El perfil del alquimista, semilla del científico

alquimistaDos son las condiciones consideradas indispensables para el trabajo de alquimista. Para empezar, que tenga una amplia disponibilidad económica; este arte –se ratifica– no es para pobres. Ingredientes, libros, instrumentos, el mismo laboratorio, son caros.

Ni el alquimista puede valorar con certeza el tiempo necesario para conseguir el éxito (de hecho, continúa recomendando paciencia), así que no puede programar con seguridad la propia inversión. Así suena una advertencia repetida a menudo: “Que nadie emprenda estas operaciones si no cuenta con fondos abundantes, al menos para dos años, para poder comprar todo aquello necesario para este arte. Si uno comienza igualmente y después le falta el dinero, perderá las sustancias y todo”.

En resumen: la alquimia (metalúrgica) sería un arte que multiplica riqueza de riqueza, y por ello suscita inquietudes éticas sobre el destino social de tales riquezas. Quizá sea por esta razón por la que el lugar privilegiado para las actividades de los alquimistas metalúrgicos son las Cortes, con sus príncipes ávidos e impacientes de resultados, pero buenos patrones y financieros. Y, por otra parte, también por la perplejidad moral que suscita esta forma de producir riqueza, algunos maestros escolásticos, aun juzgando a la alquimia científicamente posible, desaconsejan vivamente su práctica.

Realmente existe el peligro de que provincias enteras se conviertan en presas de una confusión económico- financiera por una superproducción del precioso metal. Sin hablar de que, por la esperanza de una riqueza tan fácil, se abandonen los oficios y su subvierta así el orden social.

La otra condición, siempre recomendada, es el silencio: los alquimistas deben ser cautos y prudentes al hablar, actitudes que nos retrotraen a preocupaciones “monopolísticas” propias también de otros profesionales. Pero sobre todo, a la convicción de que a este excelso conocimiento sólo pueda acceder aquel a quien el alquimista mismo seleccione, con un lenguaje a veces intencionadamente críptico. Por lo demás, advierten muchos autores, sólo especiales iluminaciones divinas,o mejor aún providenciales encuentros que el principiante mantiene con los maestros más expertos, pueden aclarar los textos oscuros. En varias descripciones de estos encuentros, la relación entre alquimistas se desarrolla siguiendo etapas definidas. El que más sabe, comprueba en el otro la presencia de las dotes necesarias, y se dedica a potenciarlas; los dos leen juntos los textos de la tradición y se esfuerzan por interpretarlos y por superar las contradicciones de los autores que, a la postre, se revelan sólo aparentes. Sobre todo maestro y alumno trabajan juntos: además del estudio diligente, de las pruebas repetidas con paciencia, el “aprender actuando” junto a alguien más experto, es la forma típica de adiestramiento.

Para conseguir pericia, adueñarse de conocimientos, encontrar expertos o providenciales maestros, el alquimista viaja y mucho. El viaje, es cierto, puede ser un topos que alude a un itinerario iniciático del adepto. Por otra parte, sin embargo, el alquimista Leonardo de Maurperg (siglo XIV) ha dejado una descripción muy minuciosa de su largo peregrinaje. Real o metafórico, quizá es el propio viaje lo que indica la esencia del programa alquímico: un recorrido –de la materia y del artífice– desde las carencias y los errores iniciales hasta la estabilidad y la perfección.