La rebelión de Hungría de 1956

Los manifestantes queman una bandera soviética en Budapest.  Era sólo el principio.  En pocos días, estas calles serían arrasadas por la invasión rusa

Los manifestantes queman una bandera soviética en Budapest. Era sólo el principio. En pocos días, estas calles serían arrasadas por la invasión rusa

La explosión de libertad que vivieron los húngaros en octubre de 1956 demostró de la forma más dramática la voluntad general de mantenimiento del orden internacional establecido por las grandes potencias en Yalta.

El 23 de octubre de 1956, más de ciento cincuenta mil personas ocupaban el centro de Budapest, en apoyo y solidaridad con el pueblo polaco. Lo que en un principio se planteó como una pacífica manifestación estudiantil abrió una dinámica insurreccional de imprevisible fin.

Desfilaban, codo con codo, liberales, demócratas, comunistas, anticomunistas y socialdemócratas, pero también significados elementos de la extrema derecha y nostálgicos del autoritarismo conservador del régimen de Horthy, en lo que era presentado como una comunión impulsada por los más nobles sentimientos del patriotismo nacional.

El deshielo abierto tras la muerte de Stalin, en marzo de 1953, había generado en toda la órbita soviética esperanzas de liberalización y las movilizaciones obreras producidas en varios países pusieron por vez primera de manifiesto la existencia de un descontento y una decidida disconformidad.

En Hungría, el reformista Imre Nagy había protagonizado, ya aquel mismo año, una breve y frustrada apertura, pronto cerrada por la vuelta al poder de los duros estalinistas de Matyas Rakosi. Pero tres años más tarde, el informe secreto presentado por Kruschov, ante el XX Congreso del Partido Comunista Soviético, denunciando los crímenes de Stalin, había dado alas a los descontentos.

En Budapest, el Círculo Petöfi, el más importante foro de intelectuales, protagonizaba la actitud reivindicativa.

En julio de aquel 1956, Rakosi era sustituido en la dirección del Partido de los Trabajadores por Ernö Gerö, que contó con Janos Kadar y otros estalinistas templados.

Sus primeras medidas tuvieron en la rehabilitación pública de las víctimas de las purgas del stalinismo su más significativa nota simbólica. A principios de octubre, el entierro de Laszlo Rajk, la más emblemática víctima de aquel tiempo de terror, se convirtió en una masiva afirmación del deseo de cambio.

La movediza situación permitía la presencia de una prensa libre y la expresión de todo tipo de opiniones y críticas al régimen, en un clima de tolerancia que hizo creer a muchos que el gran paso de la liberalización ya era irreversible.

Los hechos de Polonia, con un Gomulka que se estaba enfrentando a la URSS, sin exponer a su país al riesgo del zarpazo del Kremlin, proporcionaron a los húngaros los bríos que posibilitarían el levantamiento de octubre.

¡Nagy, al poder!

En el Budapest de aquel día 23, una parte de los manifestantes se dirigió hacia la gran plaza presidida por el edificio del Parlamento.

Allí, al grito de “¡Nagy al poder!” y ante más de trescientas mil personas, los representantes estudiantiles plantearon sus exigencias a las autoridades: evacuación de las fuerzas soviéticas, libertades de expresión y de prensa, elecciones libres, rehabilitación de las víctimas de las purgas y liberación de la dependencia de la URSS. Superado por los hechos, el comité central del Partido pidió a Nagy una intervención apaciguadora de los ánimos.

En su alocución, solicitó a los manifestantes respeto al orden constitucional y disciplina. Pero, tras derribar la colosal estatua de Stalin, los más radicales marcharon al edificio de la Radio Magyar. Allí, ante la amenaza de asalto de la turba crecientemente enfervorizada-encolerizada, que pretendía difundir un comunicado reivindicativo, la policía de seguridad, la aportando los primeros héroes de la revuelta.

La masacre facilitó la tarea de los agitadores y, entrada la noche, fue asaltada una fábrica de armas; muchos de los manifestantes se convirtieron así en combatientes de hecho. Ante el incontrolable aluvión, el amedrentado Comité Central decidió encargar a Nagy la formación de un gobierno, al tiempo que solicitaba ayuda a la URSS para el aplastamiento de la “rebelión contrarrevolucionaria”.

En la mañana del 24, la capital estaba alzada y los temidos tanques soviéticos hicieron su aparición. Los paisanos se les enfrentaron en desigual lucha con armas ligeras y artesanales y los muy efectivos cocteles molotov. Tres jornadas bastaron para que una treintena de carros quedase inutilizada. La destrucción de aquellos símbolos materiales de la ciega fuerza se alzaba como el mejor símbolo de la voluntad de victoria que animaba a quienes se presentaban como insurrectos.

Aquel enfrentamiento entre fuerzas tan desiguales aportaba todo un atrayente halo de heroico romanticismo muy acorde con la tradición nacional. En escenarios urbanos cuyos nombres se harían míticos, adultos y adolescentes, colegiales y aprendices de fábricas y talleres, cumplían lo que muchos veían como una misión histórica. Los barrios obreros de la capital aportaban el grueso de los que se veían como “luchadores de la libertad”.

No faltó, entre los patriotas, la activa presencia de elementos antisociales y veteranos delincuentes que aprovechaban la situación para actuar impunemente contra los signos de la autoridad. Pero, en general, la población de la capital parecía arrebatada por aquel deseo de cambio.

Consejos obreros Algo de mayor enjundia se movía fuera de los escenarios de lucha callejera. Declarada la huelga general, en minas, fábricas y talleres de todo el país se creaban consejos obreros; los campesinos no se quedaban atrás y, en plena efervescencia de solidaridad, los consejos agrarios aseguraban el suministro de alimentos a las ciudades alzadas. Con el decisivo soporte de las emisoras de radio ocupadas –o liberadas, según la óptica– no tardó en imponerse la federación de todos ellos en el Consejo Obrero.

En Hungría entera se mostraba la presencia de una estructura invisible pero muy activa, que trabajaba según un preciso plan. Todos los símbolos de la odiada dominación eran sistemáticamente desplazados, desde las estrellas rojas hasta las placas conmemorativas y los monumentos.

La bandera tricolor ondeaba por doquier con un agujero redondo en su parte central, de donde habían sido arrancados los símbolos de la dictadura, erigiéndose en el más expresivo símbolo de la insurrección.

Todo ello era un ejercicio práctico de “purificación”, de gran utilidad como instrumento de control de un movimiento aparentemente espontáneo. El linchamiento público de varios policías secretos fue así una notable aportación a aquella especie de catarsis colectiva. Los rasgos estudiantiles del comienzo habían dado paso a una progresiva presencia proletaria. El gran complejo industrial de Csepel, al sur de Budapest constituía el centro de gravedad de la nueva situación.

Pero, de hecho, la unión de los Consejos imponía una peligrosa dualidad del poder, que ya no pertenecía en exclusiva al Gobierno. Las demandas de aquéllos iban bastante más allá de los límites previstos por los burócratas reformistas. Amenazando con detener la producción, a sus exigencias iniciales añadían otras abiertamente dirigidas contra aquella misma burocracia y, sobre todo, el fin de los lazos de sujeción a la URSS.

Mientras dos delegados de excepción, Anastas Mikoyan y Mijail Suslov, llegaban desde Moscú para reconducir la situación, en el seno del Partido proseguía la dura lucha entre reformistas e intransigentes.

El día 25, mientras se desataba una nueva masacre, Gerö era sustituido como dirigente del Partido por Kadar. El 27, Nagy formaba un nuevo gobierno, que contaba con prestigiosos políticos de la era precomunista e inmediatamente decretó el alto el fuego.

Se van los rusos El día 30 era suprimida la odiada AVO, se reorganizaban las fuerzas armadas y las milicias y se decretaba la amnistía para los patriotas que habían participado en el alzamiento.

La acción del Gobierno, superado por los hechos, decepcionaba a los más radicales pero, evacuadas las fuerzas soviéticas de la capital, los más optimistas veían ya ganada la batalla.

Desde Munich, los micrófonos de Radio Europa Libre, financiada por la CIA, lanzaban broncas y ardorosas proclamas anticomunistas, actuando como animadoras a la insurrección. Acusaban a Nagy y a los moderados de ser traidores y “asesinos del pueblo”, al tiempo que falsamente anunciaban una inmediata ayuda de Occidente a los insurrectos.

Era ya evidente la dificultad del intento de encauzar la protesta por unas vías de autorreforma del sistema. Además, el desbordamiento de la violencia no hacía más que cuestionar el carácter democrático de la sublevación. A su calor, levantaban cabeza los restos del brutal fascismo nacional y los defensores de la dictadura reaccionaria de preguerra aparecían junto a abiertos brotes del más rancio y tradicional antisemitismo.

Los agitadores profesionales tenían campo abierto para su actividad y, mientras cientos de miles de personas eran manipuladas en la calle, el deseo de liberalización existente en gran parte de la población era animado con promesas de evidente imposible cumplimiento.

El cardenal primado, Jozsef Mindszenty, recuperaba la libertad y tenía oportunidad de alzarse como referencia moral de primer orden para un país en lucha. Pero cuando, el 3 de noviembre, habló finalmente por radio, su tan esperado discurso respondió a su arrogante antidemocratismo.

No respaldó a los reformistas y se limitó a pedir el retorno a la normalidad laboral, rechazando las venganzas personales y mostrando un deseo de neutralidad. Privaba así a las vacilantes autoridades del vital refuerzo moral que hubiera podido darles.

Éstas trataban de responder a las exigencias populares y, al mismo tiempo, tranquilizar a Moscú. De hecho, las sucesivas concesiones de los gobernantes a las exigencias de los consejos obreros fue consiguiendo la calma en la calle.

Nagy personificaba la única sensatez posible dentro de un marco de actuación que, a pesar de las apariencias, era cada vez más estrecho y amenazado. Contaba con rakosistas rescatables junto a políticos de los partidos suprimidos por la dictadura comunista, socialdemócrata y agrario. El filósofo Gyorgy Lukacs aportaba todo su prestigio personal, de especial relevancia ante la opinión pública internacional.

Fueron jornadas de euforia y preparación del futuro, en una Hungría libre de tropas extranjeras. El 1 de noviembre, el Gobierno y el Partido acordaban una declaración de neutralidad y el abandono del Pacto de Varsovia. El camino hacia el desastre quedaba iniciado.

Aquella noche, Kadar marchaba en secreto a Moscú a recibir órdenes, mientras que en la zona oriental del país se concentraban nuevas fuerzas soviéticas.

La población de la capital vivía sus últimas horas de gozosa libertad, con la tranquilidad recuperada en la calle y la febril actividad de los partidos políticos lanzados a su reorganización. Los consejos obreros llamaban a la normalización laboral, se restablecía el orden público y los escombros eran retirados de calles y plazas.

El día 3, formó Nagy su último gabinete y, consciente de lo peligroso de la situación, se apresuró a tranquilizar a Moscú, declarando que impediría cualquier forma de restauración del capitalismo y que mantendría las conquistas del socialismo, si bien dentro de unas bases democráticas.

Al mismo tiempo, comunicaba al secretario general de la ONU que nuevas fuerzas soviéticas seguían entrando en el país. La delegación que se formó para tratar de detener el avance, presidida por el prestigioso general Pal Maleter, ministro de Defensa, se trasladó aquel mismo día a Tököl, con el fin de negociar un acuerdo. Nada más llegar, sus miembros fueron detenidos.

Los hombres del Kremlin no querían riesgos y, hechas las concesiones tácticas que consideró aceptables, decidió la intervención.

Para entonces, un “gobierno revolucionario obrero y campesino”, formado por Kadar para la ocasión en la localidad de Szolnok, había solicitado formalmente ayuda a la URSS.

Con las primeras luces del día 4, diecinueve divisiones del Ejército Rojo, más de 200.000 soldados con el apoyo de

1. 000 blindados penetraban arrolladores en la aglomeración capitalina, mientras Nagy –tras haber denunciado por radio la invasión– se refugiaba en la embajada yugoslava y Mindszenty lo hacía en la norteamericana.

Los desesperados llamamientos realizados por las emisoras de radio, pidiendo ayuda a los países occidentales, sólo eran los patéticos estertores de la gran esperanza moribunda.

Diez días de despiadados bombardeos y de inútil resistencia fueron suficientes para sofocar el levantamiento, que dejaba tras de sí una cifra milenaria de muertos cuyo número jamás se concretaría.

Y, mientras tanto, la pantanosa zona fronteriza con Austria era el dificultoso camino de más de 200.000 húngaros que, despavoridos, optaron por convertirse en refugiados.

El orden de Yalta En realidad, y a pesar de las esperanzas y las falsas e intoxicadoras promesas y declaraciones sin fundamento real, desde un principio había estado claro el hecho de que ni los Estados Unidos ni ninguna de las potencias occidentales habían tenido la menor intención de quebrar el orden impuesto en Yalta. Más aún, los acontecimientos húngaros venían a ser una muy molesta alteración de la situación de apaciguamiento y relativa distensión que la desaparición de Stalin había abierto en las relaciones internacionales.

La coincidencia de los hechos de Hungría con la crisis de Suez venía a justificar la absoluta imposibilidad de considerar una posible acción conjunta en este sentido.

Washington lanzó abiertas condenas a la actuación soviética, pero paralelamente aseguraba a Moscú, por vía diplomática, su voluntad de no contribuir a la alteración de la situación.

Al contrario que sus Gobiernos, la opinión pública occidental se vio conmovida por los dramáticos hechos, que en destacados intelectuales de izquierda suscitó graves problemas de conciencia. La Guerra Fría tenía nuevos mártires que añadir a su particular santoral.

Kadar era el rostro visible de lo que se presentaba como una masiva venganza, mientras una huelga general comprobaba su fracaso. Más de cien mil personas fueron sus víctimas; en su inmensa mayoría, internados, y más de 25.000, condenados a diversas penas. Se llevaron a cabo unas 250 ejecuciones y esporádicos movimientos de resistencia persistieron en las fábricas hasta el siguiente año. En junio de 1958, Nagy –que, ingenuamente, se había entregado esperando justicia–, Maleter y sus más estrechos colaboradores eran condenados por alta traición y ejecutados: perfectas víctimas propiciatorias del sacrificio colectivo. Aquella inaceptable rebeldía estaba adecuadamente liquidada.

Hasta hoy, los herméticos archivos de los Ministerios de Defensa, de los partidos comunistas y de las policías secretas de Hungría y de la URSS guardan sus secretos.

Los hechos que hace medio siglo conmovieron al mundo deberán seguir esperando su real explicación.

José María Solé