Cuando los egipcios nacionalizaron el canal de Suez

Tropas mecanizadas israelíes en el Sinaí.  Su eficacia, que asombró al mundo, unida al factor sorpresa, desmantelaron el dispositivo militar egipcio.

Tropas mecanizadas israelíes en el Sinaí. Su eficacia, que asombró al mundo, unida al factor sorpresa, desmantelaron el dispositivo militar egipcio.

El 26 de julio de 1956, conmemorando el cuarto aniversario de la expulsión del rey Faruk, el presidente de la República egipcia, Gamal Abdel Nasser, pronunciaba un discurso en la gran plaza alejandrina de Mohamed Alí, en la que su aparato de propaganda había reunido un auditorio milenario. Subió al estrado hacia las siete de la tarde y, tras un comienzo jocoso, adoptó un tono grave que se tornó iracundo cuando se refirió al Canal de Suez y a los conflictos del Gobierno egipcio con la Compañía que lo explotaba y, en el clímax de la vehemencia y la emoción, gritó: “Vamos a tomar los beneficios que nos arrebata esa Compañía imperialista, ese estado dentro del Estado, mientras nosotros nos morimos de hambre (…). Yo os anuncio que ahora, mientras os hablo, el Boletín Oficial publica la ley que nacionaliza la Compañía. En estos momentos, los agentes del Gobierno están tomando posesión de la Compañía.

¡El Canal pagará la Presa! Hace cuatro años, aquí mismo, Faruk huía de Egipto.

¡Yo, hoy, en nombre del pueblo, tomo el Canal! ¡A partir de esta tarde el Canal será egipcio y estará dirigido por egipcios!”.

Grupos de comandos penetraban en aquellos momentos en las oficinas del Canal, sellaban sus dependencias y confiscaban el dinero y la documentación.

En las horas siguientes, los egipcios, se hicieron cargo de las instalaciones y los buques siguieron navegando entre el Mediterráneo y el Mar Rojo y viceversa, como si nada hubiese ocurrido.

Mientras Egipto celebraba el acontecimiento, el mundo quedó estupefacto y en Londres y París se pasó de la incredulidad a la cólera. Gran Bretaña y Francia, propietarias de las acciones de la Compañía del Canal, hicieron saber a El Cairo que no renunciaban a sus derechos y que harían lo posible por recuperarlos. Las Bolsas europeas bajaron en los siguientes días, pues, aparte de la pérdida del tráfico del Canal, se suponía que el corte del tráfico provocaría un desabastecimiento petrolífero. Pero fue una reacción pasajera: en las dos semanas siguientes atravesaron la vía de agua 625 buques, un 90 por ciento del tráfico normal; por tanto, un descenso insignificante, debido al temor de que pudiera producirse un ataque anglo-francés.

Francia y Gran Bretaña se encontraron casi solas en sus demandas. Nadie más parecía damnificado. Incluso Estados Unidos se mostraba distante, pues ni le interesaba implicarse en un asunto colonialista, ni el Próximo Oriente centraba entonces la preocupación del presidente Eisenhower lanzado en la carrera electoral que culminaría el 6 de noviembre.

Washington trató de hallar una salida diplomática y convocó una Conferencia Internacional sobre la libertad de navegación por el Canal, violada por Egipto al impedir el paso de los buques israelíes.

Fracaso mediador La conferencia, reunida en Londres el 16 de agosto, resultó un fracaso, pues Nasser declinó participar en ella, alegando que “se trataba de una injerencia en los asuntos internos de Egipto”. Los reunidos recomendaron que el tráfico del Canal fuera manejado y garantizado por una comisión internacional, pero no hubo manera de convencer a Nasser, que calificó tal pretensión de “intento de arrebatar el Canal de Suez a Egipto”.

Consideró rota. París y Londres iniciaron un boicot económico contra El Cairo y llevaron la resolución de la Conferencia Internacional al Consejo de Seguridad, pretendiendo una intervención militar, que fue vetada por la Unión Soviética.

Pero fueWashington quien más se empeñó en frenar los planes militares de París y Londres –que ya concentraban una fuerza de desembarco en Chipre– con la creación de la Asociación de Usuarios del Canal, que debería encargarse de la organización del tráfico, el pilotaje de los buques y la recaudación de los derechos de paso. El secretario de Estado norteamericano, John F. Dulles, artífice de aquella maniobra, suponía de antemano que Nasser rechazaría la propuesta, pero él pretendía ganar tiempo, retrasar los proyectos intervencionistas anglo-franceses y permitir la elección presidencial norteamericana, tras la cual el presidente Eisenhower podría ocuparse directamente de esa crisis.

Sin embargo, Nasser aceptó el plan norteamericano, según el cual Londres y París renunciaban a sus reivindicaciones, a la par que El Cairo asumía un control mixto del Canal junto con la Asociación de Usuarios. El 90% de la recaudación del canon de paso sería para Egipto y el resto indemnizaría a la Compañía del Canal hasta que expiraran sus derechos. Egipto sólo rechazó el paso de buques israelíes.

Esa solución irritaba a los franceses, que desde mucho antes tramaban la ruina de Nasser, sobre todo por su ayuda al FLN argelino, que tenía en territorio egipcio su infraestructura independentista. Allí residía su cúpula dirigente, se adiestraban sus comandos y se centralizaba el suministro

De armas a los guerrilleros (ver La Aventura de la Historia, núms. 69 y 93).

Lo propuesto en Washington también contrariaba a los ingleses, porque, Canal aparte, Nasser teledirigía los asuntos de Jordania y había logrado un Parlamento filoegipcio, socavando la influencia de Gran Bretaña, creadora del reino hachemita; el pronasserista Suleimán Nabulsi fue designado primer ministro y su primera medida fue anular el acuerdo militar anglo-jordano que le vinculaba al mando militar conjunto egipcio-sirio-jordano.

El principal enemigo A todas éstas, nadie parecía acordarse del mayor afectado: Israel. Las armas que Nasser estaba comprando en Checoslovaquia le otorgarían en poco tiempo una clara superioridad militar sobre Tel Aviv, cuyas demandas de armamento habían sido rechazadas en Estados Unidos; a la vez, la preponderancia regional que estaba consiguiendo el Rais significaba para Israel el incremento de la amenaza militar de Siria y Jordania y del terrorismo palestino contra su territorio. Además, la nacionalización del Canal perjudicaba gravemente su tráfico oceánico, pues sus buques estarían abocados a dar la vuelta a toda África si El Cairo bloqueaba, también, los estrechos de Tirán, llave del golfo de Aqaba, situado al sureste del Sinaí.

El primer ministro israelí, David Ben Gurion, en excelentes relaciones con el Gobierno socialista francés, envió a París, en agosto de 1956, al director general del Ministerio de Defensa, Simon Peres. A finales de agosto, agentes del Gobierno francés investigaron la situación israelí para entrar en la guerra. El Ejército judío, que estaba recibiendo armas francesas –200 tanques AMX y 72 cazas Mystère– pidió material de detección, transporte y telecomunicaciones, que le fue servido con sumo sigilo. A continuación, el general Moshe Dayan, jefe del Estado Mayor israelí, comenzó a planificar la guerra.

Era una situación compleja: París deseaba contar con Israel, pero Londres rechazaba tal implicación, pues suscitaría el rechazo de sus amigos árabes. Por su lado, Tel Aviv rechazaba su intervención si no había un acuerdo previo entre iguales y una garantía de sus socios ante un ataque aéreo egipcio o una intervención conjunta de los demás países árabes.

El 16 de octubre de 1956 se reunieron en el palacio de Matignon, residencia del primer ministro francés, su titular, Guy Mollet, y su ministro de Exteriores, Christian Pineau, con el jefe del Gobierno británico, Anthony Eden y el titular del Foreign Office, Selwyn Lloyd. Allí estudiaron la idea desarrollada por el subjefe del Estado Mayor francés, Maurice Challe, que consistía en lanzar a Israel contra Egipto y cuando las fuerzas judías se hallaran cerca del Canal, Francia y Gran Bretaña intervendrían para garantizar las instalaciones y el tráfico naval. Los británicos aceptaron encantados y Guy Mollet se lo comunicó a Ben Gurion.

La conspiración Aunque inicialmente entusiasmado, en los días siguientes Ben Gurion sopesó los problemas que revestía el plan: Israel correría el riesgo militar y aparecería como agresor, mientras que París y Londres, sin apenas riesgos, recuperarían el Canal a la vez que presumirían como pacificadores de la zona y salvadores de la estratégica vía de comunicación. El Plan Challe comenzó a parecerle una posible trampa o, en todo caso, un riesgo, por lo que exigió un tratado entre iguales. Sólo le convencieron la insistencia de Dayan y Peres y la presión francesa para que participara en una conferencia tripartita.

El 21 de octubre, un avión despegó de una base francesa y aterrizó en un aeropuerto militar israelí, donde lo abordaron Ben Gurion (con su médico), Simon Peres, Moshe Dayan y, como secretario de la delegación, el historiador Mordechai El presidente Gamal Abdel Nasser, triunfalmente recibido en El Cairo tras la nacionalización del Canal, el 26 de julio de 1956.

41 Bar-On. De madrugada, llegaron a una base militar próxima a París y, al día siguiente, se reunieron en una finca de Sèvres con Guy Mollet, Pineau y Bourges- Maunoury, ministro francés de Defensa. Sin la presencia británica, en un clima de confianza, Ben Gurion expuso sus objeciones al Plan Challe, pero se mostró dispuesto a aceptarlo si se firmaba un acuerdo tripartito y si su objetivo final no se limitaba al Canal, sino que se extendía al derrocamiento de Nasser y a la reorganización de todo el próximo Oriente, expandiéndose Israel por Cisjordania, el sur de Líbano y el Sinaí. Jordania desaparecería, cediéndose al probritánico Irak la Transjordania, a cambio de que se hiciera cargo de los refugiados palestinos… Ben Gurion estaba lanzando un globo sonda y, para quitarle peso, calificó previamente su proyecto de “fantástico”, pero los franceses entendieron que no estaba bromeando y que aquel asunto podía írseles de las manos. Cuando llegaron los británicos recibieron un resumen de lo hablado y quedaron estupefactos: el ministro de Exteriores, Selwin Lloyd, lo consideró como una monstruosidad política. Dudaba mucho, además, que el premier Eden pudiera superar la oposición que tal proyecto suscitaría en su Gobierno, en sus filas parlamentarias y en la oposición. Finalmente, aseguró que sólo estaba dispuesto a asumir el Plan Challe. Si Israel lo aceptaba, se recuperaría el Canal y se derrocaría a Nasser; si lo rechazaba, él arreglaría el asunto diplomáticamente “en una semana” con el ministro egipcio de Exteriores.

Poderosos intereses La convergencia de los intereses de las tres delegaciones resultó extraordinariamente difícil, pero la situación les empujó hacia el acuerdo. Para Ben Gurion era inaceptable que Lloyd solucionara el asunto del Canal por vía diplomática, pues significaría la victoria de Nasser y la pérdida del acceso desde el mar Rojo. Su rechazo, además, contrariaría a Francia, que podría revisar el suministro de armas.

Al tiempo, Francia y Gran Bretaña recibían nuevos estímulos para intervenir. El primer día de la conferencia, 22 de octubre, la marina francesa interceptó un cargamento egipcio de armas destinadas al FLN y el segundo día se produjo la mencionada designación de Suleimán Nabulsi como primer ministro de Jordania.

Si algo faltaba para decidirles, estas dos sonoras bofetadas de Nasser les impulsaron a aceptar algunas tesis israelíes con tal de infligir un severo castigo a Egipto y de provocar la caída del Rais.

Las negociaciones se prolongaron hasta la noche del día 24 y alcanzaron el acuerdo basándose en el Plan Challe, modificado por Dayan: Israel lanzaría paracaidistas sobre el paso de Mitla, a cincuenta kilómetros del Canal, el 29 de octubre por la tarde y el día 30, los anglo-franceses, ante la proximidad de los paracaidistas israelíes de la vía de agua, presentarían, un ultimátum a ambos contendientes: alto el fuego y retirada a dieciséis kilómetros del Canal. A Nasser se le impondría la presencia de fuerzas anglo-francesas en los puntos clave del Canal para garantizar la libertad de tránsito, hasta que se llegara a un acuerdo definitivo. En el caso de que uno u otro contendiente desobedecieran, paracaidistas y unidades anfibias anglo-francesas se apoderarían de las instalaciones.

Este plan reducía a treinta y seis horas el riesgo israelí de combatir en solitario y de aparecer como agresor único.

Exprimiendo el limón Ben Gurion aceptó, pero exigió la firma de un protocolo tripartito, en el que se fijó este acuerdo, la promesa francesa de defender las ciudades israelíes si eran bombardeadas por Egipto y el compromiso de París y Londres de atacar Egipto si rechazaba el ultimátum. En su diario anotó: “Se trata de una oportunidad singular que dos potencias importantes traten de derribar a Nasser y que no permanezcamos solos contra él mientras va fortaleciéndose y conquistando todos los países árabes (…). Y puede ser que la situación del Próximo Oriente cambie en su totalidad de acuerdo con mi plan”.

Mientras se redactaba el protocolo, Ben Gurion trató de exprimir el jugo a su

Aceptación: en un aparte, le habló a Mollet del petróleo descubierto en el Sinaí y de que esa península podría desgajarse de Egipto, pues no le pertenecía: “los británicos se la habían robado a los turcos y la agregaron a Egipto cuando creían que tenía este país bajo su completo control.

Le propuse tender un oleoducto desde el Sinaí hasta Haifa para refinar petróleo y Mollet se mostró interesado” (Diario).

Peres tampoco perdió el tiempo. Abordó con Mollet y Bourges-Maunoury la cesión de un reactor nuclear, asunto ya tratado meses antes: “Llegué a un acuerdo para la construcción de un reactor nuclear en Dimona, al sur de Israel (…) y el suministro de uranio natural como combustible.

Presenté una serie de propuestas detalladas y, tras discutirlas, aceptaron” (Mi lucha por la Paz).

Moshe Dayan regresó a su Estado Mayor a mediodía del 25, sin un minuto que perder, pues los supuestos operativos de las Fuerzas de Defensa de Israel (IDF) nunca había contemplado el lanzamiento de paracaidistas en el paso de Mitla.

“Inicialmente, se cargaba el acento en la creación de una amenaza contra el Canal, de acuerdo con nuestro papel en el plan; luego acometeríamos nuestros objetivos básicos en la campaña: la conquista de los estrechos de Tirán y la derrota de las fuerzas egipcias” (Dayan, Autobiografía).

Aquel mismo 25 de octubre, Israel dejó organizada una movilización general fulminante que impidiera la reacción egipcia: las armas estarían dispuestas el día 28; los soldados alcanzarían sus unidades a caballo del 28 y el 29.

La guerra de Dayan Al atardecer del lunes, 29 de octubre, Nasser celebraba el cumpleaños de un hijo en su residencia campestre. Durante la fiesta, el presidente recibió una llamada de Abdel hakim Amer, su segundo en el escalafón del poder: “Israel nos ataca”.

La situación militar de Egipto en el Sinaí parecía sólida. Disponía de tres divisiones en la frontera y de dos brigadas como reserva: unos 45.000 hombres, que serían teóricamente reforzados por grupos de guerrilleros palestinos. Esas fuerzas estaban bien fortificadas y disponían de importantes medios blindados y artilleros.

En el aire, Egipto parecía incluso superior a Israel.

El Ejército judío sólo tenía en filas unos 20.000 hombres, pero movilizó  40. 000 reservistas en ocho horas. El Cairo no tuvo tiempo de evaluar la importancia de tal movilización, que conoció poco antes de que comenzara el ataque. Éste había sido estudiado por las IDF a partir de agosto: era suicida chocar con las dos divisiones egipcias del norte y centro, pero ofrecía buenas perspectivas la ofensiva contra la tercera, al sur del dispositivo árabe, que defendía un terreno complejo a lo largo de unos 140 kilómetros de frente. Pero el empleo de fuerzas importantes tan al sur suponía un riesgo para Israel, pues permitiría un contraataque simultáneo egipcio, desde la Franja de Gaza, y jordano, desde el sur de Cisjordania.

El factor sorpresa y la velocidad del ataque eran las únicas garantías de éxito.

Hacia las seis de la tarde del 29 de octubre de 1956, comenzó el lanzamiento de un batallón de paracaidistas israelíes sobre el paso montañoso de Mitla. Poco después, ya de noche, los dos restantes batallones de la brigada irrumpieron en el Sinaí, por el norte de Kuntilla, y aplastaron la ligera oposición de algunas fuerzas dispersas. A medianoche se rindió Kuntilla, atacada por retaguardia. Ariel Sharon, jefe de la brigada, sometió a sus fuerzas a una marcha vertiginosa: con las primeras luces del día 30 tomaban el Thamed, a 50 km del punto de partida.

Una segunda brigada atacó desde el sur de Kusseima, importante nudo de comunicaciones, que se rindió en la mañana del 30: en las líneas egipcias se había abierto un boquete que abarcaba todo el frente sur. Por la tarde, las avanzadillas de la columna de Sharon enlazaban con los paracaidistas en Mitla: había avanzado 200 km en veinticuatro horas.

La situación pintaba bien para Israel. En el aire, uno de sus temores, se midieron por vez primera los cazas israelíes y los egipcios y, tras el tanteo inicial, los cazas árabes dejaron el campo libre.

Liberado del temor aéreo, y al socaire de su éxito en el sur, Dayan lanzó dos brigadas blindadas: una contra la Franja de Gaza y otra al norte de Kusseima, aprovechando la confusión que había creado el desplome del sur. Y ese mismo día, una quinta columna mecanizada partía desde Kuntilla hacia el sur, tratando de alcanzar Sharm el Sheiq y abrir el golfo de Aqaba a la navegación israelí.

Cumpliendo lo acordado en Sèvres, al atardecer del 30 de octubre se producía el ultimátum anglo-francés. Tel Aviv no se molestó en contestar, porque sus fuerzas aún estaban lejos del Canal. Tampoco respondió El Cairo, donde la confusión era enorme, pues sólo disponían de información de las unidades que estaban rechazando los ataques y tardó cuarenta y ocho horas en advertir que se les había hundido el frente.

Conmoción mundial

Por aquellos días, los tanques soviéticos trataban de aplastar la sublevación de Hungría; los norteamericanos, de cerrar su campaña electoral, y el Consejo de Seguridad, reunido a petición de Estados Unidos el 30 de octubre, dirimía una de las batallas internacionales de la Guerra Fría. El representante deWashington, Cabot Lodge, impidió el aplazamiento solicitado por ingleses y franceses y presentó un proyecto de resolución que pedía la inmediata retirada judía “más allá de la línea de armisticio que se establezca”; solicitaba a los Estados miembros de la ONU que se abstuvieran de intervenir y de ayudar militar y económicamente a Israel.

Londres y París vetaron la propuesta. En esa misma sesión, que continuaba de madrugada, debieron emplear nuevamente su veto ante un proyecto de resolución análogo presentado por la URSS.

Mientras sus embajadores peleaban en la ONU, Francia y Gran Bretaña bombardearon los aeropuertos egipcios, pero el premier Eden, presionado por Washington, pospuso el ataque aeronaval.

El momento álgido de la lucha se produjo 1 de noviembre de 1956, cuando Nasser ordenó la intervención de una división entera enviada de refuerzo al frente norte. Las dos brigadas israelíes situadas en aquella zona aguantaron su embestida, mientras las otras dos, que operaban en torno al eje Kusseima-Abu Ageila, penetraban profundamente en el Sinaí constituyendo una amenaza mortal para tres divisiones egipcias, pues en cualquier momento los judíos podían girar hacia el norte y cortar su única vía de escape, paralela al Mediterráneo.

A primera hora del 2 de noviembre, viendo el peligro de cerco que acechaba a su Ejército y que a nada conducía meter más tropas en aquella guerra perdida, el Rais ordenó la retirada. Ese día capitulaban los principales centros egipcios en el Sinaí: Gaza, Rafah, El Arish, Bir Gafgafa… y una de las columnas israelíes, que marchaba por el centro del desierto, soslayaba el paso de Gidi y se paraba a 16 kilómetros del Canal.

La guerra militar había terminado, pero no la diplomática. El 2 de noviembre, la Asamblea General de la ONU, a propuesta de Estados Unidos, ordenaba el alto el fuego, al que accedió Egipto, pero no Gran Bretaña ni Francia. Israel, lo aceptaba si Egipto, además, suspendía su hostilidad contra el Estado judío y cesaba de enviar grupos terroristas a su territorio y permitía el paso de sus buques por el Canal. El alto el fuego quedó en agua de borrajas y las tropas israelíes continuaron operando hasta alcanzar todos sus objetivos.

Aquella noche, Ben Gurion le dijo a Dayan: “¿Por qué se preocupan ustedes tanto?

¡Mientras ellos sigan sentados en Nueva York y nosotros estemos en el Sinaí, la situación no es mala!”.

El día 3, la URSS inició su cadena de amenazas para “ahogar la agresión en Oriente Medio”, proponiendo a Washington la

Creación de una fuerza conjunta de intervención; Eisenhower, a dos días de las elecciones, rechazó el plan y escribió a Bulganin que “el mejor servicio que podría hacer la Unión Soviética a la causa de la paz era poner en práctica la resolución de la Asamblea General que pedía el fin de la intervención soviética en Hungría”.

Los cascos azules Una de las consecuencias de esta grave crisis fue la propuesta del ministro canadiense de Asuntos Exteriores, Lester Pearson, de crear “una fuerza internacional lo bastante importante para mantener la paz en las fronteras de estos países, mientras se busca un arreglo político”. El día 4 la Asamblea General aprobaba la creación de una Fuerza de Emergencia (FENU), los Cascos Azules, y el día 5 se ordenó al general canadiense, Burns, que reclutara los efectivos necesarios.

En esa misma fecha, por la tarde, Moscú asombraba al Consejo de Seguridad proponiendo la formación de una fuerza aeronaval internacional para ayudar a Egipto. El veto fue unánime. Simultáneamente, Bulganin escribía a Ben Gurion y, tras comunicarle la ruptura de relaciones diplomáticas, le amenazaba con tomar “medidas para poner fin a la lucha y detener a los agresores y de que podría utilizar medios de destrucción como los cohetes”. Tal amenaza la hizo extensiva a Francia y Gran Bretaña. Y, subiendo la presión, el día 6, solicitó a Turquía permiso de paso por los estrechos del Bósforo para sus buques de guerra.

Mientras, los israelíes reunían los soldados egipcios dispersos por el Sinaí y recuperaban el material bélico. Además, dos de sus columnas seguían marchando sin oposición hacia Sharmel Sheiq. Una, por la costa oriental del Sinaí, la otra, la brigada paracaidista de Sharon, desde el paso de Mitla, por la ribera occidental. Enlazaron el día 4, rindiéndoseles las últimas fuerzas egipcias. Horas después se apoderaban de los islotes de Tirán y Sanafir, llave del Golfo de Aqaba.

Cuenta el historiador israelí Avi Shlaim que, aunque Ben Gurion, indispuesto, tuvo que guardar cama durante la guerra, “estaba ebrio de victoria cuando concluyó”.

En un telegrama enviado a la Séptima brigada, tras la captura de Sharm el Sheiq, escribió: “Yotvata (Tirán), que hasta hace mil cuatrocientos años era parte de un Estado independiente judío, volverá a ser parte del reino de Israel” (El muro de hierro).

Eisenhower corta el paseo El día 5, los paracaidistas anglo-franceses saltaron sobre Port Said, y el 6, comenzaron las operaciones anfibias, que apenas hallaron resistencia: el derrumbamiento egipcio era completo y, en pocas horas, los invasores controlaron Port Said y Port Fuad y avanzaban a lo largo del Canal, hacia el sur, al ritmo de sus carros de combate. Tal paseo militar fue interrumpido en la madrugada del día 7: la Asamblea General pedía a Francia, Reino Unido e Israel la retirada de Egipto.

No pensaban darse por aludidos, pero en aquel momento intervino Eisenhower, que ya conocía su victoria electoral.

A Ben Gurion le comunicó que el rechazo al llamamiento de las “Naciones Unidas dañaría la amistosa cooperación existente entre nuestros dos países”.

Igualmente, se puso en contacto con el Gobierno británico, y Eden, sobre el que también pesaban las amenazas soviéticas, cedió a las presiones y promesas norteamericanas y paralizó las operaciones.

París, aunque de mala gana, tuvo que admitir que no podía continuar en solitario.

De espaldas a la compleja situación internacional y a los problemas que acongojaban a sus socios en la urdimbre de aquella guerra, durante la mañana del 7 de noviembre, Ben Gurion, en su discurso de la victoria ante la Knesset, fantaseaba : “Sugirió que Israel planeaba anexionarse toda la Península del Sinaí y el estrecho de Tirán (…). Añadió, triunfante, que el acuerdo de armisticio con Egipto era letra muerta, que Israel no entregaría el Sinaí a fuerzas extranjeras y que el país estaba preparado para entablar negociaciones directas con Egipto (…). La euforia de Ben Gurion tuvo una vida corta” (A.Shlaim, El Muro de Hierro).

Cuando la URSS pidió la inmediata retirada de todas las fuerzas extranjeras de Egipto bajo la amenaza de permitir que acudieran en ayuda de Nasser miles de voluntarios soviéticos, Ben Gurion comenzó a sentir temor, porque la amenaza llegaba acompañada de la irritación y presiones de Eisenhower y del encogimiento de sus aliados. En aquellos momentos releyó la amenazadora carta de Bulganin, en la que le acusaba de “jugar de manera irresponsable y criminal con el destino del mundo y de poner en peligro la propia existencia del Estado de Israel”.

Aunque el embajador israelí en Moscú le aseguró que el soviético jugaba de

Excluir el riesgo de que el conflicto pudiera suponer una escalada hacia una potencias guerra mundial, por la que se pudieran exigir responsabilidades a Israel” (Shlaim, El Muro de Hierro).

Ben Gurion se queda solo Para sondear la opinión de sus aliados, envió a Golda Meir a París. Pineau, también abrumado por la amenaza soviética, recomendó que Israel evacuara el Sinaí.

Golda Meir puso sobre la mesa el gran premio que la conservación del Sinaí significaría para Francia y le recordó el reparto del petróleo propuesto por Ben Gurion. Pineau, asombrado, replicó mirando a la ministra a los ojos, como si estuviera ante una loca: –¡Señora Meir! Los soviéticos están sobrevolando Siria. Los rusos quieren intervenir en Oriente Próximo ¡Y usted está pensando en el petróleo del Sinaí!

Pero lo que más le impresionó a Ben Gurion fue la irritación de Eisenhower, que se sentía engañado. El presidente le exigió una inmediata retirada israelí del Sinaí o, de lo contrario, suprimiría toda colaboración y cortaría la ayuda privada de los judíos norteamericanos. Incluso no se opondría a una resolución que tratara de expulsar a Israel de la ONU y, además, retiró su escudo protector sobre los tres agresores, dejándolos, oficialmente, a merced de los misiles soviéticos.

Angustiado por esa amenaza, y ante la hipótesis de una guerra mundial, en la que Israel sería el primer objetivo, Ben Gurion ordenó una retirada incondicional. Pero antes de que se efectuara, Aba Eban sugirió que la condicionara al control del Sinaí y de los estrechos de Tirán por los cascos azules que se estaban reclutando.

De aquella crisis Gran Bretaña y Francia salieron como potencias subordinadas, perdieron presencia política en el Próximo Oriente y suscitaron la inquina de Nasser. Israel, a costa de un millar de bajas, de una crisis interna y de una momentánea pérdida de prestigio internacional, obtuvo un cuantioso botín militar, además de créditos y ayudas por más de mil millones de dólares, importantes envíos de nuevas armas y ¡un reactor nuclear!

Que fue instalado en Dimona, en el desierto del Neguev. Allí se han fabricado las bombas atómicas de Israel.

Egipto sufrió nueve mil bajas y perdió el equipo militar de dos divisiones y Nasser estuvo a punto de derrumbarse, pero los ingleses y los franceses se fueron e Israel abandonó el Sinaí meses después, por lo que el Canal quedaba en su poder y pronto pudo ampliarlo y reabrirlo, mientras la Unión Soviética le repuso con creces el material bélico perdido y comenzó a proporcionarle el dinero para construir la presa de Asuán.

Nasser se había convertido en el político árabe más influyente y carismático.

Cuando le preguntaron cómo había superado aquella crisis, respondió sin titubear: “Gracias a Eisenhower”

 

David Solar