Los orígenes del movimiento obrero en España

Portada de El Socialista del Primero de Mayo de 1898. Los socialistas fueron escépticos respecto a la utilidad de la Comisión de Reformas Sociales.

Portada de El Socialista del Primero de Mayo de 1898.
Los socialistas fueron escépticos respecto a la utilidad de la Comisión de Reformas Sociales.

La Revolución de Septiembre de 1868 había reconocido a los obreros españoles el derecho de asociación y aquel nuevo ambiente de libertades no sólo permitió la aparición de un sindicalismo moderado, mutualista y reformista, sino que propició la difusión de las ideas de la Asociación Internacional de Trabajadores (AIT), fundada en Londres en 1864 y a la que se adhirieron las agrupaciones representadas en el I Congreso Obrero de Barcelona (1870), formando la Federación Regional Española.

Serían las ideas del anarquismo antiestatalista de Bakunin las que primero arraigaron, frente a los planteamientos marxistas, que sólo gozaban de una discreta implantación en Madrid, por influencia de Paul Lafargue, yerno de Marx, que visitó la capital a fines de 1871. Las disensiones entre el grupo mayoritario anarcosindicalista y el minoritario, marxista y más proclive a la acción política, provocaron las primeras escisiones en la Federación que, en los días de la I República alcanzó su cota máxima de afiliación, cerca de 30.000 militantes, dos terceras partes de los cuales se concentraban en Cataluña y el resto se repartía entre el País Valenciano y Andalucía.

La Restauración alfonsina devolvió la acción sindical obrera a la clandestinidad, lo que agudizaría aún más la doble vía ideológica del movimiento obrero español. Cuando, en 1881, el Gobierno liberal volvió a legalizar su actuación, los campos estaban ya delimitados. De un lado, la Federación de Trabajadores de la Región Española (FTRE), de tendencia anarquista, que en 1882 agrupaba a unos 60.000 militantes y donde coexistían los partidarios de organizarse sindicalmente para mejorar las condiciones de vida de los obreros –corriente mayoritaria que en 1910 acabaría fundando la Confederación Nacional del Trabajo (CNT)– y los que propugnaban la revolución social inmediata y la lucha sin cuartel contra el orden imperante, un sector minoritario que nutriría los grupos violentos de la “propaganda por la acción”.

Frente a ellos, el núcleo de orientación marxista, organizado en torno a los tipógrafos de la Asociación del Arte de Imprimir que, con Pablo Iglesias a la cabeza, fundó el PSOE en 1879. Convencidos de la necesidad de conseguir el poder político, fuera por la revolución o por la reforma, y de la importancia de que todas las sociedades obreras se agruparan, en el Congreso Obrero de Barcelona de 1888, propiciaron la fundación de la Unión General de Trabajadores (UGT).

A. Doménech