Razones que subyacen en los miedos apocalípticos a la superpoblación

41VcxQxHKSL._SX425_Lista de posibles razones que hacen que algunas personas teman el crecimiento de la población:

1) Un humanitarismo ingenuo que quiere salvar al mundo: mucha gente que dedica tiempo y dinero a frenar el crecimiento demográfi co lo hace impulsada por un espíritu humanitario y actúa de buena voluntad.

2) El miedo a los impuestos: los pudientes se preocupan del incremento del número de gente pobre porque eso podría tocar sus bolsillos. Cuando los pobres además son de otra raza, entonces resulta muy difícil separar este motivo del racismo.

3) El supuesto interés político y económico de las naciones: Garret Hardin pensaba que la Tierra era un pequeño bote salvavidas y que cada vida que se salva en un país pobre disminuye la calidad de vida de las generaciones futuras.

4) El miedo a las ideologías antioccidentales: la creencia de que el comunismo (y más recientemente varios movimientos políticos antioccidentales) se impondría en los países pobres hace que algunas personas en los países ricos quieran reducir su crecimiento.

5) La creencia en la superioridad de los procesos «naturales»: algunas personas piensan que el uso de los recursos naturales por parte de los seres humanos es una perturbación del orden ecológico natural que sólo traerá como consecuencia una destrucción inesperada del planeta.

6) Los antagonismos religiosos: algunos grupos religiosos temen que otros con mayores altas tasas de natalidad puedan hacerse más infl uyentes y poderosos.

7) El racismo: Simon piensa que hay multitud de evidencias que demuestran que el racismo ha sido un motivo clave en el desarrollo de las actividades de control demográfi co, tanto en Estados Unidos como en el ámbito internacional. Hay datos que muestran una especial concentración de clínicas de control de la natalidad en los países pobres de raza negra sostenidas con dinero de los países occidentales.

8) La población con mayor nivel educativo se cree que sabe qué es mejor para los que tienen un nivel educativo más bajo: la arrogancia y el orgullo de algunos les lleva incluso a pensar que es correcto obligar a otros a hacer lo que ellos creen que deben hacer.

9) La falta de perspectiva histórica: el tipo de comparaciones que uno hace es decisiva para juzgar si las cosas están mejorando o no. Los apocalípticos sólo se fi jan en el corto plazo, no quieren contrastar los datos históricos. Sólo están interesados en proyectar algunos datos negativos momentáneos e ignoran las tendencias a largo plazo. Lo que realmente mide nuestro progreso es la comparación de nuestro estado actual con el pasado; sin embargo, algunos se empeñan en comparar la situación actual de un grupo con la de otro sin hacer una análisis histórico lo sufi cientemente amplio en el tiempo del progreso conseguido por ambos grupos. Si se dibujaran gráfi cos sobre la evolución de los minerales, los alimentos y la energía que abarcaran un largo periodo, se vería que los momentos de crisis son tan sólo pequeñas oscilaciones y que la tendencia general es muy positiva. Es una constante en la naturaleza humana utilizar el pasado para pronosticar el futuro. Winston Churchill decía que cuanto más lejos sea uno capaz de mirar hacia atrás, más lejos podrá mirar hacia adelante. La ciencia tiene que estar basada en la experiencia. Todas las teorías derivan en última instancia de la experiencia y deben ser contrastadas con ella. La teoría apocalíptica malthusiana ha fracasado siempre que se la ha contrastado con datos.

10) El impulso profético: las voces proféticas de todos los tiempos anuncian el justo castigo a los humanos por sus actividades económicas: el Imperio de la Naturaleza pronto tiene que contraatacar. Desde este punto de vista, lo que construimos hoy día más tarde signifi cará destrucción porque la construcción signifi ca que estamos acabando con los recursos. Estas visiones proféticas son incapaces de entender los procesos de desarrollo del conocimiento como respuesta a la percepción de los problemas que lleva a la creación de nuevos recursos y riqueza que, a su vez, expanden la base de la civilización y la población.

11) El perfeccionamiento de la raza humana (eugenesia): la mejora de la raza humana ha sido en el pasado una de las motivaciones más importantes de los activistas de la población. Los defensores de la eugenesia han tenido mucho éxito durante décadas y han conseguido que se esterilice contra su voluntad a mucha gente pobre (sobre todo población negra). Las creencias eugenésicas sirvieron de base intelectual a las políticas de asesinatos selectivos.

¿Necesitamos inmigrantes que paguen nuestras pensiones?

Se trata de un razonamiento que escucho últimamente muy a menudo y que parece cabal: la población envejece y sin sangre nueva y nuevos cotizantes, el sistema se va al demonio. Pero espera…

Un momento… Decimos que necesitamos personas jóvenes que coticen, pero no basta con una de las premisas, sino que las dos deben venir juntas. ¿Y cómo se entiende que esos jóvenes inmigrantes van a cotizar si los nuestros, escasos dentro de una generación escasa, tienen que coger la maleta e irse a cotizar a otro lado?

¿De veras necesitamos más personas cuando no somos capaces de dar empleo a una quinta parte de la población actual? ¿Qué pensiones nos van a pagar si lo que falta es empleo, y no mano de obra?

Lo que la idea oculta, creo yo, es que necesitamos personas que trabajen por menos de lo que cualquiera de los nacionales aceptaría, para que, malviviendo, vayan poco a poco cotizando y pagando nuestras pensiones. Lo que en realidad se dice es que preferimos que los nuestros se vayan y traer a otros más baratos, en un nuevo proceso de depauperación vía salarios.

La frase, que parece amistosa y solidaria, oculta en realidad un ataque frontal contra la dignidad de los trabajadores. Buscar inmigrantes que paguen nuestras pensiones mientras la población actual su8fre el desempleo es buscar el efecto sustitución, la bajada salarial, o al externalización sin necesidad de mover la fábrica de sitio: producir son salarios chinos sin salir de España.

Es lo que tienen las frases bienintencionadas: que no saben esconder su veneno del todo.

Caso Monedero: lo que es una chorrada y lo que no.

Piénsatelo

Piénsatelo

Por supuesto, también yo creo que el Caso Monedero y sus dineros declarados de aquel modo y manera es un tema hinchado políticamente. También yo creo que si se utilizase la misma lupa con un millón de profesionales liberales en toda España saldrían centenares de miles de casos similares, pero pienso también, y sobre todo, que en este tema hay que separar unas cosas de otras.

Que un profesional haga un trabajo y cree una empresa para desarrollarlo, es común. Es tan común como estúpida (y malintencionada) la legislación que hace pagar casi el doble por renta personal que por renta empresarial. O sea, que si eres dentista por tu cuenta, pagas el doble que si eres dentista con una Sociedad Limitada.

En muchos casos se le llama a esto optimización fiscal, y se le llama con buenos motivos. Eliges lo que buenamente te parece dentro de la ley. Eso hizo monedero, y ser progresista, o decirlo, no implica tener deseos de entregar alegremente el dinero, y menos aún a un Estado cuyo sistema deploras.

En este caso particular, no tengo elemento de juicio para asegurar que se creó una empresa interpuesta con el único fin de eludir tributos. Parecerlo, lo parece, puesto que la empresa se crea mucho tiempo después de realizar el trabajo, y no se crea para realizarlo, sino para fracturarlo, que no es lo mismo.

Por ahí feo, pero no dejamos de hablar de una chorrada, en todo caso mucho menos inquietante que el uso que un partido, el PP, hace de la agencia tributaria como policía política. Que un ciudadano busque la manera de pagar menos, puede ser reprochable, pero que un partido político utilice los medios del Estado para ejercer la re`presión, es mil veces más grave.

¿Qué pasa aquí? ¿que si no votas a quien debes te van a sacar hasta las multas de tráfico? Imperdonable. De ahí a la Gestapo o al Gulag, hay tres paradas de tren y una hora de trayecto.

Pero del lado contrario también hay cosas no muy claras. Monedero se centra en explicar el tema de las cantidades, que ciertamente tiene poco interés, para evitar centrarse en el tema de los conceptos.

Que haya pagado algo menos por tener una empresa, puede pasar. Que se haya pasado por el forro el régimen de incompatibilidades, puede arreglarse con un tiorón de orejas, o una sanción. ¿pero qué informe hizo que valiese ese dinero, sin tener cualificación relacionada con el t5ema? ¿dónde está ese informe? ¿es secreto? ¿hay algún secreto horrible en las políticas monetarias de las que habla el informe?

Me parece que no. Me parece que el informe era un simple pretexto para que un Gobierno extranjero financiase a un partido político en nuestro país. Me parece un  caso bastante sospechoso de trabajo de un servicio de inteligencia foráneo, ansioso por meter la cuchara en nuestros asuntos.

Y no digo que haya sucedido tal cosa: sólo que cuando un tipo quiere llegar al Gobierno y pide financiación a un Gobierno extranjero, lo esperable para el futuro son cambios de contratos, licitaciones y toda una panoplia de porquerías que posiblemente paguemos entre todos.

Lo que en otros tiempos se llamaba traición, y ahora sólo lobbismo. Qué flojo se nos ha quedado el idioma, ¿verdad?

 

 

 

 

Cabreo social, recuperación económica y opciones de Podemos

Creciente cabreo

Creciente cabreo

Vengo de leer un artículo en el diario Público en el que se analizan las causas por las que la formación de Pablo Iglesias habría llegado a su techo electoral, al verse imposibilitado de seguir aprovechando el descontento social que provoca la crisis. La intención última del artículo parece otra, en realidad, más dirigida a solicitar que se abran las estructuras del Partido (y con ello sus listas, entiendo) que a analizar seriamente sus opciones.

De todos modos, como es algo que se viene repitiendo en las últimas semanas, creo que vale la pena detenerse a analizar el hilo argumental principal. Vayamos por partes:

-¿Existe la recuperación económica? Pues depende de lo que se entienda por recuperación, pero crecer a un ritmo que está por debajo de la ratio a la que crece el endeudamiento suena un poco a utilizar el dinero para mantener la calefacción. Y no comprando carbón o gasóil, sino quemando directamente billetes.

La recuperación española es un bluff basado en el buenrollismo interesado de unas instituciones que o quieren ver cómo un país del tamaño de España dinamita todos su proyectos. Por eso hacen como que se creen que nuestro PIB, hacen como que se creen nuestro IPOC y hacen como que se creen nuestros Presupuestos Generales del Estado. Ya pasó antes con Grecia, y un buen día dejaron de  creérselo y desde entonces tienen al país apretado por el cuello, como nos tendrá n a nosotros el día que decidan dejar de hacerse los tontos y digan al mundo entero que hemos mentido como bellacos en nuestras cuentas.

No obstante, la recuperación teórica existe y Rajoy tratará de capitalizarla, pero…

-¿Ha disminuido el cabreo social? Ahí es donde creo que más patinan los de Público. El hecho de que haya más gente con un empleo no significa, ni mucho menos, que haya menos gente cabreada. Porque veamos: ¿Quién está más cabreado? ¿El que no tiene un empleo y lo está buscando, o el que tenía un empleo de 1200 € y ha encontrado uno de 825 €, lejos de su casa, y  de lunes a sábados?

No hay que ser un genio de la sociología para comprender que la frustración,  y la ira subsiguiente, surgen de la comparación entre lo que se espera y lo que se tiene. Quién está en el paro tiene aún la esperanza de mantener su nivel de vida, aunque de momento le vaya muy mal, pero quien sigue siendo pobre o vive malamente después de encontrar un trabajo, ese ya ha perdido la esperanza y se irrita diaria y constantemente con la situación que padece. El cabreo del precario, del subempleado, del explotado, es siempre muy superior al cabreo del parado, y estos no han disminuido, sino que crecen diariamente.

-Las opciones de Podemos, por todo lo antedicho, no sólo no han tocado techo, sino que pueden mejorar aún bastante a medida que la presunta recuperación se asiente cada vez más sólidamente en gastar lo que no hay, reducir prestaciones y forzar a la gente a aceptar puestos de trabajo en condiciones que nunca antes habrían admitido. El cabreo seguirá creciendo a medida que sigan saliendo, uno a uno, los casos de corrupción, se constate que todo se reduce menos los gastos discrecionales y se consoliden las ofertas de trabajo precario, a tiempo parcial, y con sueldos de hambre.

El cabreo, por tanto, no ha tocado techo, y Podemos, su principal beneficiario, tampoco.

Y eso sin hablar de los precedentes que puedan crearse en otros países…

 

La flor del membrillo, un relato de Henry Harland

membrillo

 I

Theodore Vellan había estado fuera de Inglaterra más de tres décadas. Treinta y tantos años antes, su círculo de amistades se quedó perplejo y alarmado ante su repentina marcha y desaparición. En aquella época, su situación parecía especialmente afortunada. Era joven (tenía veintisiete o veintiocho años); su posición era bastante acomodada (poseía una renta de alrededor de tres mil libras anuales); pertenecía a una familia excelente, los Shropshire Vellan, cuyo título nobiliario estaba en manos de su tío, lord Vellan de Norshingfield; era amable, atractivo, simpático, popular; y acababa de obtener un escaño en la Cámara de los Comunes (como segundo diputado por Sheffingham), donde todos esperaban que su ambición y su inteligencia lo llevaran lejos.

Entonces, inesperadamente, renunció a su escaño y abandonó Inglaterra. No quiso explicar a nadie la causa de su insólito proceder. Se limitó a escribir breves cartas de despedida a unos pocos amigos: “Voy a hacer un viaje alrededor del mundo. Estaré fuera un tiempo indefinido”. El tiempo indefinido terminó convirtiéndose en más de treinta años; los veinte primeros, sólo su abogado y sus banqueros conocían su dirección, y jamás se la comunicaron a nadie. En cuanto a los diez últimos, se supo que vivía en la isla de Puerto Rico, donde tenía una plantación de azúcar. Entretanto, el tío había muerto, y un primo (que era su único hijo) había heredado el título nobiliario. Pero éste también acababa de fallecer, sin hijos, y todos los bienes y dignidades habían recaído sobre él. Debido a ese motivo, se vio obligado a regresar a Inglaterra; en el testamento de su primo, una veintena de pequeños beneficiarios no podían recibir su herencia a menos que el nuevo lord estuviera cerca.

II

La señora Sandryl-Kempton, sentada junto a la chimenea de su espacioso, aireado y desvaído salón, pensaba en el Theodore Vellan de los viejos tiempos y se preguntaba qué aspecto tendría el actual lord Vellan. Había recibido una nota suya esa mañana, enviada la víspera desde Southampton, en la que le anunciaba: “Estaré en la ciudad mañana… en el Hotel Bowden de Cork Street”. Quería saber, asimismo, cuándo podría verla. Le había respondido con un telegrama: “Ven a cenar esta noche, a las ocho”; y él había aceptado. Por ese motivo, le había dicho a su hijo que cenara en el club; y ahora se hallaba junto a la chimenea, esperando la llegada de Theodore Vellan y rememorando lo ocurrido treinta años antes.

En aquella época, estaba soltera; y una ferviente amistad, que se remontaba a la época en que habían estudiado juntos en Oxford, unía a su futuro marido, a su hermano Paul y a Theodore Vellan. Recordó a los tres jóvenes, tan apuestos, felices e inteligentes, y el brillante futuro de cada uno de ellos: su marido en el cuerpo de abogados, su hermano en la Iglesia, y Vellan… no en la política, ella jamás logró entender sus aspiraciones políticas, que no parecían armonizar con el resto de su carácter…, sino en la literatura, como poeta, pues escribía unos versos que ella consideraba muy hermosos y originales. Evocó todo aquello, y entonces se dio cuenta de que su marido estaba muerto, de que su hermano estaba muerto, y de que Theodore Vellan llevaba muerto para su mundo, en cualquier caso, más de treinta años. Ninguno de los tres se había distinguido en nada; ninguno había estado a la altura de lo que se esperaba de él.

Sus recuerdos eran dulces y amargos al mismo tiempo; llenaron su corazón de alegría y de tristeza. Para ella, Vellan había sido sobre todo un joven tierno y sensible. Tenía ingenio, sentido del humor e imaginación; pero, por encima de todo, era tierno y sensible, lo que se reflejaba en su voz, en su mirada, en sus ademanes. Y su ternura era la base de su encanto… su ternura, que no era más que una parte de su modestia. “Era tan tierno y sensible, tan modesto, tan simpático y amable”, se dijo a sí misma.

Y cientos de ejemplos de su ternura, modestia y amabilidad acudieron a su mente. Y no es que no fuera varonil. Estaba lleno de energía, de optimismo; le gustaba saltar y brincar alegremente como un niño. Y entonces se acordó de una escena que había tenido lugar en esa misma estancia hacía más de treinta años. Era la hora del té, y habían dejado sobre la mesa un plato de galletas almibaradas; ella, su marido y Vellan estaban solos. Su marido cogió un puñado de galletas y las lanzó al aire de una en una, mientras Vellan echaba la cabeza hacia atrás y las recogía en la boca… una de sus habilidades. La señora Kempton sonrió al recordarlo, aunque, al mismo tiempo, se llevó el pañuelo a los ojos.

“¿Por qué se marchó? ¿Qué fue lo que pasó?”, se preguntó, mientras la antigua perplejidad ante la conducta de su amigo, el antiguo deseo de comprenderlo renacían con toda su fuerza. “¿Podría haber sido…? ¿Podría haber sido…?”

Y una vieja conjetura, una vieja teoría que jamás había comentado con nadie, pero sobre la que había reflexionado largamente en silencio, volvió a llenar su cabeza de interrogantes.

La puerta se abrió; el mayordomo musitó un nombre; y ella vio a un hombre mayor, alto y pálido, de cabellos blancos, que le sonreía y le tendía las manos. Tardó algún tiempo en comprender quién era. Despreciando, sin darse cuenta, el paso del tiempo, había estado esperando a un joven de veintiocho años, de pelo castaño y tez rubicunda.

Es muy posible que él, por su parte, se sorprendiera al encontrar a una dama de mediana edad con una cofia.

III

 

Después de cenar, Theodore Vellan no quiso separarse de su amiga, y la siguió al salón, donde ella dijo que podía fumar. El sacó unos pequeños cigarros cubanos, muy curiosos, cuyo aroma era fragante y delicado. Habían hablado de lo divino y lo humano; se habían reído y habían suspirado recordando antiguas penas y alegrías. Todos sabemos cómo en las Salas de la Memoria, la Dicha y la Melancolía caminan sin rumbo fijo de la mano. Ella había llorado un poco cuando empezaron a hablar de su marido y de su hermano, pero un instante después, al rememorar algo gracioso de ellos, sonrió con los ojos llenos de lágrimas. “¿Te acuerdas de fulano?” Y “¿Qué habrá sido de él?” Eran la clase de preguntas que se hacían, evocando viejos amigos y enemigos como fantasmas salidos del pasado. Incidentalmente, él había descrito Puerto Rico, sus negros y sus españoles, su clima, su flora y su fauna.

En el salón, se sentaron cada uno a un lado de la chimenea, y guardaron unos momentos de silencio. Aprovechando su permiso, Theodore Vellan sacó uno de sus pequeños cigarros cubanos, lo abrió por sus extremos, lo desenrolló, volvió a enrollarlo y lo encendió.

– Ha llegado la hora de que me cuentes lo que más deseo saber -dijo ella.

– ¿Y qué es?

– ¿Por qué te marchaste?

– ¡Oh! -murmuró su invitado.

Ella esperó unos instantes.

– Cuéntamelo -le suplicó.

– ¿Te acuerdas de Mary Isona? -preguntó él.

Ella le lanzó una mirada, como si estuviera muy sorprendida.

– ¿Mary Isona? Sí, por supuesto.

– Pues bien, estaba enamorado de ella.

– ¿Estabas enamorado de Mary Isona?

– Sí, estaba terriblemente enamorado de ella. Me parece que jamás lo he superado.

La señora Kempton contempló fijamente el fuego, apretando los labios. Vio a una muchacha delgada, con un sencillo vestido negro, un rostro sensible y pálido, unos ojos tristes, oscuros y luminosos, y una abundante cabellera negra y ondulada… Mary Isona, de origen italiano, una modesta profesora de música, cuya única relación con el mundo en que vivía Theodore Vellan era profesional. Venía de vez en cuando una hora o dos para tocar el piano o dar una clase de música.

– Sí -repitió él-; estaba enamorado de Mary Isona. Nunca lo he estado de ninguna otra mujer. Es ridículo que un hombre viejo diga estas cosas, pero aún sigo enamorado de ella. ¿Un hombre viejo? ¿Acaso llegamos a ser realmente viejos? Nuestro cuerpo envejece, nuestra piel se llena de arrugas, nuestro pelo se vuelve blanco; pero ¿y la mente, el corazón, el espíritu? Eso que llamamos “yo”… De cualquier manera, no pasa un día, ni una hora sin que piense en ella, sin que la eche de menos, sin que llore su pérdida. Tú la conocías… sabías cómo era. ¿Recuerdas cómo tocaba? ¿Y sus maravillosos ojos? ¿Y su hermoso y pálido semblante? ¿Y el modo en que le crecían los cabellos alrededor de la frente? ¡Y su conversación, su voz, su inteligencia! Su gusto, su instinto… en literatura, en arte… era el más exquisito que he encontrado jamás.

– Sí, sí, sí -dijo lentamente la señora Kempton-. Era una mujer muy poco común. Llegué a conocerla bastante íntimamente… mejor que nadie, supongo. Me enteré de todas las tristes circunstancias de su vida: una madre horrible, vulgar; un pobre padre soñador e incompetente; su pobreza, cuán duramente tenía trabajar. Si la amabas, ¿por qué no te casaste con ella?

– Porque mi amor no era correspondido.

– ¿Se lo preguntaste?

– No. Era innecesario. Seguí amándola en silencio.

– Nunca se sabe. Deberías habérselo preguntado.

– Estuve a punto de hacerlo, como es natural, cientos de veces. Las dudas me atormentaban a todas horas pensando si tendría alguna oportunidad, esperanzado y temeroso. Pero siempre que me encontraba a solas con ella, comprendía que mi amor era imposible. Su forma de tratarme… era franca y amistosa. No podía interpretarse de otra manera. Jamás se le pasó por la cabeza amarme.

– Cometiste un error al no preguntárselo. Nunca se puede estar seguro. ¡Oh! ¿Por qué no se lo preguntaste? -exclamó su vieja amiga, profundamente emocionada.

Theodore Vellan la miró extrañado, impaciente.

– ¿De veras crees que podría haber sentido algo por mí?

– ¡Oh! Deberías habérselo dicho; deberías habérselo preguntado -repitió ella.

– Bueno… ahora ya sabes por qué me marché.

– Sí.

– Cuando me enteré de su… su… muerte -no pudo llegar a decir suicidio-, todo terminó para mí. Fue tan espantoso, tan inefable. Seguir con mi vida de siempre, en el mismo lugar, entre la misma gente, era de todo punto imposible. Quería seguirla. Hacer lo mismo que ella. La única alternativa que me quedaba era huir lejos de Inglaterra, tan lejos de mí mismo como pudiera.

– Algunas veces -confesó poco después la señora Kempton-, algunas veces me pregunté si, posiblemente, tu desaparición no habría tenido algo que ver con la muerte de Mary… ¡transcurrió tan poco tiempo entre ambas! Algunas veces me pregunté si, tal vez, no habrías estado enamorado de ella. Pero no podía creerlo… era sólo porque las dos cosas habían coincidido. ¡Ay! ¿Por qué no se lo dijiste? ¡Es terrible, terrible!

IV

 

Cuando él se despidió, se quedó sentada un rato junto al fuego. “Vivir es arriesgarse a cometer errores… arriesgarse a cometer errores. Vivir es arriesgarse a cometer errores”, pensó.

Era una frase que había leído en algún libro unos días antes; entonces había sonreído al verla; ahora resonaba en sus oídos como la voz de un diablo burlón.

– Sí, arriesgarse a cometer errores -musitó.

Se puso en pie y fue a su escritorio, abrió un cajón, removió su interior y sacó una carta… una vieja carta, pues el papel estaba amarillento y la tinta medio borrosa. Regresó junto a la chimenea, desdobló la misiva y la leyó. Eran seis páginas de una libreta llenas de una escritura pequeña y femenina. Se trataba de una carta que Mary Isona le había enviado a ella, Margaret Kempton, la víspera de su muerte, hacía más de treinta años. La joven le contaba las duras circunstancias de su vida; pero todas habían sido soportables, aseguraba, excepto un terrible secreto. Se había enamorado de un hombre que apenas era consciente de su existencia; ella, una insignificante y desconocida italiana, profesora de música, se había enamorado de Theodore Vellan. Era como si se hubiera enamorado de un habitante de otro planeta, ¡pertenecían a dos mundos tan diferentes! Ella le amaba… le amaba… y sabía que su amor era imposible, y no podía resistirlo. Oh, sí; a veces se encontraba con él, aquí o allá, en las casas donde iba a tocar, a dar clase. Era muy educado con ella: y más que educado… era bondadoso; hablaba con ella de literatura, de música. “Es tan amable, tan fuerte, tan sabio; pero jamás ha pensado en mí como una mujer… una mujer capaz de amar y de ser amada. ¿Por qué iba a hacerlo? Si la polilla se enamora de una estrella, la polilla ha de sufrir… Soy cobarde; soy débil; piense de mí lo que quiera; pero tengo más de lo que puedo soportar. La vida es demasiado dura… demasiado dura. Mañana estaré muerta. Y usted será la única persona que conozca el motivo, y siempre guardará mi secreto.”

– ¡Fue una lástima! ¡Una verdadera lástima! -murmuró la señora Kempton-. Me pregunto si debía haberle enseñado a Vellan la carta de Mary.

Los orígenes del movimiento obrero en España

Portada de El Socialista del Primero de Mayo de 1898. Los socialistas fueron escépticos respecto a la utilidad de la Comisión de Reformas Sociales.

Portada de El Socialista del Primero de Mayo de 1898.
Los socialistas fueron escépticos respecto a la utilidad de la Comisión de Reformas Sociales.

La Revolución de Septiembre de 1868 había reconocido a los obreros españoles el derecho de asociación y aquel nuevo ambiente de libertades no sólo permitió la aparición de un sindicalismo moderado, mutualista y reformista, sino que propició la difusión de las ideas de la Asociación Internacional de Trabajadores (AIT), fundada en Londres en 1864 y a la que se adhirieron las agrupaciones representadas en el I Congreso Obrero de Barcelona (1870), formando la Federación Regional Española.

Serían las ideas del anarquismo antiestatalista de Bakunin las que primero arraigaron, frente a los planteamientos marxistas, que sólo gozaban de una discreta implantación en Madrid, por influencia de Paul Lafargue, yerno de Marx, que visitó la capital a fines de 1871. Las disensiones entre el grupo mayoritario anarcosindicalista y el minoritario, marxista y más proclive a la acción política, provocaron las primeras escisiones en la Federación que, en los días de la I República alcanzó su cota máxima de afiliación, cerca de 30.000 militantes, dos terceras partes de los cuales se concentraban en Cataluña y el resto se repartía entre el País Valenciano y Andalucía.

La Restauración alfonsina devolvió la acción sindical obrera a la clandestinidad, lo que agudizaría aún más la doble vía ideológica del movimiento obrero español. Cuando, en 1881, el Gobierno liberal volvió a legalizar su actuación, los campos estaban ya delimitados. De un lado, la Federación de Trabajadores de la Región Española (FTRE), de tendencia anarquista, que en 1882 agrupaba a unos 60.000 militantes y donde coexistían los partidarios de organizarse sindicalmente para mejorar las condiciones de vida de los obreros –corriente mayoritaria que en 1910 acabaría fundando la Confederación Nacional del Trabajo (CNT)– y los que propugnaban la revolución social inmediata y la lucha sin cuartel contra el orden imperante, un sector minoritario que nutriría los grupos violentos de la “propaganda por la acción”.

Frente a ellos, el núcleo de orientación marxista, organizado en torno a los tipógrafos de la Asociación del Arte de Imprimir que, con Pablo Iglesias a la cabeza, fundó el PSOE en 1879. Convencidos de la necesidad de conseguir el poder político, fuera por la revolución o por la reforma, y de la importancia de que todas las sociedades obreras se agruparan, en el Congreso Obrero de Barcelona de 1888, propiciaron la fundación de la Unión General de Trabajadores (UGT).

A. Doménech

Historia de la clase obrera en España

Un artesano de Valencia con su familia, en un rincón del taller.  Los cuestionarios de la CRS sobre la vida de los trabajadores institucionalizaron la investigación sociológica en España.

Un artesano de Valencia con su familia, en un rincón del taller. Los cuestionarios de la CRS sobre la vida de los trabajadores institucionalizaron la investigación sociológica en España.

Durante las últimas décadas del siglo XIX, un grupo de intelectuales españoles vinculados a la Institución Libre de Enseñanza pergeñó un programa de reformas sociales. Conocían las malas condiciones de vida de los trabajadores, la insuficiencia de los salarios, las largas jornadas laborales, la imposibilidad de asistir a la escuela de muchos niños, obligados a trabajar, la falta de higiene o insalubridad de los talleres y los frecuentes accidentes laborales. Además, estaban preocupados por los visos perceptibles del conflicto social.

Con una concepción organicista de la sociedad, e ilusionada por los estudios sociológicos, esta élite intelectual aprovechó la llegada al Ministerio de Gobernación de uno de sus miembros, Segismundo Moret, en el gabinete de Posada Herrera, para llevar a la práctica su ideario reformista. En 1883, Mo

Ret creó una Comisión para el estudio de las cuestiones que interesan a la mejora o bienestar de las clases obreras tanto agrícolas como industriales y que afectan a las relaciones entre el capital y el trabajo.

Con la reestructuración de 1890, pasó a denominarse simplemente Comisión de Reformas Sociales (CRS). Su misión era elaborar dictámenes sobre medidas legales concretas.

De modo expreso, se enumeraban algunas prioridades: el fomento de jurados mixtos, para favorecer las relaciones de obreros y patronos; la instauración de Cajas de retiros y de socorros para enfermos e inválidos; la regulación del trabajo de mujeres y niños; medidas de higiene y salubridad en los talleres; creación de instituciones de crédito agrícola; y la adopción de disposiciones para favorecer las sociedades de socorros mutuos y cooperativas, y a estimular la construcción de viviendas obreras.

El grupo fundador pretende potenciar una cultura política más solidaria entre los distintos grupos sociales y el desarrollo de un Estado tutelar, encargado de evitar abusos. Los responsables de la iniciativa buscaron la colaboración de conservadores y católicos.

Deseaban que la CRS no se convirtiera en una cuestión de partido, sino que quedara vinculada a la Monarquía, planteando la cuestión social como una cuestión de Estado. En consecuencia, el Gobierno liberal nombró presidente al jefe de la oposición, Cánovas del Castillo, quien, al volver al poder, designó a su vez presidente a Segismundo Moret.

Una élite plural Integraban la CRS dieciséis personalidades, representantes de las distintas tendencias políticas y corrientes de opinión. Muy destacable fue el nombramiento de un republicano histórico, Gumersindo de Azcárate, como secretario en un primer momento y vicepresidente después. Él fue el inspirador y motor principal de la comisión. Posteriormente, fue designado presidente del Instituto de Reformas Sociales, organismo creado para sustituir a la CRS. La edad media estaba entre los treinta y cincuenta años, y su procedencia era fundamentalmente de la periferia del país. Predominaban los miembros con estudios jurídicos, seguidos por los de medicina e ingeniería.

Destacaban los catedráticos de Universidad y profesores de la Institución Libre de Enseñanza, además de dos economistas, un periodista y tres títulos nobiliarios. Formaban parte de instituciones culturales y Academias, con cargos de responsabilidad en el Ateneo, Academia de Ciencias Morales y Políticas y de Jurisprudencia, Fomento de las Artes e Institución Libre de

Enseñanza. Había, sin embargo, una ausencia significativa: el sector obrero. Sin embargo, esta elite intelectual asumía un papel tutelar y defensor de los trabajadores y sentía que era ella quien debía marcar el camino a seguir. A los obreros sólo les competía una función informadora sobre su situación y necesidades.

La Comisión nació para recabar datos y opiniones sobre el problema social y potenciar medidas para su solución. Para ello instauraron comisiones en todas las capitales –excepto en Madrid, sede de la Comisión Central– y locales en poblaciones relevantes por su pobreza o conflictividad. Unas y otras pusieron en marcha la consulta al país por medio de un sistema de informaciones orales y escritas, para obtener la más amplia participación de todas las asociaciones obreras, círculos, ateneos e instituciones públicas y privadas, culturales, benéficas y económicas.

Comisiones desequilibradas Las comisiones estaban abiertas a la representación obrera y patronal. La representación era paritaria, con diez miembros por cada parte en las comisiones provinciales, y cinco en las locales.

Pero este equilibrio poco a poco se inclinó a favor de profesiones liberales del ámbito jurídico y educativo y representantes de la Administración.

Formaban parte dos abogados elegidos libremente, el fiscal, el juez de primera instancia, el juez municipal, el presidente de la Audiencia, el registrador de la propiedad y un notario, dos profesores de Universidad o de Instituto, uno de escuela normal y uno de instrucción primaria, además de dos médicos, un arquitecto, un ingeniero y dos representantes de la prensa. Instituciones como la Iglesia o el Ejército introdujeron dos representantes cada una, además de las autoridades (gobernador, alcalde, diputados, delegado de Hacienda, jefe de la sección de Fomento).

En caso de haber Sociedad Económica de Amigos del País, incorporaba también a su representante. De este modo, el total de los componentes de las comisiones provinciales quedó en cincuenta y dos miembros. Las locales siguieron el mismo modelo, según sus posibilidades, y las integraron veintidós miembros.

Gumersindo de Azcárate, muy intere

Sado por la sociología, se encargó de redactar el Cuestionario. Elaboró una amplia encuesta, de 32 apartados, desarrollados en 223 preguntas, como instrumento de análisis de la situación social. En cierto modo, inició la institucionalización de la investigación sociológica en España. El Cuestionario no planteaba preguntas generales o ambiguas, sino que cada apartado se desglosaba en varios puntos. Se trataba de una encuesta rigurosa, avanzada para la época, y que aplicaba el método de cuestionario abierto o encuesta de opinión, para que, en caso de que alguien no pudiera responder de manera concreta, pudiera ofrecer su parecer.

La composición de las comisiones y el Cuestionario traslucían el ideario reformista del propio Azcárate. El orden de las preguntas predisponía a una reflexión conducente a las soluciones previstas. Los cuatro primeros apartados se pueden ver como un análisis de la relación entre las clases: Gremios, Huelgas, Jurados Mixtos y Asociación.

Otras preguntas se dedicaban a la situación económica y laboral obrera, con apartados sobre el trabajo de las mujeres y los niños. En conjunto, las preguntas no se reducían al mero ámbito económico, sino que abarcaban el nivel cultural, religioso y político.

Tras el apartado del salario, se incluían preguntas sobre la participación en los beneficios, si se cobraba en metálico o se depositaba en cajas de ahorro.

Interesaban mucho los puntos de vista sobre las instituciones de previsión, crédito y seguro, el funcionamiento de la beneficencia y los índices de emigración.

Azcárate y su grupo se mostraban partidarios de un intervencionismo más social que estatal. Según él, en la solución del problema social, el individuo debía inspirarse en la solución cristiana; la sociedad, en la socialista; y el Estado, en la individualista. Esta

Ba convencido de que las condiciones de vida obrera mejorarían con el desarrollo de asociaciones e instituciones de ahorro y previsión, y que los jurados mixtos y la participación de beneficios en las empresas favorecerán la armonía social. El Estado debía facilitar esas iniciativas, proteger a las mujeres y niños de los abusos laborales, y reglamentar sobre la salubridad y seguridad en el trabajo y el socorro a los inválidos.

La CRS se enfrentó al rechazo de las organizaciones obreras y a la indiferencia generalizada de otros grupos sociales.

Desde el principio, el recién fundado Partido Socialista (PSOE) rechazó la Comisión como organismo burgués. Pero aprovechó la plataforma que le brindaba para convencer a los trabajadores de lo inútil del ideario reformista, denunciar los abusos laborales y hacer propaganda de su propio partido.

Desde la Federación de Trabajadores Regional Española (FTRE) se lanzaron circulares críticas con la CRS, invitando a la no participación, pues nada bueno podía esperarse de ella, dado su carácter político y autoritario: los anarquistas no podían hacer de comparsa. Calificaban a Moret de “cocinero de los pobres”, y a su comisión, de “parto de los montes”. Sólo accedieron a colaborar algunos obreros de sociedades de socorros mutuos, dirigidos por los propios reformadores y por compartir el

Mismo ideario, y algunos representantes de oficios que ofrecen datos concretos de la situación económica y sus necesidades.

Propietarios e industriales mostraron también indiferencia frente a la Comisión.

Por su carácter informativo, no le

Concedían demasiada importancia .

Sólo se publicaron las respuestas de cuatro industriales de Navarra, con información sobre salarios, horario y funcionamiento de sus fábricas, y la de otro valenciano. Entre los informes de los propietarios, destacan por su amplitud el de Isidro Benito, de Ávila, de hondo contenido social y buen conocimiento del tema; y el de un terrateniente palentino, Crisanto Herrero, que, consideraba que no era el problema obrero lo que debía preocupar, sino el desarrollo de la riqueza y la prosperidad, para lo que instaba a la rebaja de impuestos.

Más libros y menos vino A pesar de la confianza depositada en las profesiones liberales por los promotores, su participación fue baja. Maestros y profesores opinaban sobre la instrucción y trabajo del niño, mostrándose favorables a la reforma educativa. Los médicos muestran un buen conocimiento de las carencias alimenticias y de las pésimas condiciones de las viviendas obreras, aunque consideran que podían mejorar si el obrero se instruía y acudía menos a la taberna.

Las primeras aportaciones de la CRS significaron un paso importante en la génesis de la política social del Estado.

Iniciaron la institucionalización de los estudios sociológicos en España.

Introdujeron cambios en los valores y las estrategias de ciertas élites, más preocupada por el análisis de los problemas sociales que por su represión.

Dieron lugar a una reflexión sobre el estado social del país, materializada en un rico acervo de datos. Ofrecieron a sectores obreros la posibilidad de exponer su situación y permitieron a otros manifestar sus diferencias o su oposición. Los socialistas se sirvieron de ella para difundir su programa y su oposición abierta. En cierta manera, la Comisión pagó las consecuencias de haberse adelantado al momento social, lo que explica el escaso eco despertado, el rechazo inicial de organizaciones obreras y de la indiferencia de otros grupos sociales e incluso del propio Gobierno. Pero, en definitiva, el grupo fundador logró su objetivo: el reconocimiento de la existencia del problema social.

En 1890, se reestructuró la CRS y recibió un nuevo impulso tras varios años de abandono, ya que en los comienzos de la última década del siglo varios acontecimientos ayudaron a potenciar el reformismo: la publicación de la encíclica Rerum Novarum; la celebración de la Conferencia de Berlín sobre tema social; la celebración del Primero de Mayo; la implantación en España del sufragio universal y la publicación de los resultados, recogidos por la propia Comisión, contribuyeron a crear un clima más propicio para institucionalizar la reforma social.

El tema del intervencionismo cobra

Actualidad y pasa a primer plano en Academias, Ateneos, Círculos… Al grupo institucionista se le suma un sector representativo del catolicismo social, partidario del intervencionismo estatal y también hay cambios en la estrategia del Partido Socialista, que comienza a considerar las reformas como el primer paso en su ideario revolucionario.

En 1890 se reestructuró la CRS, que mejoró su organización y sus competencias y se convirtió en órgano consultivo del Gobierno para temas sociolaborales.

Uno de los primeros trabajos tras su reestructuración fue el estudio de las reivindicaciones obreras del Primero de Mayo.

La atmósfera y Las Batuecas Azcárate, de nuevo, redactó un cuestionario con el título La limitación de las horas de trabajo, con preguntas muy concretas, referidas a si la medida debía alcanzar a todas las industrias y en todas las localidades; si para hacer efectiva la limitación debía llegarse a un acuerdo de todas las naciones y cuales serían sus consecuencias en el salario y en el trabajo a destajo. La encuesta se envió exclusivamente a sociedades obreras, o relacionadas con el mundo obrero; en total, a 453 asociaciones.

Las críticas no se hicieron esperar. El Socialista publicó un artículo titulado Salir del paso, donde consideraba la encuesta una fórmula para hacer creer a los proletarios incautos que se preocupaban de sus reclamaciones. Censuraban a la Comisión por molestarse en elaborar un cuestionario, cuyas respuestas estaban implícitas en las mismas peticiones obreras e invitaban a las distintas sociedades obreras a que guardaran silencio o a que se remitieran a las peti

Ciones del Primero de Mayo. Unos días antes, el mismo periódico comentaba: “Hay una comisión, llamada de reformas sociales, y suele reunirse, pero debe ser para hablar de la atmósfera o de Las Batuecas, porque esas reformas no aparecen por ninguna parte”. Ahora, ante lo que consideraban un conato de timo, sólo cabía guardar silencio o contestar diciendo que se seguiría luchando para arrancar por fin a la clase capitalista la jornada de las ocho horas. La llamada socialista tuvo éxito en Barcelona, Madrid y Vizcaya.

Miedo a la política Otro grupo amplio de sociedades tampoco contestó al cuestionario, pero su razón era distinta. Justificaron su silencio diciendo que se lo impedían sus estatutos, por tratarse de sociedades de socorros mutuos, benéficos o culturales,

o bien porque no le veían aplicación posible en el trabajo a que se dedican,

o por no tener tiempo suficiente para elaborar las respuestas. En el fondo latía cierto miedo a verse implicadas en la politización del tema. Un buen número de sociedades simplemente no contestó. Entre las que sí lo hicieron, no faltaron críticas contra la regulación de la jornada laboral por parte del Estado, porque suponía un atentado contra la libertad, no permitía la diferenciación moral y pecuniaria entre el obrero trabajador y el holgazán y en definitiva porque el Estado no debía intervenir en las relaciones entre los obreros y los industriales.

El propio Azcárate consideraba antijurídico e inútil legislar sobre el horario laboral, negaba al Estado capacidad de impedir el trabajo sin limitación de horario en las empresas domésticas y consideraba imposible su cumplimiento en el campo. Lo que sí pedía Azcárate al Estado es que diera ejemplo y redujera el horario de sus empleados.

Se aceptaba cada vez más un intervencionismo tutelar, pero hubo que esperar años para que en España se legislara sobre las ocho horas.

En octubre de 1899, Eduardo Dato le envió, para que informara, los proyectos de ley sobre trabajo de mujeres y niños, descanso dominical y otro relativo a los niños dedicados habitualmente a la mendicidad o abandonados por sus padres. Posteriormente, en 1901, el Ministerio de Estado le remitió un anteproyecto de ley de emigración, destinado a evitar los abusos de los contratistas de emigrantes. En 1902, año muy conflictivo, sobre todo en Andalucía y Extremadura, se pidió a la CRS desde el Ministerio de Gobernación un estudio sobre las condiciones de vida de los trabajadores del campo en estas regiones, a fin de completar los datos ya recogidos por la Sección de Orden Público con ocasión de las huelgas.

Una vez aprobadas en 1900 las primeras leyes sobre trabajo de mujeres y niños y sobre accidentes de trabajo, se le encargó la elaboración de reglamentos para la práctica de dichas leyes.

No cabe duda de la importante tarea realizada por la CRS en las primeras leyes laborales. Simultáneamente, nacieron las Juntas de Reformas Sociales, encargadas de la inspección de las mismas leyes. Se han criticado reiteradamente la labor limitada de la CRS y sus proyectos por tímidos y paternalistas, pero se puede considerar su labor prelegislativa relevante y básica de lo que más tarde será el Derecho del Trabajo.

Los inicios del Estado Social El camino fue lento. No era fácil articular políticas sociales coherentes en sociedades cada vez más complejas, pero en el comienzo del siglo XX ya se empezaban a dar los primeros balbuceos de lo que será posteriormente el Estado Social. La fuerza que poco a poco va adquiriendo la reforma social implica cambios institucionales. En 1902, se elaboró un proyecto, frustrado, de creación de un Instituto de Trabajo, vinculado al Ministerio de Agricultura, Industria, Comercio y Obras Públicas y, por tanto, separado ya del Ministerio de la Gobernación, base de lo que un año más tarde fue el Instituto de Reformas Sociales. De 1908 es el Instituto Nacional de Previsión, encargado de poner en marcha los seguros sociales.

El consenso a favor de las reformas sociales fue aumentando y la participación en estas nuevas instituciones cada vez es más amplia. Los socialistas, especialmente críticos en sus comienzos, trabajan ahora en la gestión de la política social que se realizaba desde estas nuevas instituciones. La modernidad de muchos de sus planteamientos o lo limitado de otros han podido comprobarse en los debates y controversias habidos a lo largo del siglo XX y que continuarían en el XXI.

Dolores de la Calle

Cuando los egipcios nacionalizaron el canal de Suez

Tropas mecanizadas israelíes en el Sinaí.  Su eficacia, que asombró al mundo, unida al factor sorpresa, desmantelaron el dispositivo militar egipcio.

Tropas mecanizadas israelíes en el Sinaí. Su eficacia, que asombró al mundo, unida al factor sorpresa, desmantelaron el dispositivo militar egipcio.

El 26 de julio de 1956, conmemorando el cuarto aniversario de la expulsión del rey Faruk, el presidente de la República egipcia, Gamal Abdel Nasser, pronunciaba un discurso en la gran plaza alejandrina de Mohamed Alí, en la que su aparato de propaganda había reunido un auditorio milenario. Subió al estrado hacia las siete de la tarde y, tras un comienzo jocoso, adoptó un tono grave que se tornó iracundo cuando se refirió al Canal de Suez y a los conflictos del Gobierno egipcio con la Compañía que lo explotaba y, en el clímax de la vehemencia y la emoción, gritó: “Vamos a tomar los beneficios que nos arrebata esa Compañía imperialista, ese estado dentro del Estado, mientras nosotros nos morimos de hambre (…). Yo os anuncio que ahora, mientras os hablo, el Boletín Oficial publica la ley que nacionaliza la Compañía. En estos momentos, los agentes del Gobierno están tomando posesión de la Compañía.

¡El Canal pagará la Presa! Hace cuatro años, aquí mismo, Faruk huía de Egipto.

¡Yo, hoy, en nombre del pueblo, tomo el Canal! ¡A partir de esta tarde el Canal será egipcio y estará dirigido por egipcios!”.

Grupos de comandos penetraban en aquellos momentos en las oficinas del Canal, sellaban sus dependencias y confiscaban el dinero y la documentación.

En las horas siguientes, los egipcios, se hicieron cargo de las instalaciones y los buques siguieron navegando entre el Mediterráneo y el Mar Rojo y viceversa, como si nada hubiese ocurrido.

Mientras Egipto celebraba el acontecimiento, el mundo quedó estupefacto y en Londres y París se pasó de la incredulidad a la cólera. Gran Bretaña y Francia, propietarias de las acciones de la Compañía del Canal, hicieron saber a El Cairo que no renunciaban a sus derechos y que harían lo posible por recuperarlos. Las Bolsas europeas bajaron en los siguientes días, pues, aparte de la pérdida del tráfico del Canal, se suponía que el corte del tráfico provocaría un desabastecimiento petrolífero. Pero fue una reacción pasajera: en las dos semanas siguientes atravesaron la vía de agua 625 buques, un 90 por ciento del tráfico normal; por tanto, un descenso insignificante, debido al temor de que pudiera producirse un ataque anglo-francés.

Francia y Gran Bretaña se encontraron casi solas en sus demandas. Nadie más parecía damnificado. Incluso Estados Unidos se mostraba distante, pues ni le interesaba implicarse en un asunto colonialista, ni el Próximo Oriente centraba entonces la preocupación del presidente Eisenhower lanzado en la carrera electoral que culminaría el 6 de noviembre.

Washington trató de hallar una salida diplomática y convocó una Conferencia Internacional sobre la libertad de navegación por el Canal, violada por Egipto al impedir el paso de los buques israelíes.

Fracaso mediador La conferencia, reunida en Londres el 16 de agosto, resultó un fracaso, pues Nasser declinó participar en ella, alegando que “se trataba de una injerencia en los asuntos internos de Egipto”. Los reunidos recomendaron que el tráfico del Canal fuera manejado y garantizado por una comisión internacional, pero no hubo manera de convencer a Nasser, que calificó tal pretensión de “intento de arrebatar el Canal de Suez a Egipto”.

Consideró rota. París y Londres iniciaron un boicot económico contra El Cairo y llevaron la resolución de la Conferencia Internacional al Consejo de Seguridad, pretendiendo una intervención militar, que fue vetada por la Unión Soviética.

Pero fueWashington quien más se empeñó en frenar los planes militares de París y Londres –que ya concentraban una fuerza de desembarco en Chipre– con la creación de la Asociación de Usuarios del Canal, que debería encargarse de la organización del tráfico, el pilotaje de los buques y la recaudación de los derechos de paso. El secretario de Estado norteamericano, John F. Dulles, artífice de aquella maniobra, suponía de antemano que Nasser rechazaría la propuesta, pero él pretendía ganar tiempo, retrasar los proyectos intervencionistas anglo-franceses y permitir la elección presidencial norteamericana, tras la cual el presidente Eisenhower podría ocuparse directamente de esa crisis.

Sin embargo, Nasser aceptó el plan norteamericano, según el cual Londres y París renunciaban a sus reivindicaciones, a la par que El Cairo asumía un control mixto del Canal junto con la Asociación de Usuarios. El 90% de la recaudación del canon de paso sería para Egipto y el resto indemnizaría a la Compañía del Canal hasta que expiraran sus derechos. Egipto sólo rechazó el paso de buques israelíes.

Esa solución irritaba a los franceses, que desde mucho antes tramaban la ruina de Nasser, sobre todo por su ayuda al FLN argelino, que tenía en territorio egipcio su infraestructura independentista. Allí residía su cúpula dirigente, se adiestraban sus comandos y se centralizaba el suministro

De armas a los guerrilleros (ver La Aventura de la Historia, núms. 69 y 93).

Lo propuesto en Washington también contrariaba a los ingleses, porque, Canal aparte, Nasser teledirigía los asuntos de Jordania y había logrado un Parlamento filoegipcio, socavando la influencia de Gran Bretaña, creadora del reino hachemita; el pronasserista Suleimán Nabulsi fue designado primer ministro y su primera medida fue anular el acuerdo militar anglo-jordano que le vinculaba al mando militar conjunto egipcio-sirio-jordano.

El principal enemigo A todas éstas, nadie parecía acordarse del mayor afectado: Israel. Las armas que Nasser estaba comprando en Checoslovaquia le otorgarían en poco tiempo una clara superioridad militar sobre Tel Aviv, cuyas demandas de armamento habían sido rechazadas en Estados Unidos; a la vez, la preponderancia regional que estaba consiguiendo el Rais significaba para Israel el incremento de la amenaza militar de Siria y Jordania y del terrorismo palestino contra su territorio. Además, la nacionalización del Canal perjudicaba gravemente su tráfico oceánico, pues sus buques estarían abocados a dar la vuelta a toda África si El Cairo bloqueaba, también, los estrechos de Tirán, llave del golfo de Aqaba, situado al sureste del Sinaí.

El primer ministro israelí, David Ben Gurion, en excelentes relaciones con el Gobierno socialista francés, envió a París, en agosto de 1956, al director general del Ministerio de Defensa, Simon Peres. A finales de agosto, agentes del Gobierno francés investigaron la situación israelí para entrar en la guerra. El Ejército judío, que estaba recibiendo armas francesas –200 tanques AMX y 72 cazas Mystère– pidió material de detección, transporte y telecomunicaciones, que le fue servido con sumo sigilo. A continuación, el general Moshe Dayan, jefe del Estado Mayor israelí, comenzó a planificar la guerra.

Era una situación compleja: París deseaba contar con Israel, pero Londres rechazaba tal implicación, pues suscitaría el rechazo de sus amigos árabes. Por su lado, Tel Aviv rechazaba su intervención si no había un acuerdo previo entre iguales y una garantía de sus socios ante un ataque aéreo egipcio o una intervención conjunta de los demás países árabes.

El 16 de octubre de 1956 se reunieron en el palacio de Matignon, residencia del primer ministro francés, su titular, Guy Mollet, y su ministro de Exteriores, Christian Pineau, con el jefe del Gobierno británico, Anthony Eden y el titular del Foreign Office, Selwyn Lloyd. Allí estudiaron la idea desarrollada por el subjefe del Estado Mayor francés, Maurice Challe, que consistía en lanzar a Israel contra Egipto y cuando las fuerzas judías se hallaran cerca del Canal, Francia y Gran Bretaña intervendrían para garantizar las instalaciones y el tráfico naval. Los británicos aceptaron encantados y Guy Mollet se lo comunicó a Ben Gurion.

La conspiración Aunque inicialmente entusiasmado, en los días siguientes Ben Gurion sopesó los problemas que revestía el plan: Israel correría el riesgo militar y aparecería como agresor, mientras que París y Londres, sin apenas riesgos, recuperarían el Canal a la vez que presumirían como pacificadores de la zona y salvadores de la estratégica vía de comunicación. El Plan Challe comenzó a parecerle una posible trampa o, en todo caso, un riesgo, por lo que exigió un tratado entre iguales. Sólo le convencieron la insistencia de Dayan y Peres y la presión francesa para que participara en una conferencia tripartita.

El 21 de octubre, un avión despegó de una base francesa y aterrizó en un aeropuerto militar israelí, donde lo abordaron Ben Gurion (con su médico), Simon Peres, Moshe Dayan y, como secretario de la delegación, el historiador Mordechai El presidente Gamal Abdel Nasser, triunfalmente recibido en El Cairo tras la nacionalización del Canal, el 26 de julio de 1956.

41 Bar-On. De madrugada, llegaron a una base militar próxima a París y, al día siguiente, se reunieron en una finca de Sèvres con Guy Mollet, Pineau y Bourges- Maunoury, ministro francés de Defensa. Sin la presencia británica, en un clima de confianza, Ben Gurion expuso sus objeciones al Plan Challe, pero se mostró dispuesto a aceptarlo si se firmaba un acuerdo tripartito y si su objetivo final no se limitaba al Canal, sino que se extendía al derrocamiento de Nasser y a la reorganización de todo el próximo Oriente, expandiéndose Israel por Cisjordania, el sur de Líbano y el Sinaí. Jordania desaparecería, cediéndose al probritánico Irak la Transjordania, a cambio de que se hiciera cargo de los refugiados palestinos… Ben Gurion estaba lanzando un globo sonda y, para quitarle peso, calificó previamente su proyecto de “fantástico”, pero los franceses entendieron que no estaba bromeando y que aquel asunto podía írseles de las manos. Cuando llegaron los británicos recibieron un resumen de lo hablado y quedaron estupefactos: el ministro de Exteriores, Selwin Lloyd, lo consideró como una monstruosidad política. Dudaba mucho, además, que el premier Eden pudiera superar la oposición que tal proyecto suscitaría en su Gobierno, en sus filas parlamentarias y en la oposición. Finalmente, aseguró que sólo estaba dispuesto a asumir el Plan Challe. Si Israel lo aceptaba, se recuperaría el Canal y se derrocaría a Nasser; si lo rechazaba, él arreglaría el asunto diplomáticamente “en una semana” con el ministro egipcio de Exteriores.

Poderosos intereses La convergencia de los intereses de las tres delegaciones resultó extraordinariamente difícil, pero la situación les empujó hacia el acuerdo. Para Ben Gurion era inaceptable que Lloyd solucionara el asunto del Canal por vía diplomática, pues significaría la victoria de Nasser y la pérdida del acceso desde el mar Rojo. Su rechazo, además, contrariaría a Francia, que podría revisar el suministro de armas.

Al tiempo, Francia y Gran Bretaña recibían nuevos estímulos para intervenir. El primer día de la conferencia, 22 de octubre, la marina francesa interceptó un cargamento egipcio de armas destinadas al FLN y el segundo día se produjo la mencionada designación de Suleimán Nabulsi como primer ministro de Jordania.

Si algo faltaba para decidirles, estas dos sonoras bofetadas de Nasser les impulsaron a aceptar algunas tesis israelíes con tal de infligir un severo castigo a Egipto y de provocar la caída del Rais.

Las negociaciones se prolongaron hasta la noche del día 24 y alcanzaron el acuerdo basándose en el Plan Challe, modificado por Dayan: Israel lanzaría paracaidistas sobre el paso de Mitla, a cincuenta kilómetros del Canal, el 29 de octubre por la tarde y el día 30, los anglo-franceses, ante la proximidad de los paracaidistas israelíes de la vía de agua, presentarían, un ultimátum a ambos contendientes: alto el fuego y retirada a dieciséis kilómetros del Canal. A Nasser se le impondría la presencia de fuerzas anglo-francesas en los puntos clave del Canal para garantizar la libertad de tránsito, hasta que se llegara a un acuerdo definitivo. En el caso de que uno u otro contendiente desobedecieran, paracaidistas y unidades anfibias anglo-francesas se apoderarían de las instalaciones.

Este plan reducía a treinta y seis horas el riesgo israelí de combatir en solitario y de aparecer como agresor único.

Exprimiendo el limón Ben Gurion aceptó, pero exigió la firma de un protocolo tripartito, en el que se fijó este acuerdo, la promesa francesa de defender las ciudades israelíes si eran bombardeadas por Egipto y el compromiso de París y Londres de atacar Egipto si rechazaba el ultimátum. En su diario anotó: “Se trata de una oportunidad singular que dos potencias importantes traten de derribar a Nasser y que no permanezcamos solos contra él mientras va fortaleciéndose y conquistando todos los países árabes (…). Y puede ser que la situación del Próximo Oriente cambie en su totalidad de acuerdo con mi plan”.

Mientras se redactaba el protocolo, Ben Gurion trató de exprimir el jugo a su

Aceptación: en un aparte, le habló a Mollet del petróleo descubierto en el Sinaí y de que esa península podría desgajarse de Egipto, pues no le pertenecía: “los británicos se la habían robado a los turcos y la agregaron a Egipto cuando creían que tenía este país bajo su completo control.

Le propuse tender un oleoducto desde el Sinaí hasta Haifa para refinar petróleo y Mollet se mostró interesado” (Diario).

Peres tampoco perdió el tiempo. Abordó con Mollet y Bourges-Maunoury la cesión de un reactor nuclear, asunto ya tratado meses antes: “Llegué a un acuerdo para la construcción de un reactor nuclear en Dimona, al sur de Israel (…) y el suministro de uranio natural como combustible.

Presenté una serie de propuestas detalladas y, tras discutirlas, aceptaron” (Mi lucha por la Paz).

Moshe Dayan regresó a su Estado Mayor a mediodía del 25, sin un minuto que perder, pues los supuestos operativos de las Fuerzas de Defensa de Israel (IDF) nunca había contemplado el lanzamiento de paracaidistas en el paso de Mitla.

“Inicialmente, se cargaba el acento en la creación de una amenaza contra el Canal, de acuerdo con nuestro papel en el plan; luego acometeríamos nuestros objetivos básicos en la campaña: la conquista de los estrechos de Tirán y la derrota de las fuerzas egipcias” (Dayan, Autobiografía).

Aquel mismo 25 de octubre, Israel dejó organizada una movilización general fulminante que impidiera la reacción egipcia: las armas estarían dispuestas el día 28; los soldados alcanzarían sus unidades a caballo del 28 y el 29.

La guerra de Dayan Al atardecer del lunes, 29 de octubre, Nasser celebraba el cumpleaños de un hijo en su residencia campestre. Durante la fiesta, el presidente recibió una llamada de Abdel hakim Amer, su segundo en el escalafón del poder: “Israel nos ataca”.

La situación militar de Egipto en el Sinaí parecía sólida. Disponía de tres divisiones en la frontera y de dos brigadas como reserva: unos 45.000 hombres, que serían teóricamente reforzados por grupos de guerrilleros palestinos. Esas fuerzas estaban bien fortificadas y disponían de importantes medios blindados y artilleros.

En el aire, Egipto parecía incluso superior a Israel.

El Ejército judío sólo tenía en filas unos 20.000 hombres, pero movilizó  40. 000 reservistas en ocho horas. El Cairo no tuvo tiempo de evaluar la importancia de tal movilización, que conoció poco antes de que comenzara el ataque. Éste había sido estudiado por las IDF a partir de agosto: era suicida chocar con las dos divisiones egipcias del norte y centro, pero ofrecía buenas perspectivas la ofensiva contra la tercera, al sur del dispositivo árabe, que defendía un terreno complejo a lo largo de unos 140 kilómetros de frente. Pero el empleo de fuerzas importantes tan al sur suponía un riesgo para Israel, pues permitiría un contraataque simultáneo egipcio, desde la Franja de Gaza, y jordano, desde el sur de Cisjordania.

El factor sorpresa y la velocidad del ataque eran las únicas garantías de éxito.

Hacia las seis de la tarde del 29 de octubre de 1956, comenzó el lanzamiento de un batallón de paracaidistas israelíes sobre el paso montañoso de Mitla. Poco después, ya de noche, los dos restantes batallones de la brigada irrumpieron en el Sinaí, por el norte de Kuntilla, y aplastaron la ligera oposición de algunas fuerzas dispersas. A medianoche se rindió Kuntilla, atacada por retaguardia. Ariel Sharon, jefe de la brigada, sometió a sus fuerzas a una marcha vertiginosa: con las primeras luces del día 30 tomaban el Thamed, a 50 km del punto de partida.

Una segunda brigada atacó desde el sur de Kusseima, importante nudo de comunicaciones, que se rindió en la mañana del 30: en las líneas egipcias se había abierto un boquete que abarcaba todo el frente sur. Por la tarde, las avanzadillas de la columna de Sharon enlazaban con los paracaidistas en Mitla: había avanzado 200 km en veinticuatro horas.

La situación pintaba bien para Israel. En el aire, uno de sus temores, se midieron por vez primera los cazas israelíes y los egipcios y, tras el tanteo inicial, los cazas árabes dejaron el campo libre.

Liberado del temor aéreo, y al socaire de su éxito en el sur, Dayan lanzó dos brigadas blindadas: una contra la Franja de Gaza y otra al norte de Kusseima, aprovechando la confusión que había creado el desplome del sur. Y ese mismo día, una quinta columna mecanizada partía desde Kuntilla hacia el sur, tratando de alcanzar Sharm el Sheiq y abrir el golfo de Aqaba a la navegación israelí.

Cumpliendo lo acordado en Sèvres, al atardecer del 30 de octubre se producía el ultimátum anglo-francés. Tel Aviv no se molestó en contestar, porque sus fuerzas aún estaban lejos del Canal. Tampoco respondió El Cairo, donde la confusión era enorme, pues sólo disponían de información de las unidades que estaban rechazando los ataques y tardó cuarenta y ocho horas en advertir que se les había hundido el frente.

Conmoción mundial

Por aquellos días, los tanques soviéticos trataban de aplastar la sublevación de Hungría; los norteamericanos, de cerrar su campaña electoral, y el Consejo de Seguridad, reunido a petición de Estados Unidos el 30 de octubre, dirimía una de las batallas internacionales de la Guerra Fría. El representante deWashington, Cabot Lodge, impidió el aplazamiento solicitado por ingleses y franceses y presentó un proyecto de resolución que pedía la inmediata retirada judía “más allá de la línea de armisticio que se establezca”; solicitaba a los Estados miembros de la ONU que se abstuvieran de intervenir y de ayudar militar y económicamente a Israel.

Londres y París vetaron la propuesta. En esa misma sesión, que continuaba de madrugada, debieron emplear nuevamente su veto ante un proyecto de resolución análogo presentado por la URSS.

Mientras sus embajadores peleaban en la ONU, Francia y Gran Bretaña bombardearon los aeropuertos egipcios, pero el premier Eden, presionado por Washington, pospuso el ataque aeronaval.

El momento álgido de la lucha se produjo 1 de noviembre de 1956, cuando Nasser ordenó la intervención de una división entera enviada de refuerzo al frente norte. Las dos brigadas israelíes situadas en aquella zona aguantaron su embestida, mientras las otras dos, que operaban en torno al eje Kusseima-Abu Ageila, penetraban profundamente en el Sinaí constituyendo una amenaza mortal para tres divisiones egipcias, pues en cualquier momento los judíos podían girar hacia el norte y cortar su única vía de escape, paralela al Mediterráneo.

A primera hora del 2 de noviembre, viendo el peligro de cerco que acechaba a su Ejército y que a nada conducía meter más tropas en aquella guerra perdida, el Rais ordenó la retirada. Ese día capitulaban los principales centros egipcios en el Sinaí: Gaza, Rafah, El Arish, Bir Gafgafa… y una de las columnas israelíes, que marchaba por el centro del desierto, soslayaba el paso de Gidi y se paraba a 16 kilómetros del Canal.

La guerra militar había terminado, pero no la diplomática. El 2 de noviembre, la Asamblea General de la ONU, a propuesta de Estados Unidos, ordenaba el alto el fuego, al que accedió Egipto, pero no Gran Bretaña ni Francia. Israel, lo aceptaba si Egipto, además, suspendía su hostilidad contra el Estado judío y cesaba de enviar grupos terroristas a su territorio y permitía el paso de sus buques por el Canal. El alto el fuego quedó en agua de borrajas y las tropas israelíes continuaron operando hasta alcanzar todos sus objetivos.

Aquella noche, Ben Gurion le dijo a Dayan: “¿Por qué se preocupan ustedes tanto?

¡Mientras ellos sigan sentados en Nueva York y nosotros estemos en el Sinaí, la situación no es mala!”.

El día 3, la URSS inició su cadena de amenazas para “ahogar la agresión en Oriente Medio”, proponiendo a Washington la

Creación de una fuerza conjunta de intervención; Eisenhower, a dos días de las elecciones, rechazó el plan y escribió a Bulganin que “el mejor servicio que podría hacer la Unión Soviética a la causa de la paz era poner en práctica la resolución de la Asamblea General que pedía el fin de la intervención soviética en Hungría”.

Los cascos azules Una de las consecuencias de esta grave crisis fue la propuesta del ministro canadiense de Asuntos Exteriores, Lester Pearson, de crear “una fuerza internacional lo bastante importante para mantener la paz en las fronteras de estos países, mientras se busca un arreglo político”. El día 4 la Asamblea General aprobaba la creación de una Fuerza de Emergencia (FENU), los Cascos Azules, y el día 5 se ordenó al general canadiense, Burns, que reclutara los efectivos necesarios.

En esa misma fecha, por la tarde, Moscú asombraba al Consejo de Seguridad proponiendo la formación de una fuerza aeronaval internacional para ayudar a Egipto. El veto fue unánime. Simultáneamente, Bulganin escribía a Ben Gurion y, tras comunicarle la ruptura de relaciones diplomáticas, le amenazaba con tomar “medidas para poner fin a la lucha y detener a los agresores y de que podría utilizar medios de destrucción como los cohetes”. Tal amenaza la hizo extensiva a Francia y Gran Bretaña. Y, subiendo la presión, el día 6, solicitó a Turquía permiso de paso por los estrechos del Bósforo para sus buques de guerra.

Mientras, los israelíes reunían los soldados egipcios dispersos por el Sinaí y recuperaban el material bélico. Además, dos de sus columnas seguían marchando sin oposición hacia Sharmel Sheiq. Una, por la costa oriental del Sinaí, la otra, la brigada paracaidista de Sharon, desde el paso de Mitla, por la ribera occidental. Enlazaron el día 4, rindiéndoseles las últimas fuerzas egipcias. Horas después se apoderaban de los islotes de Tirán y Sanafir, llave del Golfo de Aqaba.

Cuenta el historiador israelí Avi Shlaim que, aunque Ben Gurion, indispuesto, tuvo que guardar cama durante la guerra, “estaba ebrio de victoria cuando concluyó”.

En un telegrama enviado a la Séptima brigada, tras la captura de Sharm el Sheiq, escribió: “Yotvata (Tirán), que hasta hace mil cuatrocientos años era parte de un Estado independiente judío, volverá a ser parte del reino de Israel” (El muro de hierro).

Eisenhower corta el paseo El día 5, los paracaidistas anglo-franceses saltaron sobre Port Said, y el 6, comenzaron las operaciones anfibias, que apenas hallaron resistencia: el derrumbamiento egipcio era completo y, en pocas horas, los invasores controlaron Port Said y Port Fuad y avanzaban a lo largo del Canal, hacia el sur, al ritmo de sus carros de combate. Tal paseo militar fue interrumpido en la madrugada del día 7: la Asamblea General pedía a Francia, Reino Unido e Israel la retirada de Egipto.

No pensaban darse por aludidos, pero en aquel momento intervino Eisenhower, que ya conocía su victoria electoral.

A Ben Gurion le comunicó que el rechazo al llamamiento de las “Naciones Unidas dañaría la amistosa cooperación existente entre nuestros dos países”.

Igualmente, se puso en contacto con el Gobierno británico, y Eden, sobre el que también pesaban las amenazas soviéticas, cedió a las presiones y promesas norteamericanas y paralizó las operaciones.

París, aunque de mala gana, tuvo que admitir que no podía continuar en solitario.

De espaldas a la compleja situación internacional y a los problemas que acongojaban a sus socios en la urdimbre de aquella guerra, durante la mañana del 7 de noviembre, Ben Gurion, en su discurso de la victoria ante la Knesset, fantaseaba : “Sugirió que Israel planeaba anexionarse toda la Península del Sinaí y el estrecho de Tirán (…). Añadió, triunfante, que el acuerdo de armisticio con Egipto era letra muerta, que Israel no entregaría el Sinaí a fuerzas extranjeras y que el país estaba preparado para entablar negociaciones directas con Egipto (…). La euforia de Ben Gurion tuvo una vida corta” (A.Shlaim, El Muro de Hierro).

Cuando la URSS pidió la inmediata retirada de todas las fuerzas extranjeras de Egipto bajo la amenaza de permitir que acudieran en ayuda de Nasser miles de voluntarios soviéticos, Ben Gurion comenzó a sentir temor, porque la amenaza llegaba acompañada de la irritación y presiones de Eisenhower y del encogimiento de sus aliados. En aquellos momentos releyó la amenazadora carta de Bulganin, en la que le acusaba de “jugar de manera irresponsable y criminal con el destino del mundo y de poner en peligro la propia existencia del Estado de Israel”.

Aunque el embajador israelí en Moscú le aseguró que el soviético jugaba de

Excluir el riesgo de que el conflicto pudiera suponer una escalada hacia una potencias guerra mundial, por la que se pudieran exigir responsabilidades a Israel” (Shlaim, El Muro de Hierro).

Ben Gurion se queda solo Para sondear la opinión de sus aliados, envió a Golda Meir a París. Pineau, también abrumado por la amenaza soviética, recomendó que Israel evacuara el Sinaí.

Golda Meir puso sobre la mesa el gran premio que la conservación del Sinaí significaría para Francia y le recordó el reparto del petróleo propuesto por Ben Gurion. Pineau, asombrado, replicó mirando a la ministra a los ojos, como si estuviera ante una loca: –¡Señora Meir! Los soviéticos están sobrevolando Siria. Los rusos quieren intervenir en Oriente Próximo ¡Y usted está pensando en el petróleo del Sinaí!

Pero lo que más le impresionó a Ben Gurion fue la irritación de Eisenhower, que se sentía engañado. El presidente le exigió una inmediata retirada israelí del Sinaí o, de lo contrario, suprimiría toda colaboración y cortaría la ayuda privada de los judíos norteamericanos. Incluso no se opondría a una resolución que tratara de expulsar a Israel de la ONU y, además, retiró su escudo protector sobre los tres agresores, dejándolos, oficialmente, a merced de los misiles soviéticos.

Angustiado por esa amenaza, y ante la hipótesis de una guerra mundial, en la que Israel sería el primer objetivo, Ben Gurion ordenó una retirada incondicional. Pero antes de que se efectuara, Aba Eban sugirió que la condicionara al control del Sinaí y de los estrechos de Tirán por los cascos azules que se estaban reclutando.

De aquella crisis Gran Bretaña y Francia salieron como potencias subordinadas, perdieron presencia política en el Próximo Oriente y suscitaron la inquina de Nasser. Israel, a costa de un millar de bajas, de una crisis interna y de una momentánea pérdida de prestigio internacional, obtuvo un cuantioso botín militar, además de créditos y ayudas por más de mil millones de dólares, importantes envíos de nuevas armas y ¡un reactor nuclear!

Que fue instalado en Dimona, en el desierto del Neguev. Allí se han fabricado las bombas atómicas de Israel.

Egipto sufrió nueve mil bajas y perdió el equipo militar de dos divisiones y Nasser estuvo a punto de derrumbarse, pero los ingleses y los franceses se fueron e Israel abandonó el Sinaí meses después, por lo que el Canal quedaba en su poder y pronto pudo ampliarlo y reabrirlo, mientras la Unión Soviética le repuso con creces el material bélico perdido y comenzó a proporcionarle el dinero para construir la presa de Asuán.

Nasser se había convertido en el político árabe más influyente y carismático.

Cuando le preguntaron cómo había superado aquella crisis, respondió sin titubear: “Gracias a Eisenhower”

 

David Solar

 

Japanese Controversies over Transgenic Crop Regulation

The Cartagena Protocol on Biosafety was enacted in 2003 to regulate transboundary movement of genetically modified organisms or LMOs (living modified organisms, the legal term defined by the protocol) . The Japanese Diet approved a bill that made drastic changes to existing national guidelines to fulfill the requirements of the Cartagena Protocol . Ministries associated with aspects of biosafety discussed the bill and its integration with the overall system for environmental and laboratory safety , and the Japanese law entered into force in February 2004.

This law has made legal procedures more comprehensive and consistent. However, operational details have not yet been digested by stakeholders, especially commercial traders and academic researchers. Furthermore, Japan is at a critical stage in dealing with negative public reaction to modern biotechnology and its products.

Under the new law, there are specific legal procedures required for exchange of transgenic organisms with Japan. For importation, it is necessary to document prior informed consent (PIC) between exporter and importer. The shipment must clearly indicate on the package and in accompanying documentation that transgenic materials are included.

For Japanese scientists, importation of transgenic materials is allowed only after the certification of experiments as safe by the research institution or, if the risk level is high, by the Ministry of Education, Culture, Sports, Science, and Technology (MEXT).

For exportation, a PIC document is required from the importer to protect Japanese research institutions from foreign claims. International scientists should be aware, for example, that transport of recombinant microorganisms and seeds from transgenic plants could be rejected for lack of documentation. For those who are accustomed to a more relaxed system, the new laws require attention to avoid delays or blocked shipments. This applies to materials for basic research or commerce.

There is domestic confusion as well over the new rules. To focus attention on this issue, officials at MEXT  have held tutorials for the academic community and basic research institutions on risk minimization and the new legal system. This is to avoid procedural failures that might result in domestic legal prosecution and penalties, as well as any international perception that Japan has problems with compliance.

Importation of transgenic crops is skyrocketing in Japan. For example, the combined value of imported transgenic soybean, maize, and canola was nearly US$ 3.5 billion in 2003 . However, against the backdrop of food safety concerns and distrust of government authorities in the wake of bovine spongiform encephalopathy, avian influenza, and fraudulent food labeling scandals, public anxiety has been increasing

One result is that local prefectures in Shiga, Iwate, Hokkaido, and Ibaraki are considering instituting their own regulations  on the general release of transgenic organisms, in an attempt to regulate crops that have already been approved by the central Japanese government. There is concern that public reaction will adversely affect local farmers and the tourism industry, as well as fear that products derived from genetic engineering are not safe and that transgenic crops could contaminate neighboring fields.

Elsewhere in Asia, national efforts to promote testing and use of transgenic crops have increased. For example, China has nearly 7 million acres of Bt cotton (which has Bacillus thuringiensis toxin genes), and India and Pakistan have developed commercial products from their research .

However, the paradigm shift toward comparable developments in Japan may not occur because of extreme feeling against transgenic crops. Although hundreds of experiments on transgenic plants are being conducted yearly, they could be shut down by fragmented and preventive regulations, as is happening in the United Kingdom .

The biggest problem may be that discussions on transgenic organisms have never been seen as a long-term, trust-building, and collaborative exercise among stakeholders. Organizations such as the Japan Bioindustry Association; the Society for Techno-Innovation of Agriculture, Forestry, and Fish; and the International Life Science Institute (ILSI) Japan have met to discuss public education .

However, their sessions have not had follow- up. Approaches to risk communication need to be re-examined.

Although academic societies have tried to promote public awareness, there has been little consensus within or between organizations.

Individual scientists have made public statements, adding to the confusion.

The Japanese Society for Plant Cell and Molecular Biology and the Japanese Society of Breeding have begun to hold discussions on transgenic crops with consumer groups, stakeholders, and governmental organizations.

This is a step in the right direction, but sustained effort will be needed if plant biotechnology is to prosper in Japan.

 

Kazuo N.Watanabe, Mohammad Taeb, Haruko Okusu

 

Science 2004