El perfil del alquimista, semilla del científico

alquimistaDos son las condiciones consideradas indispensables para el trabajo de alquimista. Para empezar, que tenga una amplia disponibilidad económica; este arte –se ratifica– no es para pobres. Ingredientes, libros, instrumentos, el mismo laboratorio, son caros.

Ni el alquimista puede valorar con certeza el tiempo necesario para conseguir el éxito (de hecho, continúa recomendando paciencia), así que no puede programar con seguridad la propia inversión. Así suena una advertencia repetida a menudo: “Que nadie emprenda estas operaciones si no cuenta con fondos abundantes, al menos para dos años, para poder comprar todo aquello necesario para este arte. Si uno comienza igualmente y después le falta el dinero, perderá las sustancias y todo”.

En resumen: la alquimia (metalúrgica) sería un arte que multiplica riqueza de riqueza, y por ello suscita inquietudes éticas sobre el destino social de tales riquezas. Quizá sea por esta razón por la que el lugar privilegiado para las actividades de los alquimistas metalúrgicos son las Cortes, con sus príncipes ávidos e impacientes de resultados, pero buenos patrones y financieros. Y, por otra parte, también por la perplejidad moral que suscita esta forma de producir riqueza, algunos maestros escolásticos, aun juzgando a la alquimia científicamente posible, desaconsejan vivamente su práctica.

Realmente existe el peligro de que provincias enteras se conviertan en presas de una confusión económico- financiera por una superproducción del precioso metal. Sin hablar de que, por la esperanza de una riqueza tan fácil, se abandonen los oficios y su subvierta así el orden social.

La otra condición, siempre recomendada, es el silencio: los alquimistas deben ser cautos y prudentes al hablar, actitudes que nos retrotraen a preocupaciones “monopolísticas” propias también de otros profesionales. Pero sobre todo, a la convicción de que a este excelso conocimiento sólo pueda acceder aquel a quien el alquimista mismo seleccione, con un lenguaje a veces intencionadamente críptico. Por lo demás, advierten muchos autores, sólo especiales iluminaciones divinas,o mejor aún providenciales encuentros que el principiante mantiene con los maestros más expertos, pueden aclarar los textos oscuros. En varias descripciones de estos encuentros, la relación entre alquimistas se desarrolla siguiendo etapas definidas. El que más sabe, comprueba en el otro la presencia de las dotes necesarias, y se dedica a potenciarlas; los dos leen juntos los textos de la tradición y se esfuerzan por interpretarlos y por superar las contradicciones de los autores que, a la postre, se revelan sólo aparentes. Sobre todo maestro y alumno trabajan juntos: además del estudio diligente, de las pruebas repetidas con paciencia, el “aprender actuando” junto a alguien más experto, es la forma típica de adiestramiento.

Para conseguir pericia, adueñarse de conocimientos, encontrar expertos o providenciales maestros, el alquimista viaja y mucho. El viaje, es cierto, puede ser un topos que alude a un itinerario iniciático del adepto. Por otra parte, sin embargo, el alquimista Leonardo de Maurperg (siglo XIV) ha dejado una descripción muy minuciosa de su largo peregrinaje. Real o metafórico, quizá es el propio viaje lo que indica la esencia del programa alquímico: un recorrido –de la materia y del artífice– desde las carencias y los errores iniciales hasta la estabilidad y la perfección.

La muerte de Karel Teige (cosas de checos)

Karel Teige

Karel Teige

Quiero contar la muerte de Karel Teige y, del modo menos apropiado, empiezo casi por el final.
Hace falta que lo cuente todo desde el principio mismo. El propio difunto así lo desearía.
Cuando Teige y yo decidimos ver por primera vez París, él me persuadió para que me encargase un buen traje nuevo para el viaje. Para que representásemos bien a esta tierra, aunque nadie nos lo había pedido; pero también, para que representásemos hasta cierto punto a nuestro arte moderno, y eso lo deseábamos nosotros mismos. Para andar por Praga, nos vestíamos de cualquier manera.
Teige conocía a un sastre de la Avenida Nacional, al señor Turek, que tenía su taller encima del antiguo café Unionka. No era un sastre cualquiera ni, mucho menos, barato. Yo tenía poco dinero y vacilé algo antes de que al final le dejara llevarme allí. El señor Turek nos escogió una tela inglesa gris que él llamaba «sal y pimienta» y en seguida tuvo los trajes hechos. Catorce días más tarde ya paseábamos con ellos puestos y con unos sombreros «cariñosamente ladeados» como decía Milena Jesenská, una comentarista de modas de entonces, por los bulevares.
La Torre Eiffel, que antes habíamos invocado con tanta devoción, nos contemplaba indiferente.
París es hermoso, incluso cuando llueve. Sin hablar ya de cuando hace buen tiempo. Era un perfumado día estival y teníamos una cita con el pintor Sima. Estábamos buscando el 14 rué Ségnier, cuando, delante de nosotros, bajó de un coche una bella joven. ¡Y, por supuesto, elegante!
Parecía haber salido de una novela de Colette. El velo no ocultaba sus ojos y en su muñeca tintineaba una reluciente pulsera de oro. Revoloteó junto a nosotros envuelta en nubes de perfume y nosotros, hechizados, nos detuvimos y nos miramos.
– Siento no tener tiempo -dijo de repente Teige-. ¡Ya me ocuparía de ella!
Me quedé bastante sorprendido, pero Teige lo había dicho con tanta firmeza que me callé. Por lo demás, no hablábamos nunca de esas cosas.
Ahora, cincuenta años más tarde, reconozco que mi extrañeza fue gratuita. ¡Teige tenía razón!
Un hombre es un hombre, y siempre ha de apuntar por encima de sus posibilidades. Además, sólo así es como surgen los amores desgraciados, maravillosos y apasionantes, esos que los lectores leen con tanto gusto. ¡Adiós, París! ¡Ya no volverás nunca a ser tan bello!
Cuando regresamos a Praga, teníamos veinticinco años y las ojos llenos de inspiración. ¡Y de deseos! Es una lástima que entonces casi no nos diéramos cuenta de la presencia de nuestra felicidad. Qué pena que uno se entere de ello sólo cuando ya ha pasado.
Devetsil había crecido y seguían llegando nuevos miembros. Por eso fue mayor nuestra extrañeza cuando Teige comenzó a faltar a las reuniones del Slávie. Sólo acudía de tarde en tarde y nunca sabíamos dónde encontrarlo. Ya no nos llamaba por la noche a los bares donde los saxofones nos invitaban al baile con tanta persuasión y las danzantes nos tendían sus brazos.
Toyen -a la que llamábamos todavía Manka- le dijo a Teige directamente:
– Te ha dado fuerte, ¿eh?
Y Teige, bastante atónito, asintió. Desde joven, Teige había predicado el derecho al amor libre.
El matrimonio era un prejuicio burgués.
Por aquellas fechas vimos cierto día en la calle a Nezval, que llevaba una tabla de planchar a su casa. Al parecer, no le habían dejado subir al tranvía. La sostenía como una guitarra y tenía un aspecto bastante cómico. Toyen se echó a reír y Teige se puso exageradamente irónico. Nezval, todo rojo, estaba desesperado.
Luego la vida se fue arrastrando y corriendo, tronando y enmudeciendo. Cada día nos moríamos un poco, como aconsejaba Tristan Tzara, pero nadie pensaba en el tiempo. Publicábamos un libro tras otro y ya teníamos los bolsillos llenos de versos. Queríamos «aterrar a los burgueses»; pero, por lo que parecía, los aterrábamos muy apaciblemente. No nos tenían miedo alguno.
En 1929 puse mi firma bajo un manifiesto de siete escritores. Yo era el más joven de los siete.
Mi amigo Teige, Nezval, Halas, Pisa y otros autores publicaron un antimanifiesto y yo, por iniciativa de Julius Fucík, fui excluido de Devetsil.
Pero no me dolió mucho. Devetsil iba terminando poco a poco su misión creativa en la vida cultural checa y el final de su historia, hermosa y rica, estaba ya próximo.
Sus miembros empezaban a prescindir de la joven agrupación que les había ayudado en su trabajo. Varios de los objetivos de la generación de vanguardia estaban superados y todos nosotros estábamos ya lo suficientemente preparados para decidirnos a elegir cada cual el propio camino sin sentirse atado por las reglas de juego compartidas que habíamos inventado para Devétsil y que Teige observaba escrupulosamente.
Luego, directa o indirectamente, nuestras damas empezaron a atentar contra la regularidad de las reuniones y, cuanto más pasaba el tiempo, más sillas quedaban vacías alrededor de la mesa.
Pero eso lo sabéis muy bien. Las mujeres, si se lo proponen, consiguen desordenar imperios enteros. Y mucho más fácilmente, una agrupación artística. Pero no fueron las mujeres las que desmoronaron la hermosa amistad de una asociación joven. ¡No fueron las mujeres!
Nezval cuenta en sus memorias cómo cada tarde, al despedirme de mi novia, me apresuraba a llegar al lugar en donde pensaba encontrar a mis amigos. Sí, tenía razón; era así. Pero al que yo buscaba en especial era a Teige, al que siempre tenía que contarle algo. Era un consejero y un amigo incansable y eficiente.
Lo que más me afectó de la separación fue mi amistad truncada con Teige. Nos encontrábamos cada vez más raramente, aunque al principio los dos nos habíamos propuesto evitarlo. Pero más tarde, cuando Nezval y Teige trajeron de París el surrealismo, empecé a verlos menos. Ellos habían entablado nuevas amistades con los artistas franceses, y Nezval, con toda su violenta robustez, se arrojó en la corriente de la nueva tendencia. Luego Teige, además del surrealismo, concentró su interés en la arquitectura moderna.
Así que empecé a faltar a las reuniones de Slávie. Asistía con mayor frecuencia a Réva, en la calle Vorsilska, adonde iba principalmente en busca de Hora y de Halas. También iban allí Mathesius y, a veces, Holán. Y muy de tarde en tarde, Josef Palivec. Y con el tiempo, Devétsil se convirtió para mí en un recuerdo querido, pero algo amargo y alejado en el pasado.
Vivo bastante cerca del hospital de Motol. Cada año, antes de la llegada del invierno, sobre el hospital se reúnen los cuervos y sus gritos disonantes perturban el silencio. Y aquí, en este lugar de mi libro, en el minuto en que su canto me llega como una recordación del tiempo que ya se me va escapando, quisiera dar las gracias a mi amigo muerto. ¡Mientras me quede aún algo de tiempo! ¡Antes de que sea tarde!
No fue poco lo que me dio, además de su hermosa amistad. Fue más de lo que yo, con mi joven osadía, admitía antes.
Poco a poco, él iba abriéndome el mundo del arte moderno, que yo desconocía y que, dado mi escaso dominio de los idiomas, no podía conocer. Me gustaba la poesía, pero Teige me enseñó a amar igualmente el arte plástico. Me enseñó a mirar las pinturas y esculturas modernas. Me enseñó a tratar el mundo del arte con el necesario cuidado. No es arte todo lo que se llama así, todo lo que se nos ofrece como tal y lo que un día nos fue impuesto.
Recuerdo cómo Teige, muy joven todavía entonces, iba con su amigo Vladimír Stulc, que escribía sobre música y que más tarde fue miembro de Devetsil, iba a los ensayos del Cuarteto Checo. Se trataba de una relación familiar, ya no recuerdo cuál. Teige amaba la música, pero estaba lejos de entenderla como un especialista. Después de uno de los ensayos expresó un reparo característico, diciendo que el primer violinista X. Hoffmann no tocaba su instrumento con la misma belleza con que pintaba Svabinsky. Cuando alguien en el periódico expuso un llamamiento gratuito para que se encontrase una palabra checa que sustituyera a la alemana kitsch (cursilería), Teige, sin dejarse desconcertar y con cierta brusquedad, propuso: R.U.R. Nosotros conocíamos bien a los hermanos Capek y sus Simas radiantes o El jardín de Krakonosy nos gustaba La pasión de Dios. También el nombre de Devetsil se lo debíamos a los Capek.
Tan sólo hubo una cosa en la que los esfuerzos de Teige fracasaron conmigo. Durante mucho tiempo, pero en balde, trató de convencerme para que aprendiese a bailar bailes modernos. Al final me propuso enseñármelos él mismo. Nezval tocaría el piano para acompañar las clases de baile.
Teige bailaba con placer, con un verdadero apasionamiento. En la biblioteca tenía clavada con una chincheta la portada de un viejo número de L’lllustration que llevaba un espléndido dibujo de Gavarni: representaba a una joven que, al volver de un baile, se había dormido, sin quitarse su traje de noche, apoyada en la mesa. Bajo el dibujo se leían las palabras de Cristo parafraseadas: «Mucho le será perdonado, pues mucho ha bailado.»
En los años treinta ya sólo veía a Teige raras veces y de forma más bien casual. Pero durante la guerra, cuando Druzstevní práce se propuso, en la medida de sus posibilidades, hacer más llevadera la vida de los escritores que no podían o no se atrevían a publicar, me encontraba con Teige con mayor frecuencia. Junto con Pavei Eisner, Teige fue uno de los que se guarecieron bajo su acogedor techo. Existía una especie de acuerdo que le permitía a Teige cobrar anticipos. Pero yo no estaba al corriente de aquel asunto.
Después de la guerra veía a Teige más a menudo. Iba a la librería de Otto Girgal. En la pequeña y angosta estancia de Ángel en Smíchov se reunía a veces mucha gente. Antes se podía ver allí a Josef Hora, que se detenía un momento cuando iba a casa de Kosifek. También acudía St. K.
Neumann. Girgal le compraba a Teige, pagando con verdadera generosidad, libros antiguos y raros, pues al terminar la guerra las cosas seguían sin marcharle bien a Teige.
Con el entusiasmo de antes, que yo conocía tan bien por la primera época de Devétsil, Teige me hablaba de un grupo más reducido de amigos, pintores y poetas surrealistas, con el que se reunía.
Entre ellos estaban Mikulás Medek y Vratislav Effenberger. Por aquel entonces estaba trabajando en un libro sobre la «fenomenología del arte moderno» que había venido proyectando desde la época de la guerra y que estaban esperando en Druzsttvníprdce.
Ya se quejaba entonces de una dolencia del estómago. Estaba tratando la enfermedad, pero los dolores no cesaban. No era ni el estómago, ni un cáncer. Era el corazón. Algo en lo que él no había pensado.
Teige murió el 1 de octubre de 1951. Era un melancólico día de otoño. El electrocardiograma había mentido. El médico que se lo tomó poco antes de que Teige muriese, no pudo, basándose en los datos del aparato, decir otra cosa que su corazón estaba funcionando con entera normalidad. No funcionaba así. Hacía mucho tiempo que había dejado de funcionar con normalidad. El corazón de Teige estaba tan desgastado que el médico que realizó la autopsia se negaba a creer que hubiera vivido con aquel corazón.
Era consecuencia de un trabajo intenso que, literalmente, apenas le dejaba dormir. Trabajaba las noches enteras. Pasadas las diez de la noche, se sentaba a la mesa de su casa y trabajaba hasta que despuntaba el día. El tiempo le apremiaba. Tenía miedo a no terminar el libro. Por aquellas fechas le acosaban sistemáticamente unas críticas desfavorables e injustas de la prensa de Praga. Puesto que estaba completamente indefenso, después de su muerte comenzaron a circular varios rumores suscitados por el silencio que súbitamente rodeó su final, su nombre y, como es obvio, sus libros.
André Bretón, en su monografía dedicada a la pintora Toyen, menciona como verídico uno de aquellos rumores, según el cual Karel Teige se envenenó en el momento en que fue detenido, y que su mujer se mató poco después arrojándose por la ventana. Es preciso aclarar que Teige no fue ni detenido ni interrogado.
Los acontecimientos, no menos dramáticos, sucedieron de otro modo.
Hay mujeres -y suelen ser mujeres bastante jóvenes, aunque a veces no lo son tanto- que, cuando les ocurre la desgracia de que muera su marido, regresan del entierro llorando. Siguen llorando durante varios días. Luego se enjugan las lágrimas, se empolvan la nariz y echan una mirada de curiosidad en torno suyo. No, no se lo reprocho. Son cosas de la vida. Estoy de parte de las mujeres.
El estupendo poeta francés Alfred de Vigny, cuyo matrimonio se estaba tambaleando, dijo que las mujeres son las destructoras del ardor. ¡No todas! A nuestro Petr Bezruc le gustaba citar este aforismo sobre las mujeres: la madre es la única mujer que ama al hombre desinteresadamente; y precisaba que lo decían los franceses, ¿y quién mejor que ellos para entender de mujeres? No obstante, esto no siempre es cierto.
No dejaré que nadie destruya el mito de la mujer con que los hombres venimos coronando su belleza desde siempre. Ni la vejez, ni la enfermedad, ni siquiera la desilusión, que es lo peor, privarán a mis ancianos ojos de esta hermosa visión de la mujer. Soy un feminista empedernido. Y defiendo a las mujeres, aunque hoy ya es innecesario. Se defienden perfectamente ellas solas.
Estas breves líneas sobre mujeres son una obertura. El telón se levanta y en el escenario aparecen el marido y la mujer. Alguien llama y entra otra mujer. No, por amor de Dios, no es el comienzo de una comedia sobre el matrimonio de las que hemos visto docenas en todos los teatros. Todo lo contrario: es el comienzo de un espectáculo único. La tragedia de un hombre y de dos corazones femeninos.
«Como sabe -me escribía el joven amigo de Teige, Vratislav Effenberger-, el romanticismo de Karel Teige le condujo al entusiasmo por el amor libre. Amaba a su mujer sinceramente. Pero en los comienzos de la guerra, cuando conoció a la señorita E., consiguió demostrarse a sí mismo y a las dos mujeres que su relación podía ser feliz y armoniosa.»
Yo conocía la nueva unión de Teige. Y conocía a su mujer desde su juventud. Era una mujer seria, atractiva, excepcional. A su amiga no la había conocido hasta aquel verano, en casa de Girgal.
Tampoco era una mujer corriente, sino igualmente atractiva e interesante de verdad. Una vez, al encontrarnos, me invitó, cordial, a su Salamounka de Smíchov. No fue mucho antes de su muerte.
Cuánto lamento no haber aceptado entonces su invitación. Después ya fue demasiado tarde.
Nunca tuve dudas respecto a la seriedad de su relación con las dos mujeres. Él no quería, ni podía, ser protagonista de un vulgar triángulo matrimonial. Pero me extraña que aquel hombre, extraordinariamente brillante e inteligente, fuese capaz de suponer que iba a establecer entre las dos mujeres una relación apacible y armoniosa. Cómo podía ignorar que, cuando se trataba de un amor verdadero, algo semejante era imposible entre las dos mujeres. El mismo tal vez podía amar a las dos sinceramente; pero una mujer, si quiere a alguien, no sabe compartir el amor. Aquello pesaba sobre él como una enorme losa y le producía una tensión permanente. Y no añadía fuerzas a su corazón ajado y débil. A lo que parece, estaban sufriendo los tres.
Teige trabajaba cada noche en su casa. No se acostaba hasta el amanecer y dormía hasta el mediodía. Por la tarde, iba a ver a su amiga. Esta vivía cerca de la plaza de Arbes de Smíchov. Allí comía y por la tarde la señorita E. le ayudaba a hacer las fichas para su libro. Así pasaba los días y transcurrieron tres años: desde 1949 a octubre de 1951.
Aquel fatídico día de octubre, como Teige tardaba en llegar, la señorita E. decidió salir a su encuentro. Le estuvo esperando en vano. Se habían cruzado por el camino. Cuando regresaba, vio a Teige en la plaza de Arbes. Se apoyaba en un pilar de hierro fundido y la estaba llamando. Un espasmo de dolor retorcía su rostro. Era ya un rostro marcado por la muerte. A duras penas pudo acompañarlo hasta su piso. El caminar agravó más aún su sufrimiento. Una vez dentro del piso, se sentó; estaba cansado y se sentía mal. Ella se apresuró a llamar al médico. Tardó algún tiempo en dar con él. Cuando volvió, Teige estaba muerto.
Sin reflexionar, decidió que también ella debía morir. Pero antes tenía que comunicar su muerte a la mujer de Teige. Escribió una nota: «Karel ha dejado de existir. Ha muerto esta tarde.» Envió la nota a Salamounka con un taxista.
Su mujer, en cuanto leyó la nota, quemó toda la correspondencia de Teige. Que no era poca.
Aunque veía a las dos mujeres cada día, les escribía cartas a las dos casi a diario. Después de cumplir con aquel rito sombrío, se asfixió con el gas.
La señorita E. vivió sólo unos días más. Empleó aquel tiempo para poner en orden los manuscritos que Teige guardaba en su casa y para entregárselos a sus amigos. Después de lo cual, hizo lo mismo que la mujer de Teige: abrió la espita del gas.
Su muerte dio fin a aquel horripilante baile de la muerte del que el público no llegó a enterarse «gracias» a las medidas que fueron tomadas a la muerte de Teige. ¡Al lado de qué hermoso y excepcional hombre y artista habíamos vivido! ¡Cuánta fuerza irradiaba su rica personalidad!
Durante el funeral de Teige, la sala de actos estaba casi vacía. Sólo había allí unos jóvenes, amigos suyos, que yo entonces no conocía aún.
De los amigos y compañeros de nuestra generación -fue la generación de Teige y en absoluto la de Wolker, como se acostumbra a llamarla- no acudió nadie. Sólo el fiel pintor Muzika y yo estuvimos allí, detrás de las sillas vacías.

 

Jaroslav Seifert

Lo que saben los brujos

De vez en cuando, por puro aburrimiento, o por esa curiosidad malsana que entra a veces, en especial en las horas más bajas de la confianza en la naturaleza humana, caí en un par de páginas web esotéricas, de esas que lo mismo te leen el futuro, te ayudan a recuperar a tus seres queridos o te venden un hechizo de amor por cien euros, dando por hecho, digo yo, que eso será lo que vale la pareja que pretendes conquistar a semejante precio.

Lo que más me sorprendió, y os desafió a que lo comprobéis (si tenéis estómago para semejante basura) fue la cantidad de faltas de ortografía que hay en esas páginas y en los anuncios de Adsense que contratan para que nos los calquen a los demás.

Por lo visto, es más fácil expulsar a los demonios, resucitar a los muertos y adivinar el futuro que aprender un poco de gramática y ortografía. Si no, es imposible comprender esos ánjeles, con J, esos hechar, con H, para echar mal de ojo, y hasta ese bidente, con B, que supongo yo que será alguien que te echa las cartas mientras se remoja la entrepierna en porcelana Roca.

Por mi parte, si un día voy a un brujo, que no creo, lo examinaré antes de demonología gramatical, carta astral aritmética y exorcismo geográfico. Y si no sabe dónde está Vitigudino o Antequera, mejor no preguntarle dónde está el purgatorio o dónde fue la bisabuela.

Vamos, digo yo…

El Gran Hermano eres tú

El vecino de al lado

El vecino de al lado

Nos pasamos los años temiendo la vigilancia del Gobierno, las cámaras en todas partes, la recopilación de datos y el fin de de la intimidad y resulta que, aunque todo eso existe, en el fondo nos importa un carajo porque las más de las veces esos datos los tienen que comprobar funcionarios que en realidad están a otra cosa.

¿Quién mira las imágenes que graban las cámaras de carretera? nadie si no hay un accidente o una petición judicial por medio. ¿Quién mira lo que graban los cajeros automáticos, las cámaras d elso supermercados y los bancos, las cámaras de las ciudades? Nadie.

El Gran Hermano existe, pero es tu vecino. El Grah Hermano de hoy es el que te graba con el móvil si un día sales de juerga. El vecino que te graba con el móvil cuando entras en el portal con una chica. El colega que te graba en plena borrachera y lo comparte luego para hacerte una broma. El Gran Hermano es el cercano, el próximo, el que sabe qué hacer con esas imágenes, y las utiliza, y se las envía a quienes e las tiene que enviar, porque sabe dónde dolerán, o dónde harán gracia, o dónde se podrán recordar otro día.

Por mucho que hablemos de los Gobiernos preocupados por espiarnos, lo que en realidad nos ha puesto en la calle en pelotas es el tonto de los cojones con el móvil en la mano. Ese es el verdadero peligro. Ese es la verdadera amenaza. Ese es el que está esperando a que digamos una tontería para colgarla en Youtube y buscar el linchamiento.

Reconocedlo: al ayuntamiento le importa un huevo si abrazas a una rubia. pero a la amiga de tu novia no. A tu primo no. Es tu compañero de trabajo el que puede hacer que te despidan grabando alguna chorrada, nunca la NSA, con sus antenas.

El Infierno son los otros, decia Sartre. Y el Infierno digital arde hoy por los cuatro costados.

Pero el pardillo señala a la CIA..

Las consecuencias de la revolución industrial (1)

La revolución industrial.

La revolución industrial.

La Revolución Industrial y sus consecuencias han sido un completo desastre para la especie humana.
Ha incrementado enormemente la esperanza de vida de la parte de la población que reside en países «avanzados», pero ha desestabilizado la sociedad, ha dificultado la vida, ha sometido a los seres humanos a indignidades, ha conducido a extender el sufrimiento psicológico ( también el sufrimiento físico en el caso del tercer mundo) y ha infligido un severo daño al medio ambiente y a los recursos naturales de nuestro entorno.

El continuo desarrollo de la tecnología empeorará aún más la situación sometiendo a los seres humanos a grandes indignidades, e infligirá gran daño en el mundo natural, lo que probablemente conducirá a un gran colapso social y al sufrimiento psicológico, y puede que finalmente conduzca al incremento del sufrimiento físico incluso en países «avanzados».

¿Es justa esta apreciación?

En principio parece exagerada, pero si se mira detalladamente puede resultar acertada:

La Revolución industrial en todas sus formas ha alejado al ser humano del hambre y la enfermedad, permitiendo una expansión de la Humanidad como nunca se vio antes. ¿pero realmente es una virtud le crecimiento en número? ¿verdaderamente nos acerca esto al cumplimiento de nuestro fin como especie?

Quizás para responder a esa pregunta habría que determinar cual es nuestro fin: y la respuesta más sencilla es la más cercana: permanecer. Trascender en el tiempo. Sobrevivir como especie y extendernos pro el Universo.

Para ello, sin duda, es necesario un avance técnico y material, pero seguramente a otro ritmo, mucho más lento y sosegado, que no convirtiese al avance en una amenaza en sí mismo. La industrialización es positiva, la revolución industrial no lo parece tanto. El crecimiento demográfico parece positivo, la explosión demográfica no tanto.

Del daño en el medio ambiente se ha hablado ya hasta el extremo.  Del sufrimiento psicológico hablaremos muy pronto.

Por lo pronto, a nuestro juicio, si hay una razón para dudar, en principio, de las bondades de la revolución industrial .

 

P.D:

Empezamos hoy con un comentario sobre el texto titulado “la sociedad industrial y su futuro”, de Theodore Kaczynski. Se pretende un acercamiento al texto y un debate  constructivo en torno a su contenido, más que en torno al autor.

La traducción del inglés es libre, aunque lo más ajustada posible al sentido del original.

 

En realidad, todos somos Excalibur

Listos para el yugo

Listos para el yugo

Llama la atención que, habiendo sufrido España el peor atentado del terrorismo yihadista en Europa el 11 de marzo de 2004 con 192 muertos y miles de heridos, no haya habido ninguna fuerza política, organización de la sociedad civil o institución pública que llamara este domingo a manifestarse contra el terror y por la libertad de expresión tras el ataque al semanario Charlie Hebdo. Las pequeñas concentraciones de residentes franceses en nuestro país o de la comunidad musulmana en Madrid o la iniciativa de un grupo de dibujantes en Galicia palidecían de vergüenza en comparación con las multitudes reunidas en Londres, Washington, Berlín y otras capitales.

Llama la atención que, habiendo sufrido España décadas de terrorismo etarra en cuya lucha y derrota fue decisiva la colaboración francesa, nada ni nadie haya convocado a la solidaridad con Francia o que, ni tan siquiera, el lehendakari Urkullu acudiera a la manifestación de París.

Llama la atención que una sociedad como la española, cuyo comportamiento hacia la minoría musulmana tras el 11-M fue ejemplar, no haya reaccionado.

Llama la atención que, en un país que recuperó las libertades hace menos de 40 años, nadie se haya sentido concernido para manifestarse públicamente contra el asesinato de 17 personas, 11 de ellas empleados de una revista.

Llama la atención que, una sociedad como la española, proclive a la importación masiva y unánime de cualquier moda extranjera y a manifestarse por cualquier pamplina, como el descenso de un equipo de fútbol –en Madrid hubo en 2014 un promedio de 8 manifestaciones al día-, nada ni nadie se sintiese impelido a salir a la calle.

Llama la atención que centenares de españoles se manifestaran espontáneamente hace tan solo unos meses en contra de que un animal doméstico fuese sacrificado y que se creara hasta un hastag – #salvemosaExcalibur- en solidaridad con la suerte del perro de la enfermera contagiada con ébola y no lo hicieran ahora.

Llama la atención que todavía tenga tanto peso el aislamiento histórico de España, que aún concibamos la discusión como preludio de la violencia o que entre nosotros la pasividad pueda ser un valor social.

Llama dramáticamente la atención, por último, que parezca que los españoles valoremos tan poco la libertad.

 

Luis Prados. El País.

Costes de una instalación de energía solar térmica de baja temperatura

El coste de una instalación, de energía solar térmica de baja o media temperatura, depende de diversos factores, siendo importantes para conseguir una rentabilidad económica lo mas alta posible y una eficiencia del servicio. A continuación se mencionan los principales factores a tener en cuenta:

1. Si se trata de una edificación nueva o no. Es mucho más sencillo y económico la incorporación de los sistemas en un edificio nuevo, que incorporarlos a una edificación ya construida.

2. El tipo de energía que sustituye. Aquí intervienen factores como posibilidades de suministro de cada una de las diferentes fuentes de energía, precio de las energías, precio de los elementos auxiliares de la instalación, etc.

3. El grado de cobertura deseado. La cobertura es el porcentaje del tiempo de utilización, en el que no es necesario la utilización de una energía auxiliar para el calentamiento del agua. A mayor grado de cobertura el número de paneles solares aumenta exponencialmente. Para pequeñas instalaciones, por ejemplo la vivienda de una familia media de cuatro personas, se consigue una cobertura entre el 70 y el 80 % con una superficie de paneles de entre 2 y 4 m2, dependiendo de la región de España, siendo esto lo más recomendable.

4 . La optimización económica. Este aspecto determina, para las instalaciones medianas y grandes, el valor de la superficie que proporciona el máximo ahorro durante la vida útil de la instalación. Esto determinara en este tipo de instalaciones el grado de cobertura más apropiado.

5. El número de usuarios. Por efecto del factor escala, el precio disminuye al aumentar el número de usuarios, que comparten elementos comunes (depósito, tuberías, sistemas de control, etc.).

6. La radiación solar local. El promedio de energía solar que llega a la superficie de la tierra depende de múltiples factores como la latitud, altitud, mes del año, microclima local, etc. Así por ejemplo en Valladolid en el mes de diciembre la media diaria de radiación es de 1,2 Kwh/m2, mientras que en julio es de 6,8 Kwh/m2. Por lo tanto la dimensión de una instalación tiene unos factores, que se ajustan a la época del año en que se va a requerir su mayor rendimiento.

7. Los costes financieros. Estos costes están determinados por múltiples factores: coste de los créditos, valor de la inversión, costes de mantenimiento, precio del combustible auxiliar, subvenciones, etc. Por lo que se hace necesario realizar un calculo preciso, para hallar el punto óptimo de dimensionamiento de una instalación.

Además existe para ello una metodología muy completa que se puede encontrar en cualquier libro especializado.

Si se tienen en cuenta los diversos factores, que han sido mencionados anteriormente, las variaciones que pueden experimentar las inversiones, en instalaciones de energía solar térmica, pueden ser muy significativas.

Manual de exorcismo del siglo XVII: Síntomas por los que se sabe si alguien está hechizado o poseído por el demonio.

Para saber si una persona está poseída del demonio importa examinar las causa porque se juzga haber entrado en su cuerpo, pues algunas veces lo permite así Nuestro Señor para mayor honra y gloria suya y más merecimiento del hombre. Empero, de ordinario, los pecados son causa de este gran trabajo. Otras veces es la causa el demesiado sentimiento y la desesperación por alguna pérdida de los bienes temporales. Otras veces es la causa la maldición de los padres, y el ignorar los remedios contra las tentaciones del demonio, y por no acudir a tiempo a los doctos para tomar consejo.

Segundo: procurará saber el Exorcista de qué modo entraron los demonios en el cuerpo del enfermo, por que antes suelen aparecérsele en horrible y espantosa figura, y esto de noche y en lugares lóbregos y oscuros. Otras veces le espantan y atemorizan y le maltratan lastimosamente. Otras veces entran en forma d eaire, de raton, y de otros animalejos. Finalmente, algunas veces, parece que le derraman por las espaldas un vaso de agua fría, y que desde la cabeza a los pies se le pasea todo un ejercito de hormigas.

Unas de las señales de que hace mención la Sagrada Escritura es la inobediencia del Energúmeno, su obstinación y rebeldía a la ley de Dios y cosas tocantes a su santo servicio.

Segunda señal es una repentina enfermedad, que le incita furor, mordéndose las manos, echándose por el suelo, en el fuego, en el agua, y poniendose en peligro de acabar la vida.

Tercera señal es si se turba en presencia de las cosas sagradas, como es la Cruz de Nuestro Salvador, las reliquias de los santos, etc., y también del mismo Exorcista. No quiere pronunciar ni quiere oir palabras santas, rehusa tomar el agua bendita, y si se le obliga a acudir al santo sacrificio de la misa se pone furioso y echa espumarajos por la boca, y sus ojos, abiertos en demasía, miran extraviados.

Uno de los indicios más verdaderos es el hablar o entender latín, sin haber estudiado, y tratar muy doctamente de los altos misterios de la Fe y Sagrada Escritura, siendo un ignorante; y describir o revelar secretos y pecados que no puede saber sino el mismo que los cometió.

Finalmente, lo que más en cuidado pone al Exorcista es cuando el demonio, con capa de enfermedad, de tal modo se retira y esconde que s ehace dificultoso el conocerlo. En semejante caso aconsejo se dirija a Dios con oraciones y ayunos, y procure juntamente con los exorcismos quitar al demonio sus fuerzas; aconsejando también al enfermo a que de veras y de todo corazón se convierta a Dios por la frecuente confesión y sagrada comunión, y que con sus oraciones y limosnas solicite buen fin en tan alta empresa.

Receta para el perfume mágico de sol

En domingo en su hora planetaria, se pondrán en un mortero las substancias siguientes:

Azafrán ………………………….. 1 gr.

Simiente de laurel ………………… 5 gr.

Hojas de heliotropo ……………….. 5 gr.

Mirra ……………………………. 5 gr.

Alcafor ………………………….. 5 gr.

Incienso …………………………. 5 gr.

Almizcle …………………………. 1 gr.

Todas estas drogas se reduciran a polvo, al que se echarán unas gotas de sangre de abudilla. Se le añadirán goma de tragacanto y leche de cabra, de ambas cosas la cantidad necesaria para formar una pasta consistente. Con ella se harán granos del tamaño de un guisante; se dejarán secar al sol y luego se guardarán en una cajita de madera entre polvo de incienso.

Cómo controlar la eyaculación precoz en 5 pasos

Que no se escapen las cabras

Que no se escapen las cabras

Practique los pasos 1 a 4 solo o en pareja. Los ejercicios se describen como si usted hubiese elegido no traer a su pareja al comienzo del proceso. En el paso 5, obviamente necesitará una pareja.

 

PASO 1

 

Cuando tenga una buena erección, acuéstese de espaldas, cierre sus ojos, y mastúrbese. Debe concentrarse en sus sensaciones eróticas, de modo que cuando sienta desarrollarse la urgencia de eyacular, pueda detener lo que está haciendo; entonces espere 1 minuto que se remita la urgencia de eyacular. Usted está prestando atención a la sensación que le dice que va a acabar – y deteniéndose antes de que ocurra. Esto parece difícil al principio, pero se vuelve fácil rápidamente, por lo tanto no abandone. Algunos hombres encuentran más fácil detenerse apretando sus penes firmemente justo debajo del glande en la punta del tronco.

Después de un minuto, mastúrbese de nuevo hasta que sienta otra vez la urgencia de eyacular, después de lo cual deténgase una vez más otro minuto. Este proceso se repite tres veces, y entonces en la cuarta puede seguir hasta eyacular. Al hacerlo, advierta qué siente en su entrepierna y pene y las sensaciones que acompañan a todo el proceso. Cada fase de este ciclo lo llevará a un mayor nivel de excitación, por lo tanto ya está aprendiendo a reconocer y a responder a un mayor y mayor nivel de excitación, uno que en el pasado simple e inevitablemente lo habría conducido a la eyaculación.

Haga esto 3 veces por semana durante 2 semanas.

 

PASO 2

 

Ya puede estar sintiendo que puede tener algún control sobre el momento de cuándo tiene su orgasmo. Haciendo su masturbación más lenta, o deteniéndola completamente, puede haber descubierto un nuevo nivel de control que previamente parecía ser un proceso imparable. El paso siguiente es aprender cómo mantener su excitación en un nivel alto sin acabar. Por ejemplo, si 10 significaba que usted iba a acabar, entonces podría apuntar a mantenerse en 7,5 u 8. Al masturbarse, puede enfocarse en su nivel de excitación, y cuando llegue a 6 o 7 usted puede detenerse o hacerla más lenta, tratando de mantener el nivel de excitación alto o constante. Si usted de repente lo pierde y eyacula, bueno, póngalo como experiencia y ¡pruebe de nuevo!

Después de probarlo varias veces, debe encontrar que puede mantenerse altamente excitado pero no al borde de eyacular, y será más fácil para usted mantener este nivel de excitación sin acabar. Lo que es más, después de hacerlo 15 minutos, y dejarse ir y eyacular, ¡encontrará que la intensidad de sus orgasmos son mucho mayores y más intensos!

Usted necesita hacer este proceso más gradual hacia la eyaculación un hábito, lo que se hace practicándolo tres veces por semana. Cuando practique una y otra vez, se convertirá en la respuesta normal de su cuerpo – como la eyaculación rápida es su respuesta normal ahora.

 

PASO 3

 

Y lo interesante es que puede extender el grado de control sobre su eyaculación aprendiendo a apretar y relajar sus músculos PC (pubococcígeos)

Puede tonificar estos músculos imitando los ejercicios de Kegel que se recomiendan a las mujeres con control débil de la vejiga (es de hecho el mismo músculo en hombres y mujeres, y las mujeres que practican el ejercicio también experimentan orgasmos más poderosos.) Estos ejercicios pueden hacerse en cualquier parte, en cualquier momento, aunque son más placenteros cuando usted tiene una erección, porque incrementan el volumen de sangre en el pene. Puede aprender cómo contraer el músculo deteniendo el flujo de orina en mitad del chorro: esto le mostrará cómo se siente cuando el músculo se contrae por esfuerzo propio. Habiendo aprendido qué hacer, puede continuar haciéndolo en cualquier lugar, en cualquier momento – sentado en su escritorio, manejando el auto, donde sea. También es más fácil practicar el estrechamiento y la relajación cuando se tiene una media erección, el abultamiento del pene es un signo seguro de que ha encontrado el grupo muscular correcto.

La verdad es que usted puede excederse – el músculo se cansará, como cualquier otro músculo fuera de estado al que se lo hace trabajar de una manera a la que no está acostumbrado. Vaya paulatinamente… después de un tiempo encontrará, no sorpresivamente, que puede mantener las contracciones más y más tiempo, y que son más poderosas.

Los beneficios de aprender cómo contraer y relajar estos músculos incluyen el poder retardar o acelerar su orgasmo. Los efectos pueden ser diferentes en algunos hombres. Algunos pueden acabar más rápido dependiendo de cuán estrechamente aprieten estos músculos, pero para algunos hombres, el mismo proceso retrasa la eyaculación y el orgasmo. Muchos hombres encuentran que si los aprietan parcialmente pueden tener control sobre cuán rápidamente acaban. En resumen, la potencia de la contracción de los músculos PC es lo que le permite otra manera de retrasar el orgasmo o acelerarlo.

Volviendo al PASO 3 de este método, lo que Ud. hará es contraer el músculo durante los ejercicios aprendidos en el paso 2 y ver el efecto que tiene desde la excitación hasta el orgasmo.

 

PASO 4

 

Después, puede mejorar los pasos 2 y 3 (si no lo ha usado ya en el proceso) usando un lubricante: Hara que no sienta tan caliente la zona, por ahí no sentirá tanto pero, lograra aclimatar el pene en la vagina lentamente.

 

PASO 5

 

El objeto de esta práctica está a la vista – el coito vaginal. Coito vaginal prolongado (o más largo, al menos.) Imagínelo – ¡no disparar su carga al minuto que la penetra! OK, entonces ¿qué hace?:

Va a tener sexo con su pareja arriba mientras usted esta acostado de espaldas. Puede poner su pene a la entrada de su vagina, o apenas dentro de ella, y ver cómo se siente. Si usted siente que va a acabar, salga o aléjese hasta que la sensación desaparezca. Recuerde, la idea es mantener su nivel de excitación tanto como quiera sin acabar. De nuevo, apretar su pene (vea el paso 1) puede ser de ayuda en controlar el proceso. Cuando pueda, con su pareja arriba, ponga su pene dentro de su vagina y guíela arriba y abajo con sus manos en sus caderas hasta que esté en el nivel de excitación 7,5 u 8 – y manténgalo de esa manera ajustando los movimientos de su pareja. Pare de moverse y descanse si siente que está demasiado cerca de acabar. (que su pareja colabore y ayude en este proceso teniendo todos los tiempos del mundo, usted necesita tranquilidad, calma y no necesita presión de ningún tipo) Su deseo de eyacular disminuirá en este punto, y cuando ha ocurrido así, guíela para continuar con sus movimientos, haciendo pausas nuevamente al acercarse al punto de inevitabilidad eyaculatoria. Es importante que durante las tres primeras repeticiones de esta secuencia no bombee. Sin embargo, en la cuarta repetición, déjese ir, enfóquese en cómo se siente y empuje hasta eyacular.

El hecho crucial es que pruebe y se enfoque en lo que siente todo el tiempo, para saber que está por eyacular y pueda detener el proceso antes de que ocurra. Después de tres o cuatro sesiones de hacer el amor usando este proceso, podría repetir el ejercicio en la posición lado a lado por tres o cuatro sesiones – y entonces finalmente hacerlo con el hombre encima, en la posición del misionero. Toda la secuencia puede ser repetida tantas veces como quiera hasta que adquiera CONFIANZA en que puede controlar su eyaculación – el objetivo del ejercicio es que pueda llegar a un punto en el cual pueda dejarse ir y acabar cuando quiera. Esto puede tomar de 2 a 10 semanas y a veces unos pocos meses para lograr un control completo.

Y sobre todo recuerde de preguntar a su compañera qué desea cada vez que usted haya tenido un orgasmo. Ella puede estar feliz sólo de verle feliz, o puede querer estimulación clitoridiana hasta el orgasmo. Hablen de lo que les gusta, de que es lo que espera, y uno también tómese el tiempo del mundo para complacerla, ya sea con besos, caricias o estimulaciones, esfuércese en conseguir la confianza de su compañera en que se sincere y le cuente lo que le gustaría para ella también quedar satisfecha Y no haga hincapié en sus fracasos – ría y bromee con su pareja del asunto – el sexo está hecho para divertirse, ¡no es un examen!