo. Varios de los objetivos de la generación de vanguardia estaban superados y todos nosotros estábamos ya lo suficientemente preparados para decidirnos a elegir cada cual el propio camino sin sentirse atado por las reglas de juego compartidas que habíamos inventado para Devétsil y que Teige observaba escrupulosamente.
Luego, directa o indirectamente, nuestras damas empezaron a atentar contra la regularidad de las reuniones y, cuanto más pasaba el tiempo, más sillas quedaban vacías alrededor de la mesa.
Pero eso lo sabéis muy bien. Las mujeres, si se lo proponen, consiguen desordenar imperios enteros. Y mucho más fácilmente, una agrupación artística. Pero no fueron las mujeres las que desmoronaron la hermosa amistad de una asociación joven. ¡No fueron las mujeres!
Nezval cuenta en sus memorias cómo cada tarde, al despedirme de mi novia, me apresuraba a llegar al lugar en donde pensaba encontrar a mis amigos. Sí, tenía razón; era así. Pero al que yo buscaba en especial era a Teige, al que siempre tenía que contarle algo. Era un consejero y un amigo incansable y eficiente.
Lo que más me afectó de la separación fue mi amistad truncada con Teige. Nos encontrábamos cada vez más raramente, aunque al principio los dos nos habíamos propuesto evitarlo. Pero más tarde, cuando Nezval y Teige trajeron de París el surrealismo, empecé a verlos menos. Ellos habían entablado nuevas amistades con los artistas franceses, y Nezval, con toda su violenta robustez, se arrojó en la corriente de la nueva tendencia. Luego Teige, además del surrealismo, concentró su interés en la arquitectura moderna.
Así que empecé a faltar a las reuniones de Slávie. Asistía con mayor frecuencia a Réva, en la calle Vorsilska, adonde iba principalmente en busca de Hora y de Halas. También iban allí Mathesius y, a veces, Holán. Y muy de tarde en tarde, Josef Palivec. Y con el tiempo, Devétsil se convirtió para mí en un recuerdo querido, pero algo amargo y alejado en el pasado.
Vivo bastante cerca del hospital de Motol. Cada año, antes de la llegada del invierno, sobre el hospital se reúnen los cuervos y sus gritos disonantes perturban el silencio. Y aquí, en este lugar de mi libro, en el minuto en que su canto me llega como una recordación del tiempo que ya se me va escapando, quisiera dar las gracias a mi amigo muerto. ¡Mientras me quede aún algo de tiempo! ¡Antes de que sea tarde!
No fue poco lo que me dio, además de su hermosa amistad. Fue más de lo que yo, con mi joven osadía, admitía antes.
Poco a poco, él iba abriéndome el mundo del arte moderno, que yo desconocía y que, dado mi escaso dominio de los idiomas, no podía conocer. Me gustaba la poesía, pero Teige me enseñó a amar igualmente el arte plástico. Me enseñó a mirar las pinturas y esculturas modernas. Me enseñó a tratar el mundo del arte con el necesario cuidado. No es arte todo lo que se llama así, todo lo que se nos ofrece como tal y lo que un día nos fue impuesto.
Recuerdo cómo Teige, muy joven todavía entonces, iba con su amigo Vladimír Stulc, que escribía sobre música y que más tarde fue miembro de Devetsil, iba a los ensayos del Cuarteto Checo. Se trataba de una relación familiar, ya no recuerdo cuál. Teige amaba la música, pero estaba lejos de entenderla como un especialista. Después de uno de los ensayos expresó un reparo característico, diciendo que el primer violinista X. Hoffmann no tocaba su instrumento con la misma belleza con que pintaba Svabinsky. Cuando alguien en el periódico expuso un llamamiento gratuito para que se encontrase una palabra checa que sustituyera a la alemana kitsch (cursilería), Teige, sin dejarse desconcertar y con cierta brusquedad, propuso: R.U.R. Nosotros conocíamos bien a los hermanos Capek y sus Simas radiantes o El jardín de Krakonosy nos gustaba La pasión de Dios. También el nombre de Devetsil se lo debíamos a los Capek.
Tan sólo hubo una cosa en la que los esfuerzos de Teige fracasaron conmigo. Durante mucho tiempo, pero en balde, trató de convencerme para que aprendiese a bailar bailes modernos. Al final me propuso enseñármelos él mismo. Nezval tocaría el piano para acompañar las clases de baile.
Teige bailaba con placer, con un verdadero apasionamiento. En la biblioteca tenía clavada con una chincheta la portada de un viejo número de L’lllustration que llevaba un espléndido dibujo de Gavarni: representaba a una joven que, al volver de un baile, se había dormido, sin quitarse su traje de noche, apoyada en la mesa. Bajo el dibujo se leían las palabras de Cristo parafraseadas: «Mucho le será perdonado, pues mucho ha bailado.»
En los años treinta ya sólo veía a Teige raras veces y de forma más bien casual. Pero durante la guerra, cuando Druzstevní práce se propuso, en la medida de sus posibilidades, hacer más llevadera la vida de los escritores que no podían o no se atrevían a publicar, me encontraba con Teige con mayor frecuencia. Junto con Pavei Eisner, Teige fue uno de los que se guarecieron bajo su acogedor techo. Existía una especie de acuerdo que le permitía a Teige cobrar anticipos. Pero yo no estaba al corriente de aquel asunto.
Después de la guerra veía a Teige más a menudo. Iba a la librería de Otto Girgal. En la pequeña y angosta estancia de Ángel en Smíchov se reunía a veces mucha gente. Antes se podía ver allí a Josef Hora, que se detenía un momento cuando iba a casa de Kosifek. También acudía St. K.
Neumann. Girgal le compraba a Teige, pagando con verdadera generosidad, libros antiguos y raros, pues al terminar la guerra las cosas seguían sin marcharle bien a Teige.
Con el entusiasmo de antes, que yo conocía tan bien por la primera época de Devétsil, Teige me hablaba de un grupo más reducido de amigos, pintores y poetas surrealistas, con el que se reunía.
Entre ellos estaban Mikulás Medek y Vratislav Effenberger. Por aquel entonces estaba trabajando en un libro sobre la «fenomenología del arte moderno» que había venido proyectando desde la época de la guerra y que estaban esperando en Druzsttvníprdce.
Ya se quejaba entonces de una dolencia del estómago. Estaba tratando la enfermedad, pero los dolores no cesaban. No era ni el estómago, ni un cáncer. Era el corazón. Algo en lo que él no había pensado.
Teige murió el 1 de octubre de 1951. Era un melancólico día de otoño. El electrocardiograma había mentido. El médico que se lo tomó poco antes de que Teige muriese, no pudo, basándose en los datos del aparato, decir otra cosa que su corazón estaba funcionando con entera normalidad. No funcionaba así. Hacía mucho tiempo que había dejado de funcionar con normalidad. El corazón de Teige estaba tan desgastado que el médico que realizó la autopsia se negaba a creer que hubiera vivido con aquel corazón.
Era consecuencia de un trabajo intenso que, literalmente, apenas le dejaba dormir. Trabajaba las noches enteras. Pasadas las diez de la noche, se sentaba a la mesa de su casa y trabajaba hasta que despuntaba el día. El tiempo le apremiaba. Tenía miedo a no terminar el libro. Por aquellas fechas le acosaban sistemáticamente unas críticas desfavorables e injustas de la prensa de Praga. Puesto que estaba completamente indefenso, después de su muerte comenzaron a circular varios rumores suscitados por el silencio que súbitamente rodeó su final, su nombre y, como es obvio, sus libros.
André Bretón, en su monografía dedicada a la pintora Toyen, menciona como verídico uno de aquellos rumores, según el cual Karel Teige se envenenó en el momento en que fue detenido, y que su mujer se mató poco después arrojándose por la ventana. Es preciso aclarar que Teige no fue ni detenido ni interrogado.
Los acontecimientos, no menos dramáticos, sucedieron de otro modo.
Hay mujeres -y suelen ser mujeres bastante jóvenes, aunque a veces no lo son tanto- que, cuando les ocurre la desgracia de que muera su marido, regresan del entierro llorando. Siguen llorando durante varios días. Luego se enjugan las lágrimas, se empolvan la nariz y echan una mirada de curiosidad en torno suyo. No, no se lo reprocho. Son cosas de la vida. Estoy de parte de las mujeres.
El estupendo poeta francés Alfred de Vigny, cuyo matrimonio se estaba tambaleando, dijo que las mujeres son las destructoras del ardor. ¡No todas! A nuestro Petr Bezruc le gustaba citar este aforismo sobre las mujeres: la madre es la única mujer que ama al hombre desinteresadamente; y precisaba que lo decían los franceses, ¿y quién mejor que ellos para entender de mujeres? No obstante, esto no siempre es cierto.
No dejaré que nadie destruya el mito de la mujer con que los hombres venimos coronando su belleza desde siempre. Ni la vejez, ni la enfermedad, ni siquiera la desilusión, que es lo peor, privarán a mis ancianos ojos de esta hermosa visión de la mujer. Soy un feminista empedernido. Y defiendo a las mujeres, aunque hoy ya es innecesario. Se defienden perfectamente ellas solas.
Estas breves líneas sobre mujeres son una obertura. El telón se levanta y en el escenario aparecen el marido y la mujer. Alguien llama y entra otra mujer. No, por amor de Dios, no es el comienzo de una comedia sobre el matrimonio de las que hemos visto docenas en todos los teatros. Todo lo contrario: es el comienzo de un espectáculo único. La tragedia de un hombre y de dos corazones femeninos.
«Como sabe -me escribía el joven amigo de Teige, Vratislav Effenberger-, el romanticismo de Karel Teige le condujo al entusiasmo por el amor libre. Amaba a su mujer sinceramente. Pero en los comienzos de la guerra, cuando conoció a la señorita E., consiguió demostrarse a sí mismo y a las dos mujeres que su relación podía ser feliz y armoniosa.»
Yo conocía la nueva unión de Teige. Y conocía a su mujer desde su juventud. Era una mujer seria, atractiva, excepcional. A su amiga no la había conocido hasta aquel verano, en casa de Girgal.
Tampoco era una mujer corriente, sino igualmente atractiva e interesante de verdad. Una vez, al encontrarnos, me invitó, cordial, a su Salamounka de Smíchov. No fue mucho antes de su muerte.
Cuánto lamento no haber aceptado entonces su invitación. Después ya fue demasiado tarde.
Nunca tuve dudas respecto a la seriedad de su relación con las dos mujeres. Él no quería, ni podía, ser protagonista de un vulgar triángulo matrimonial. Pero me extraña que aquel hombre, extraordinariamente brillante e inteligente, fuese capaz de suponer que iba a establecer entre las dos mujeres una relación apacible y armoniosa. Cómo podía ignorar que, cuando se trataba de un amor verdadero, algo semejante era imposible entre las dos mujeres. El mismo tal vez podía amar a las dos sinceramente; pero una mujer, si quiere a alguien, no sabe compartir el amor. Aquello pesaba sobre él como una enorme losa y le producía una tensión permanente. Y no añadía fuerzas a su corazón ajado y débil. A lo que parece, estaban sufriendo los tres.
Teige trabajaba cada noche en su casa. No se acostaba hasta el amanecer y dormía hasta el mediodía. Por la tarde, iba a ver a su amiga. Esta vivía cerca de la plaza de Arbes de Smíchov. Allí comía y por la tarde la señorita E. le ayudaba a hacer las fichas para su libro. Así pasaba los días y transcurrieron tres años: desde 1949 a octubre de 1951.
Aquel fatídico día de octubre, como Teige tardaba en llegar, la señorita E. decidió salir a su encuentro. Le estuvo esperando en vano. Se habían cruzado por el camino. Cuando regresaba, vio a Teige en la plaza de Arbes. Se apoyaba en un pilar de hierro fundido y la estaba llamando. Un espasmo de dolor retorcía su rostro. Era ya un rostro marcado por la muerte. A duras penas pudo acompañarlo hasta su piso. El caminar agravó más aún su sufrimiento. Una vez dentro del piso, se sentó; estaba cansado y se sentía mal. Ella se apresuró a llamar al médico. Tardó algún tiempo en dar con él. Cuando volvió, Teige estaba muerto.
Sin reflexionar, decidió que también ella debía morir. Pero antes tenía que comunicar su muerte a la mujer de Teige. Escribió una nota: «Karel ha dejado de existir. Ha muerto esta tarde.» Envió la nota a Salamounka con un taxista.
Su mujer, en cuanto leyó la nota, quemó toda la correspondencia de Teige. Que no era poca.
Aunque veía a las dos mujeres cada día, les escribía cartas a las dos casi a diario. Después de cumplir con aquel rito sombrío, se asfixió con el gas.
La señorita E. vivió sólo unos días más. Empleó aquel tiempo para poner en orden los manuscritos que Teige guardaba en su casa y para entregárselos a sus amigos. Después de lo cual, hizo lo mismo que la mujer de Teige: abrió la espita del gas.
Su muerte dio fin a aquel horripilante baile de la muerte del que el público no llegó a enterarse «gracias» a las medidas que fueron tomadas a la muerte de Teige. ¡Al lado de qué hermoso y excepcional hombre y artista habíamos vivido! ¡Cuánta fuerza irradiaba su rica personalidad!
Durante el funeral de Teige, la sala de actos estaba casi vacía. Sólo había allí unos jóvenes, amigos suyos, que yo entonces no conocía aún.
De los amigos y compañeros de nuestra generación -fue la generación de Teige y en absoluto la de Wolker, como se acostumbra a llamarla- no acudió nadie. Sólo el fiel pintor Muzika y yo estuvimos allí, detrás de las sillas vacías.

 

Jaroslav Seifert

Lo que saben los brujos

De vez en cuando, por puro aburrimiento, o por esa curiosidad malsana que entra a veces, en especial en las horas más bajas de la confianza en la naturaleza humana, caí en un par de páginas web esotéricas, de esas que lo mismo te leen el futuro, te ayudan a recuperar a tus seres queridos o te venden un hechizo de amor por cien euros, dando por hecho, digo yo, que eso será lo que vale la pareja que pretendes conquistar a semejante precio.

Lo que más me sorprendió, y os desafió a que lo comprobéis (si tenéis estómago para semejante basura) fue la cantidad de faltas de ortografía que hay en esas páginas y en los anuncios de Adsense que contratan para que nos los calquen a los demás.

Por lo visto, es más fácil expulsar a los demonios, resucitar a los muertos y adivinar el futuro que aprender un poco de gramática y ortografía. Si no, es imposible comprender esos ánjeles, con J, esos hechar, con H, para echar mal de ojo, y hasta ese bidente, con B, que supongo yo que será alguien que te echa las cartas mientras se remoja la entrepierna en porcelana Roca.

Por mi parte, si un día voy a un brujo, que no creo, lo examinaré antes de demonología gramatical, carta astral aritmética y exorcismo geográfico. Y si no sabe dónde está Vitigudino o Antequera, mejor no preguntarle dónde está el purgatorio o dónde fue la bisabuela.

Vamos, digo yo…